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Presentación

Una cuestión aparentemente ingenua: ¿Es posible distinguir un texto ra­diofónico de uno no radiofónico? Es difícil imaginar a un individuo medio de nuestra so­ciedad haciéndose esa pregunta. Más difícil todavía es pensar en al­guien que por no plantearse ese cuestionamiento, para tomar un ejemplo espe­cialmente ries­goso, confunda un “texto radiofónico” con uno “telefónico”.

Desde una preocupación comunicacional superficialmente teórica, esa extendida y no cuestionada habilidad social de diferenciación podría justificarse en el ni­vel del “canal”: nadie debería confundir algo que se recibe a través del auricular del teléfono con algo que llega a través del receptor radiofónico. Pero, desde el punto de vista específico de una teoría de los discursos sociales, la si­tuación no es tan sencilla; basta ver para ello las confusiones que provoca en los analistas la utilización del teléfono en la radio, donde una combinación de ca­nales desborda hacia una crisis de la frontera entre lo público y lo privado, entre lo individual y lo social.

En este trabajo se insistirá, tal vez obsesivamente, sobre la necesaria especi­ficidad que debe guiar el análisis de conjuntos de textos que, entre otros rasgos, se caracterizan por aparecer en un medio y no en otros. No hay duda acerca de que en el radioteatro resonaba con fuerza la centenaria tradición del melodrama y de que en los informativos y programas periodísticos radiofónicos se encarnan muchos rasgos del complejo fenómeno discursivo social que suele denominarse como lo informativo. Precisamente esa extensión transpositiva obliga a establecer las similitudes pero, fundamentalmente, las diferencias en los recorridos transmediáticos. Son precisamente las diferencias las que permitir n establecer el aporte de los textos de un medio a la construcción de lo ficcional o de la opinión en la vida discursiva social.

En el caso de lo radiofónico la discriminación de sus fronteras resulta es­pecialmente delicada por la escasa bi­bliografía que en­foca esa perspectiva, pero también por la presencia hegemó­nica en sus textos de “lo verbal” y “lo musi­cal”, de ex­tendida y previa vida ex­terna al medio.

Todo esto conduce a afirmar que el inte­rés por desarrollar el reconoci­miento de los rasgos diferenciadores de los textos radiofónicos no se agota en una exclu­siva decisión teórica abs­tracta, sino que deriva de necesidades surgidas en la ex­periencia concreta de investigación: un objeto mal descripto tiende a di­solverse como tal en el momento de las conclusiones.

La voluntad de delimitar ese tipo de problemas ha llevado a postergar la atención sobre un atinado comentario de Elvira Arnoux[1] acerca de las carencias que se manifies­tan por la falta de desarrollo de una línea de inves­tigación que, sin em­bargo, en el conjunto del trabajo se anuncia repetidamente: la que debe pro­fundizar sobre los géne­ros y los estilos que constituyen para la sociedad la vida misma de los textos radiofó­nicos.

Desde ya, ese campo es y debe ser un objetivo central de análisis, pero se corría el riesgo de distraer la atención acerca de ese momento, poco transi­tado con respecto a la radio que, si no fuera por cierto cuidado epistémico, ha­bría que denominar “fenomenológico”. En este bienvenido tiempo “deconstructor” existe el peligro de que un relati­vismo desbocado y sin rigor bo­rre la posibilidad de sostener cualquier saber teórico sobre la propia vida so­cial.

La fascinación por las diferencias superficiales de cada caso observado, así como su posterior ligazón con otros fenómenos sociales –relacionados según crite­rios construidos ad hoc o a través de los beneméritos servicios pres­tados por el siempre accesible sentido común– no puede considerarse de todos modos, como un efecto teórico de esta ‚poca denominada postmoderna. En realidad, constituye sólo uno de sus sínto­mas,  y no de los más interesantes (se puede ser derrideano en la concepción de la escritura y no por ello disolver las apasionan­tes diferen­cias que pueden observarse entre los circuitos “orales” y los “escriturales”).

Se expondrán aquí los resultados de reflexiones acerca de ciertos compo­nentes que constituyen a los textos en ra­diofónicos y de algunas de las conse­cuencias necesarias de la adopción de ese punto de vista. No se trata ni más ni menos que de tratar de aprovechar una perspectiva que se con­sidera útil para avanzar en el conoci­miento de un área restringida de la produc­ción social de los discursos. Esa pers­pectiva ser  desechada cuando el desarrollo del trabajo propio o ajeno indique caminos más aptos. No es, por lo tanto, el punto final sino el de partida de nue­vas discusiones.

