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Algunos puntos de vista para investigar lo social

Desde cada una de las ciencias sociales se proponen distintos niveles de observación mediante los cuales se construyen objetos sociales de diferentes características pero también con extensiones diferenciadas. Muy esquemáticamente, encontramos tres distancias de observación que generan perspectivas que construyen diferentes objetos:

  • una perspectiva macro desde la que se describen objetos complejos y extensos como la sociedad, la cultura o el sistema discursivo con sus respectivos elementos de conflictos claves: clases sociales, estilos de vida o discursivos, acciones, géneros y modos y medios de comunicación;
  • una perspectiva medium, más cercana al fenómeno social, en las que observamos escenas de intercambio y conflicto: relaciones productivas, situaciones de exposición o lectura de obras de arte o equivalentes y de percepción de medios;
  • y una tercera perspectiva micro en la que se enfocan productos: objetos industriales o artesanales, textos artísticos o mediáticos.

En términos generales, esta perspectiva está relacionada parcialmente, por un lado, con lo que se denomina microhistoria (Revel 2005) y también se relaciona, por el otro, con la microsociología en tanto que “teoría de los momentos comunes”  (Joseph 1999: 115). Pero parece imposible hablar de una microsemiótica porque, si bien es inevitable en algún momento referirse a cuestiones macro, el oficio del analista semiótico es micro.

Sólo para mostrar que este esquema es duro pero suficientemente abarcativo frente a diferentes problemáticas de lo social, veamos cómo funciona respecto, como ejemplo, de la alimentación: una sociedad, desde un punto de vista macro, se alimenta privilegiando lo recolectado o lo cultivado, lo animal o lo vegetal, lo crudo, lo asado, lo industrial o lo natural, etc. Desde un punto de vista medium, lo hace en lugares privados o públicos, individual o grupalmente, etc. Y desde un punto de vista micro compone su dieta con platos que construyen menús.

Para comprender el funcionamiento de una sociedad, una cultura o un sistema discursivo, es evidente la necesidad de articular los tres niveles. Este libro está construido aceptando que esa articulación entre perspectivas no es sencilla, y menos automática, y que la novedad del sistema—lo no sabido, lo que cambia las concepciones acerca de los niveles medium y macro—se captura genéricamente en el nivel micro. De todas maneras, en la explicación científica no se trata de pasar de lo simple del dato micro a lo complejo del modelo macro, ni de lo inverso, de la complejidad de lo observado a la simpleza del sistema, sino que se trata, siguiendo a Lévi-Strauss (1964: 359), de la “sustitución de una realidad menos inteligible por otra más inteligible”.

La ventaja que presenta la elección de un enfoque de investigación que acentúe el esfuerzo en ese análisis micro, desde la materialidad textual que va produciendo la sociedad, es permitir la incorporación de novedades de conocimiento a nuestras concepciones acerca del conjunto del devenir social; en cambio, el camino inverso suele presentarse como una barrera que impide el avance novedoso.

En términos generales, el efecto de opinión apocalíptico o integrado que aparece en la sociedad frente a un fenómeno nuevo responde al privilegio de lo macro. De ningún modo consideramos secundaria la información proveniente del conocimiento de áreas extensas del funcionamiento social, pero el esfuerzo innovador debe estar puesto en contribuir a la observación desde lo micro. Recién desde allí es posible establecer conclusiones sobre aspectos más generales de la vida discursiva y acerca de relaciones de lo discursivo con otros ámbitos de la vida social. Por supuesto que estas observaciones son válidas estrictamente sólo para el desarrollo de investigaciones y no necesariamente son aplicables al “pensamiento en general” sobre nuestros temas.

El traer a la escena lo teórico y lo metodológico y técnico por un lado, y la constitución del objeto de estudio por el otro, permite dar un lugar a dos sesgos de enfoque que, en sus extremos, podríamos denominar aplicacionismo y adhoquismo (en el sentido en que se diferencia investigación ad hoc de investigación sistemática). Hay aplicacionismo cuando, privilegiando los modelos teóricos, metodológicos y técnicos utilizados, se fuerza al objeto de estudio hasta deformarlo de tal modo en las características que lo hacen reconocible para la sociedad que, quien lea el informe pueda discutir su propia existencia, al menos en los rasgos que lo distinguen allí. Hay adhoquismo, en cambio, cuando hay enfoque directo sobre el objeto y, a partir de las observaciones se van construyendo modelos de descripción y explicación que acompañan el conocimiento que va generando la propia observación.

Existe la tentación de resolver con supuesta elegancia esta cuestión mediante dos procedimientos. Una posibilidad es la búsqueda de un punto medio de respeto, tanto a lo teórico, como al objeto; la otra es acudir a la metaforización, mediante el recurso al tan útil término de tensión al que se debe volver recurrentemente. Sin embargo, conviene observar que entre el modo de sesgar de ambos extremos existe una diferencia irreductible de estatuto.

Mientras del lado del aplicacionismo el riesgo es, en el mejor de los casos, que se tiña de un gris indiferenciador el conjunto de una investigación y, en el peor, caer en lo esquizoide o en lo risible, la situación desde el adhoquismo es totalmente distinta. Imaginemos el caso de alguien que –simplemente, sin más ayuda que el sentido común o algún ordenamiento lógico formal—se dedica con obsesión a observar—y a anotar el resultado de sus observaciones—algún objeto, uso o práctica social ya muy estudiado; es muy posible que si presenta el resultado final de su tarea, pueda criticársele falta de eficiencia (porque si hubiese utilizado bibliografía ya existente podría haber ahorrado tiempo y esfuerzo) pero si puede dar cuenta de algún aspecto novedoso, que había pasado desapercibido en los trabajos previos, con seguridad su tarea será considerada eficaz, y se inscribirá, de allí en más, en la serie bibliográfica específica.