Este texto es, como cualquier otro, un poco tram­poso. Se presenta como una especie de “introducción” pero es, en rea­lidad, el resultado del trabajo de varios años asentado en cátedras y semina­rios de Semiótica e Historia de los Medios y Sistemas de Comuni­cación en las Facultades de Ciencias So­ciales de la UBA y de la UNLZ y en la Facultad de Be­llas Artes de la UNLP.

El primer agradecimiento, por lo tanto, es para quienes han condu­cido la mayor parte de esas actividades: Oscar Steimberg y Oscar Tra­versa, maes­tros y ami­gos. Ellos han sugerido mu­chas de las ideas que aquí aparecen.

El agradecimiento debe extenderse a los alumnos que han escu­chado y discutido es­tas proposiciones y encontrado ejemplos y que, como co­rresponde, se han esforzado especialmente en la bús­queda de contraejem­plos.

Por último, un reconocimiento especial a los compañeros de docencia e in­vestigación por la atención brindada. Entre éstos, es necesario destacar es­pecialmente, por la cantidad y calidad del tiempo y el afecto dedicados, a Ma­rita Soto, Mario Carlón y Laura Chernitsky.

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[1] Este trabajo fue presentado por el autor en una reunión organizada por el Círculo Buenos Aires para el estudio de los lenguajes contemporáneos en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, el 24 de setiembre de 1993. Elvira N. de Arnoux tuvo en esa oportunidad la consideración de aceptar leer previamente el texto y ocupar el rol de discutidora en el debate posterior a la exposición.

 

I. Introducciones a un “objeto” complejo

Los textos radiofónicos nos ro­dean en nuestra casa, en el transporte y en el trabajo. Esa om­nipresencia lleva a “naturalizar” su exis­tencia. A la naturaliza­ción también contri­buye el hecho de que cuando la mayor parte de noso­tros na­cimos, la radio ya ocu­paba ese lugar preponderante en la vida cotidiana. Un com­plejo proceso de producción so­cial de sen­tido tiende a convertirse en un ele­mento más del pai­saje urbano.

La naturalización no impide que “la ra­dio” sea identificada por la socie­dad como un fenómeno dis­cursivo per­fectamente diferenciado: nadie la con­funde con “la televi­sión”, “la prensa” o “el teléfono”.

Pero ¿cómo se refiere la sociedad al fenómeno radiofó­nico?, ¿qué dice cuando dice  “escucho la ra­dio”? Algunas ve­ces no parece circunscribir más que un dispositivo técnico –o, me­jor di­cho, un conjunto de ellos– que sin embargo es uti­lizado por la misma socie­dad de maneras muy diferen­tes. En otras ocasio­nes, el término sirve para identificar sin precisión a una emisora. Por último, y muy frecuente­mente, suelen delimitarse se­ries de textos (escuchar “la radio” es escuchar “programas” o “tipos de programas”) con­siderados inadver­tidamente como propios del medio, aunque su enumera­ción ja­más agotaría las posibilida­des discursi­vas, efecti­vas o virtuales, que al­berga el disposi­tivo ra­diofónico.

Esa oscura pero persistente voluntad de clasificación es inevitable: dado que para cualquiera resulta­ría difícil describir la vida en nuestra socie­dad sin te­ner en cuenta a la radio, la red de la semiosis social reacciona otorgán­dole un lugar dife­renciador pero vinculado de alguna manera al resto de la vida social. Ese proce­dimiento, habitual para cualquier fe­nómeno de la so­ciedad, no debe ser rigu­roso para cumplir su función clasificadora.

Fuera ya de ese tipo de metadiscurso, que se suele denominar correcta­mente como “silvestre”, en el campo de la teoría social se ha escrito bastante sobre este medio, aunque sin alcanzar la extensión editorial dedi­cada al cine y, en un grado menor, a la televi­sión. Lo cierto es que pueden encontrarse textos que abor­dan la problemá­tica ra­diofónica desde distintas perspecti­vas y, muchas de ellas, con voluntad de ri­gor.

Sin embargo, una mirada general sobre el conjunto de esa bibliogra­fía (que se tratar  de profundizar en el con­junto de este trabajo), produce cierto efecto de confusión sobre el lector atento.

Lo primero que sorprende es que, a casi setenta años de la consolidación de la radio como fenómeno discursivo, sea todavía habitual que cualquier tra­bajo medianamente abarcativo sobre el tema “comience de cero”. No importa cuán abundante sea la bibliografía que aparezca citada, una vez más se descri­bir  el contexto histórico, económico y social de la aparición del medio, se ha­rán precisiones so­bre los primeros dispositivos técnicos y sus respectivos inven­tores, se narrar n las aventuras de los pioneros y sus primeras emisiones y se constatar  que los grandes modelos de propiedad fueron el público y el pri­vado.

Probablemente, la excepción a ese eclecticismo del eterno comienzo sean los trabajos que se preocupan sobre los “efectos” en el público del discurso ra­diofónico. Allí, desde el ya clásico estudio de Lazarsfeld hasta nuestros días, no parece resultar necesario historiar y definir el objeto. La radio es un fenómeno dado que distintos sectores sociales escuchan y debe estudiarse cómo se compo­nen esos sectores y con qué resul­tados de conducta. Como siempre en que la vida de los dis­cursos sociales es estudiada convirtiendo al propio objeto de inter­cambio (los textos) en una “caja negra”, nunca de­jar  de llamar la atención las pocas posibi­lidades de esos es­tudios para dar cuenta de qué es lo que ocu­rre en la intimidad del proceso de intercambio (qué es lo que en el texto, efectiva­mente, genera adhesión o rechazo, por ejem­plo).

De cualquier manera, queda claro que hay tres gran­des tipos de proble­mas que pue­den circunscribirse en el con­junto de la bibliografía:

  • los que suelen denominarse factores “externos” a lo dis­cursivo (contextos históricos, eco­nómicos, sociológicos, tecnológicos, etc.);
  • los propiamente discursivos (géneros, estilos, lenguajes o fragmentos de ellos provenientes de otros soportes tex­tuales, etc.) y
  • los que pueden englobarse dentro del tema general de los “efectos” y los         procedimientos de lectura (en este caso de escucha).

No debe haber nadie entre los que nos preo­cupamos por la vida social, que considere poco importante alguna de esas áreas. Con seguridad, también es unánime el consi­derarlas interrelacionadas; ninguna tendría sentido sin la pre­sencia de las otras. La existencia misma de la diferen­ciación es analítica y, por lo tanto, parcialmente capri­chosa y, sin dudas tam­bién, resultado de “elecciones ideoló­gicas”.

Para comprender el complejo entrejuego de inclusiones y exclusiones aparentemente inevitables entre esos niveles, podría tomarse como ejemplo la todavía exitosa discriminación en­tre lo interno y lo ex­terno. Acerca de ella, Ve­rón ha demostrado que su utiliza­ción en la dimensión dis­cursiva es esen­cialmente falsa[1]. Resulta im­posible es­cindir –para tomar un ejemplo que ha sido bien descripto por Gould­ner en La dialéc­tica de la ideología y de la tecno­logía— el con­junto de desarro­llos en las téc­nicas de im­presión y de pro­ducción de pa­pel, que posibi­litó la apari­ción de los gran­des dia­rios a fines del siglo XIX, de la ca­pacidad de in­versión de un cierto mo­mento del capita­lismo; de nuevos hábitos de vesti­menta, de conversa­ción y de lec­tura; del aprovecha­miento de la m ­quina de va­por; de nuevas relacio­nes entre las pala­bras y las imágenes; etc.

Pero, más allá  de la exactitud de esa perspectiva gene­ral, la considera­ción del doble aspecto, in­terno y ex­terno, de estos fenómenos seguir  te­niendo vigen­cia. Toda­vía es habi­tual que al abordar procesos discursivos mediá­ticos se tengan en cuenta, en primer lugar, los condicionan­tes externos. La lucha contra esa especie de ba­rrera que impide el estu­dio específico de los len­guajes so­ciales exige la foca­lización explí­cita sobre los denomina­dos as­pectos internos; la dis­tracción acerca de ese obje­tivo lleva frecuentemente a recorrer el ca­mino de la generali­zación no fundada (o fun­dada exclusiva­mente en aspec­tos ex­ternos).

Recapitulando sobre este punto, tal vez pueda enten­derse mejor ese efecto de confu­sión que atraviesa la bib­liografía sobre lo radiofónico: no parece existir una je­rarquización de niveles aceptada por una parte importante de los estu­diosos que permita responder a pre­guntas del tipo: ¿qué es efectivamente la radio como fenómeno discur­sivo social? ¿qué escu­chan los oyentes, más allá  de lo que describe el sentido común? ¿sobre qué bases establecer las diferencias entre el fenómeno radiofónico y el cinematográ­fico o el televisivo, entre otros?. Esa acep­tada carencia de jerar­quización es la que genera el vacío estructural que po­sibilita el recurrente “empezar de cero”.