Estos apuntes, como se ve, no pretenden cerrar los problemas sino mantenerlos abiertos pero evitando derivas innecesarias.

Bibliografía mínima

Fernández, J. L. (2012). La captura de la audiencia radiofónica. Buenos Aires: Líber Editores.

Joseph, I.  (1999). Erving Goffman y la miscrosociología. Barcelona: Gedisa.

Lévi-strauss, C. El pensamiento salvaje [1962] (1964). México: FCE

Revel, j. [1984] (2005).    Un momento historiográfico. Trece ensayos de historia social. Buenos Aires: Manantial.

Los medios y el poder y el poder de los medios

Se vienen las campañas electorales en la Argentina y los medios y su importancia política, que nunca dejaron de estar en el centro de la escena, ahora estarán en el centro incendiado de la coyuntura. Sobrarán oportunidades para hacer investigaciones que generen conclusiones interesantes. Pero la práctica de la investigación científica no es solamente construir resultados, publicarlos y discutir las novedades teóricas generadas a partir del propio trabajo. La experiencia nos muestra que no vivimos guiados por esa especie de desarrollismo ingenuo y optimista.
En la medida en que estudiamos aspectos específicos de los medios, no deja de asombrarnos el efecto de creciente complejidad cuando desentrañamos sus letras, sus imágenes, sus sonidos, cuando establecemos relaciones, intersecciones, influencias, alternatividades, entre esos discursos mediáticos y la vida social en general, y urbana en particular.
La vida mediática —en este sentido, tanto como la vida urbana— construye un presente percibido como continuo, ordenado en diversos antes y después de los que no se registran sus heterogeneidades; y un espacio percibido como homogéneo, en el que los saltos de ámbito que resultan evidentes frente al análisis, son enduidos en los recorridos que hace el receptor o el ciudadano. Se construyen tiempos y espacios contenedores de la realidad y el conflicto social. Deja de percibirse, entonces, el centro de la producción mediática, para privilegiar la atención en los contenidos de los medios o en sus efectos.
Que no haya inquietud por la repetición. Sí, estamos tocando el centro de las discusiones que vienen sucediéndose sobre la importancia de los medios, sus amenazas y sus oportunidades, (¿sin solución de continuidad?) desde que los medios existen, pero esperamos que se note que queremos presentar nuestros aportes a esa discusión como resultado de nuestro trabajo y no como efecto de insistencia argumentativa.
Lo que preocupa es que esa ignorancia sobre los aportes específicos de la construcción mediática de la realidad social tiene consecuencias sobre el desenvolvimiento cotidiano de la vida política y cultural de nuestra sociedad, en el más amplio y dramático sentido de esas nociones.
Se sabe que hay dirigentes políticos y sociales que, ya hace tiempo, han decidido rendirse al supuesto poder de los medios —como ellos lo entienden. Allá ellos; es una decisión política de la que son responsables, y también terminan siendo responsables de sus resultados. La debilidad territorial y argumentativa cada tanto les pasan factura y, así como disfrutan de su momento de éxito, desaparecen cuando la corriente se vuelve contraria y el torrente mediático que contribuyen a fortalecer los ahoga, alejándolos de la consideración pública.
En diversos momentos y lugares en Latinoamérica, entretanto, y con insistencia en los últimos años, otros dirigentes políticos y sociales han decidido confrontar, más o menos abierta o genéricamente, con el sistema de medios o con algún sector de los mismos. Es en esos casos en que la ignorancia sobre la complejidad del espacio temporal de la mediatización y la preocupación excluyente por sus contenidos, muestran la debilidad de la posición.
Un dirigente con esa debilidad, se muestra satisfecho cuando expone claramente sus ideas, venciendo en la pantalla a la fuerza opositora del medio que tiende a oscurecer su posición, y mucho más se satisface si este efecto se produce en la discusión directa con un periodista prestigioso. En caso de que esas victorias no se obtengan, los dirigentes y sus compañeros de travesía (que se entienda, frecuentemente nosotros mismos) deciden tener medios propios, que transmitan con transparencia sus ideas y desenmascaren a sus adversarios.
Con décadas de fracasos en esos esfuerzos de combate, siempre mitigados por éxitos parciales y momentos de euforia exitosa, ninguna evidencia puede conmover todavía a los actores sociales. Si bien nadie niega la necesidad de líneas argumentativas claras, consistentes y con permanencia en el tiempo, parte de esas argumentaciones, —y otras que resultan desapercibidas—, se producen en el propio entramado de la construcción espacio temporal de los medios, en términos de los usos y abandonos de sus complejos dispositivos técnicos que los materializan.
¿Cuál es la consecuencia de ello? Es que resulta imposible capitalizar el supuesto éxito mediático en otras series de la vida social. Grandes éxitos en discusiones mediáticas han convivido con grandes fracasos electorales. Grandes denuncias sobre corrupción se han revertido dañando la imagen del denunciante. Lúcidos argumentos racionalistas han distanciado a dirigentes de sus bases. Es decir, los medios entran en crisis por el propio desenvolvimiento de sus discursos y sus tecnologías. Los discursos políticos entran en crisis, en cambio, en una escena que, como la mediática, no debería ser la única en que se desempeñen.