La posibilidad de comenzar desde un principio debe llevar, como primer procedi­miento, a tratar de describir la escena del intercambio radiofónico. En esa escena aparece una institución, denominada emisora, que provee cierto he­rramental técnico, edilicio y administra­tivo que permite emitir hacia el resto de la sociedad series de tex­tos de distintas características. Los ras­gos comunes de estos textos sólo parecen circunscri­birse a que deben ser re­cibidos –gracias a la posesión de otro dispositivo técnico denomi­nado receptor– a través del oído y que a ese heterogéneo conjunto discursivo, la socie­dad acepta atri­buirle sentido.

En este plano introductorio y de amplia ge­neralidad aparece la necesidad de una acla­ración acerca de la noción de intercambio. Este concepto, de ya clá­sica uti­lización en cien­cias sociales, tiende a relativizarse cuando se afronta la denominada comunicación masiva, dado que suele clasifi­carse a los medios ma­sivos como unidirec­cionales, frente al ida y vuelta inmediato que permite el contacto cara a cara o el teléfono. Sin embargo, procedimientos habituales en el universo radiofónico como el co­rreo o las llamadas telefónicas de oyen­tes, los metadiscur­sos de otros soportes me­diáticos o de la conversación coti­diana, las mediciones de rating, etc., son múltiples proce­dimientos de “retorno” discursivo. Las dife­rencias en este nivel, que no dejan de ser muy im­portantes, no afectan la existencia del intercambio en sí, sino a las variadas moda­lidades con las que puede aparecer y los regíme­nes a través de los que se es­tabiliza.

Una observación global sobre el conjunto de esa escena radiofónica indi­caría a un sentido común paradójico (dado que se opondría a otros mandatos del propio sentido común) el lugar central e ineludible que ocupan los textos que se intercam­bian en el conjunto del circuito. Lo que sostiene al con­junto del an­damiaje es la existencia de la emisión de esas se­ñales que son consideradas por­tadoras de sentido.

El hacerse cargo de esa perspectiva lleva a otorgar un lu­gar privilegiado, en el análi­sis de los fenómenos involucra­dos, a la “instancia semiótica”. Esto implica necesariamente la jerarquización de una de las dis­ciplinas que aborda el fenómeno radiofónico (la llamada específicamente semiótica) por sobre otras que, como la his­toria, la econo­mía, la sicología, la sociología, etc., han tenido, tienen y tendrán seguramente, un lugar en el estu­dio del fenómeno. Pero antes de profundizar esa discusión –que tiene que ver, entre otras cosas, con la rivali­dad en las incumbencias profesionales– conviene detenerse en ciertos procedimientos que afectan el lugar que ocupan los textos, en cualquier tipo de estudio sobre fenómenos discur­sivos.

Cuando, y sólo para tomar un ejemplo, se hace un estu­dio de la segmen­tación del público radiofónico, se estable­cen cantidades de público por emisora, por tipo de onda (AM o FM) o por horario[2].

Esos grupos de público se clasifi­can luego internamente por sexo, ni­vel socioeconómico, nivel de esco­larización, etc.

Esos datos son interesantes pero ni el investigador ni su cliente piensan que lo que nuclea a los segmentos esta­blecidos alrede­dor de los aparatos recep­tores es el tipo de frecuencia utilizada, el horario de emisión o el nombre de la emisora (sin que nieguen que todo ello tiene su impor­tancia). Lo que se hace, en realidad, es una conversión parcialmente consciente al “tipo de programa­ción” corres­pondiente a cada ni­vel (programación tipo AM o FM; de la mañana, de la tarde  de la noche, programación de tal emi­sora como diferente a la de tal otra; etc.). Inad­vertidamente, se pro­duce en esos casos un pasaje del régi­men tecnológico o del régimen horario, al de una es­pecie de régimen de los géneros y de los estilos sin circunscrip­ción específica.

Esa necesidad de “traducción” al nivel semiótico se extiende a cualquier tipo de estudio. Quiere decir que es difícil eliminar su­perficial y rápidamente el estudio de la instan­cia semió­tica o controlar las consecuencias de su falta. En este sentido, lo que pueden discutirse son las he­rramientas que resultan más úti­les para que el trabajo sea provechoso y allí introducir la disputa por las incumben­cias profesionales. De no ser así, lo que se consigue en general es pro­ducir una “mala instancia semiótica” por su poca preci­sión y, fundamen­talmente, por su apego al sentido común clasificador de la sociedad. La situa­ción re­sulta equivalente, aunque desde otra perspec­tiva, a aquello que se men­cionaba antes como propio de las reflexiones sil­vestres sobre la radio: la presen­cia de des­cripciones no jerarquizadas de la pro­gramación radiofónica que no consi­guen instalar una perspectiva unificante.

Es decir que se aborda la programación radiofó­nica, explícita o implícita­mente, a partir de las clasifi­caciones sociales de textos (llámense géneros o esti­los) que la pro­pia práctica de lo radiofónico instituye. Ya Metz había ad­vertido sobre la ambivalencia de esos produc­tos del vero­símil sociodiscur­sivo de un cierto momento his­tórico que, por un lado, ocul­tan procesos de producción de sentido so­cial pero, por el otro, es necesario tener en cuenta para comprender la cons­trucción de convenciones dis­cursivas[3].

No hay ninguna duda acerca de que estudiar géneros y estilos es funda­mental para estudiar discursos sociales. Pero el hacerlo desde “posiciones sil­vestres” conlleva el riesgo de ontologizar o confundir categorías que, por defi­nición, son poco rigurosas. A esa condición confusa de los estudios sobre género y estilo se refiere Steimberg cuando, en su extensa revi­sión de bibliografía, descubre que las categorías utiliza­das –por distintos autores, en distintas ‚pocas– para circuns­cribir fenómenos de uno u otro tipo, se restringen a rasgos temáticos, retóricos y enunciativos que servirían para es­tablecer la pertenencia de un conjunto de textos a un género o a un estilo. Por lo tanto, no aparecen rasgos diferenciadores del fe­nómeno genérico del estilístico en su conjunto[4].

En otras palabras, las clasificaciones de conjuntos de textos que funcional­mente apa­recen en la sociedad como cla­ramente dis­criminadoras, no constru­yen categorías de análi­sis que di­ferencien entre sí a los fenómenos: un “análisis de estilo” puede producir resultados muy parecidos a un “análisis de género”.

Uno de los caminos que toma Steimberg para diferenciar géneros de es­tilos es, por ejemplo, el de las distintas ma­neras en que uno y otro son delimita­dos por sus metadiscursos[5]. Más allá  de la importancia específica de esos tra­bajos, lo que interesa rescatar aquí es que su riqueza está en el propio punto de vista del estudio (en este caso la con­sideración, generada por la teoría, del lugar del metadis­curso aunque, sobre esto, la socie­dad “hable poco”). El resultado de un punto de vista semiótico equi­valente es lo que falta en las teorías de lo radio­fónico.

¿Cómo situar el lugar de los textos en el conjunto de la escena radiofó­nica descripta? Frente a la inutilidad de estudiar en el mismo campo teórico la vida de los textos y sus efectos, Verón ha establecido que la “circulación” de un texto es la diferencia entre las restricciones que impo­nen las condiciones de producción del mismo y las restric­ciones que imponen las condiciones de su re­conocimiento por la so­ciedad [6]. En otros términos, un texto es el resultado de una encrucijada de convenciones discursivas sociales y, en el otro extremo, cada lec­tura posible puede pensarse a su vez como el resultado de otra encrucijada de conven­ciones discursivas sociales.

El único riesgo de esa perspectiva ordenadora es que, en sintonía con cierta incorrecta interpretación de las “teorías de la lectura”, el lugar del “texto efectiva­mente cons­truido por la cultura”, sea reemplazado por la “idea” que del texto se hacen el analista o el propio lector.

Un ejemplo de la vigencia de esos riesgos se encuentra en un trabajo muy interesante de Raymundo Mier que se ins­cribe en las tendencias postestructura­listas que procuran, desde el análisis, disolver los componen­tes de gene­ralización y “estabilización” inherentes a toda teoría sis­temática[7]. El in­tento, además, es escapar a la habitual oposición entre “apocalípticos” e “integrados”, distancián­dose tanto del funcionalismo de La­zarsfeld como de la posi­ción “crítica” de Enzensberger. Su preocupación se focaliza en la posibili­dad de que se difundan nuevas formas de cons­trucción institucional ra­diofónica, mientras reivindica la fragmentación e independen­cia de distintos recorri­dos de lectura.

Mier cuestiona todo principio de genera­lización acerca del proceso dis­cursivo radio­fónico, dado que éste de­rivaría en múltiples recorridos de “lectura”, variables según condi­cionamientos sociales, históricos y hasta individua­les, mu­chos de ellos absolutamente im­predecibles y co­yunturales. A pesar de ello deja abierta la posibilidad de descrip­ción (nunca “cerrada”) de esos recorri­dos de sen­tido, y en esas descripciones posibles otorga un lugar impor­tante a la “materialidad” –no sólo técnica– que dife­rencia a la radio del resto de los soportes discursi­vos.

Pero la preocu­pación predominante por los “efectos de lec­tura” lo lleva, para ejemplificar acerca de la independen­cia de esos recorridos, a citar algunos efectos de la rela­ción entre la radio y la sociedad colonial arge­lina en pro­ceso de liberación desarrollados por Fanon[8].

Fanon describe múltiples cambios producidos en la re­cepción de textos radiofónicos durante el transcurso de la lucha anticolonial, según el sector en que se alineaban tanto los medios como la población. Estos cambios influye­ron hasta en el aumento de las ventas de aparatos recepto­res. Su explicación incluía los cambios en la “oferta dis­cursiva” del me­dio, acentuando su adecuación a las nue­vas situaciones políticas.

Un fenómeno,  enmarcable sin duda en esas nue­vas rela­ciones con el me­dio, fue el efecto de “fantasía” audi­tiva que se producía ante las interferen­cias que sufrían las emisiones del Frente de Liberación Nacional: los oyentes recons­truían lo que la radio había di­cho, aunque no se po­día saber si efectiva­mente ha­bía sido dicho. Por supuesto, se trata de un fenómeno muy intere­sante pero, a la vez, muy específico. En ese caso no se puede hablar de “efecto” de lectura del texto radiofó­nico, dado que éste no existe. Si se sigue el camino de Mier al to­mar este ejem­plo, no se puede eva­luar el lu­gar seguramente impor­tante que el con­junto de los textos radiofó­nicos previos efec­tivamente exis­tentes tuvieron en la conformación de ese mismo efecto fan­tasioso de escucha. La “instancia semió­tica” se escapó por un costado del análisis.

El lugar ocupado por la radio en Argelia nos acerca al tema actual de la llamada “comunicación alternativa”. Como plantea muy bien Máximo Simpson, para poder reflexio­nar so­bre lo alter­nativo hay que remitirse a la posibilidad de establecer “… una elección de una cosa en lugar de otra…”[9]. Por ejemplo: ciertos aspectos de la historia de las radios mineras en Bolivia muestran que, aun en un ám­bito re­lativamente homo­géneo en lo socio­cultural y en lo político, al­gunos com­ponentes no atribuibles a las condi­ciones de propiedad y a la “cercanía” entre emisores y re­ceptores tie­nen una vigen­cia específi­camente dis­cursiva: los oyentes reclamaban que quienes ha­blaban a través del medio lo hi­cieran como “locutores” ra­diofónicos[10].

Por eso, seguramente ante la imposibilidad de sostener la diferencia, al­gunas publi­caciones recientes, a pesar de trabajar en la construcción de radios populares, incorporan criterios de “formato” provenientes de “la radio” que apa­rece, entonces, esencializada. El verosímil discursivo so­cial ha ganado, en ese caso, una nueva batalla[11].

Para evitar esa victoria constante del verosímil dis­cursivo, debería re­construirse con rigor la instancia semió­tica. Habría que preguntarse, entonces, qué fenómenos corres­ponde tener en cuenta para englobar los rasgos inter­nos de la actividad radiofó­nica. La res­puesta parece surgir con sencillez: deben des­cribirse los disposi­tivos técnicos que constituyen la tecnología radiofónica y los textos que, emitidos a través de esos dispositivos, circulan por la sociedad.

Las dificultades para precisar esos planos de supuesta especificidad apare­cen rápida­mente porque, tanto en el de­nominado plano técnico como en el textual, la radio aparece formando sis­tema con otras series de fenómenos. En la téc­nica y sus efectos, la radio es evi­dentemente parte de una constela­ción que integran el teléfono y los procedimientos fonográficos. En el plano de los textos, la radio interac­túa permanentemente con otras formas de comunicación –ma­sivas o no– como por ejemplo ocu­rre a través de la “noticia”, especie de cáp­sula textual que atra­viesa dis­tintos dispositivos técnicos.

También esa diferencia­ción tan tajante entre lo técnico y lo textual, deja abierta la puerta a una afirmación pa­radójica: existiría la posibilidad de encon­trar textos radio­fónicos “fuera” del medio. Como se ver  luego, esa afirmación –que aparece como un rasgo más del idealismo con que suelen enfrentarse los proce­sos discursi­vos socia­les– se sustenta en ciertas condi­ciones efectivas de sus textos.

Cabe aclarar que en este trabajo se utilizan las nociones de texto y dis­curso como las utiliza Verón. Texto es un “concepto em­pírico” que “designa… paquetes de lenguaje que uno encuentra circulando en la so­ciedad…”. Dis­curso, en cambio es un concepto teórico que designa “…un cierto modo de ocu­parse del texto…”[12]. Enfocando así estos conceptos tenemos dos ventajas: po­demos problematizar las observaciones sobre el objeto empírico vinculándolas perma­nentemente con las construcciones teóricas que vamos realizando y, ade­más, ese movimiento mantiene paralelismos con el que hace el observador común que, frente a la recepción de estímulos sensoriales (un film, por ejemplo) abs­trae sentidos generales (la violencia, el amor, etc.). Este último proceso es el que, en definitiva, se intenta captar en el estudio de los “efectos”.

Si se afirma, en una pri­mera aproxima­ción, que los textos radiofó­nicos están compues­tos por “palabras, música y rui­dos”, los textos emi­tidos por la ra­dio aparecen indi­ferenciados con respecto a muchos otros que se encuen­tran en otros ámbitos de intercam­bio discursivo so­cial. Utili­zando ese camino de des­cripción, la radio pro­veería textos inevitable­mente “degradados”, ya sea por la “falta de ima­gen”, frente a la comunicación cara a cara, la cinematográfica o la televi­siva, ya sea por la falta de “interacción” que, en cambio, sí po­sibilita el teléfono. No im­porta que alguna de esas caren­cias sea positi­vada en térmi­nos, por ejemplo, de una posible “expansión de la imagina­ción”; el componente de desvaloriza­ción queda insta­lado.

El primer desafío es el de proponer un procedimiento de abordaje de los textos radio­fónicos –que permita dar cuenta de su especificidad, en caso de que la haya– ale­jado de las fascinaciones o rechazos que generan los medios masi­vos. El segundo desafío es el de lograr que ese proce­dimiento posi­bilite una ar­ticulación de la dimensión semió­tica con las otras  reas de problemas que hemos descripto (la “externa” y la de “los efectos del fenómeno radiofó­nico”), sea en términos de sintonía o de desfasaje.

Con respecto al momento en que Metz co­menzaba a re­flexionar sobre el cine (momento sobre el que volveremos recurrentemente), tenemos una doble ventaja. Una lista relativamente larga de trabajos sobre lenguajes de otros me­dios, aparecidos en estas décadas, nos permite acercarnos al fenómeno de lo dis­cursivo radiofónico sin poner­nos en exclusiva dependencia de los avances de la lingüística (lo que no significa ignorarla). Por otra parte, las discipli­nas que abordan lo social, en la medida en que han ido problematizando sus objetos, han comenzado a preocu­parse por los fenómenos discursivos facilitando una pro­gresiva arti­culación.

El recorrido que se propone aquí consiste, en primer lugar, en la des­cripción de las posibilida­des y restriccio­nes discursivas que aportan los dispositi­vos técnicos ra­diofónicos al conjunto de la trama discursiva social. En segundo lugar, se inten­tar  enfocar las modalida­des me­diante las cuales esos dis­positivos técnicos se encarnan en los textos radiofónicos ins­cribiendo –como siempre ocu­rre, aunque no sea en la su­perficie– lugares de la institu­ción emisora y de sus oyen­tes virtuales. Posteriormente, se tra­tar  de vincular esos resultados con conjuntos de textos “efectivamente existen­tes”. Por último, se relacionar n esos análisis con proble­mas de investigación de efectos en el público.

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[1] Verón, E. 1987(a), Parte II, p.89 y sgts.
[2]
Lazarsfeld and Kendal p. 18 y sgtes. En nuestro país, puede consultarse el interesante trabajo pre­parado por Mer­cados & Tenden­cias, que comentaremos más adelante.
[3]
Metz, Ch. 1974. p.44 y sgtes.
[4]
Steimberg, O. 1993 ps. 41 y 47.
[5]
  Steimberg, O. 1993 p. 67.
[6]
Verón, E. 1987(a) p.129. No hace falta aclarar que “producción” no equivale término a término a “fabricación” y “reconocimiento” no equivale a “escucha”.
[7]
Mier, R. p.128 y sgtes.
[8]
Fanon, F. “Aquí la voz de Argelia”. En: Bassets, Ll. (ed). p.86 y sgtes.
[9]
Ver M. Simpson Grinberg, p.9 y sgtes. Allí otorga, entre otros aspectos, un lugar importante a todo lo que tiene que ver con el len­guaje del medio. En este sentido, las consecuencias son equi­valentes cuando se habla de “radio comunitaria”, “popular”, etc. Siempre habría que conocer el mo­delo al que se oponen.
[10]
Ver: Schmucler, H. y Encinas, O. p. 76 y 77.
[11]
Ver, como ejemplo, el libro de Gutiérrez, G. El problema parece estar allí en una cita de Mario Kaplún donde se sos­tiene que “Para enseñarle latín a Pedro, primero debes conocer a Pedro y luego saber la­tín”. En ese sentido, la mayor parte de nuestro trabajo versa sobre latín. Algo sobre Pedro, lo desarrollamos aquí en V.
[12]
Verón, E. 1986. p.28.

II. La entrada mediática

1. Reflexiones acerca del dispositivo técnico

En las teorías acerca de la comunicación, el tema del dispositivo mediá­tico suele ocupar un lugar oscilante: o es la preocupación central o se lo consi­dera como “dado”, sin que pueda procesarse su situación con respecto a lo institu­cional o lo discursivo. Sin embargo, en múltiples aproxima­ciones pueden encontrarse sugerencias interesantes y formula­ciones reveladoras.

Tal vez el primero que formuló una diferenciación ri­gurosa entre dispo­sitivos técnicos y los lenguajes que pue­den soportar, referida a los medios elec­trónicos, haya sido Um­berto Eco. Procurando dife­renciar el “lenguaje televi­sivo” del “cinematográfico”, propone distinguir ciertas ca­racterísticas técnicas de la te­levisión (la toma directa) con su tratamiento en el pro­pio medio. A partir de ello puede evaluar el pasaje al lenguaje cinematográfico de cierto “efecto” de toma directa, a pesar de que este medio excluye técnicamente esa posibili­dad[1]. Se produce de esta manera una necesaria discriminación entre las restric­ciones o posi­bilidades que otorga la utili­zación de un dispo­sitivo técnico y su reconoci­miento y des­pliegue desde una perspec­tiva estilística.

Cuando Benjamin describía sin escándalo las conse­cuencias que las posi­bilidades de repetición del disposi­tivo técnico fotográfico (y su derivación cine­matográfica) apor­tan a la percepción de las imágenes en la sociedad, o las in­fluencias que habría ejercido la existencia de la im­prenta en el pasaje del relato popu­lar a la novela, comen­zaba el camino para esta­blecer interre­laciones entre el campo discursivo y el técnico[2].

También McLuhan se inscribe en esa línea cuando pos­tula la existencia de vinculaciones entre el desarro­llo de la imprenta y el modo de construc­ción de imágenes, con el im­pulso del pensamiento racionalista, en el post-Renaci­miento[3]. Es por esto que sus trabajos de­ben ser leídos con in­terés más allá  de su com­ponente de exage­ración y pro­vocación.

Eliseo Verón, por su parte, ha hecho distintas aproxi­maciones a este tema. En un momento de su trabajo en que trataba de definir el concepto de “materia significante”, sus descripciones de los modos de organiza­ción “presemiológica de lo perceptual” de las materias, no elu­dían el compo­nente de constitución de su­jetos en interac­ción a que cada una de ellas habilita y los mo­dos de cons­trucción del mundo social que posibilitan o inhiben[4]. De ese modo daba un paso impor­tante en el sentido de conse­guir una visión formalizada y abar­cadora del con­junto de la “materia de la expresión” dis­cursiva[5]. Pero, en esas defi­niciones, no tiene en cuenta la problemática de las conse­cuencias discur­sivas de los distin­tos dispositi­vos técnicos mediáticos. Dado los objetivos del ar­tículo, no tenía por qué hacerlo, pero sirve el caso para ver que la considera­ción del componente técnico en los discursos no se intro­duce “naturalmente”. En cambio, su posterior concepto de “pulso de infor­mación” está li­gado al aprovecha­miento que hace un me­dio de sus po­sibilidades técnicas[6].

En un momento más reciente, Ve­rón bosquejó una clasi­ficación de lo que denomina los “principales medios” (prensa, cine y televisión), adecuándo­los a la tipología sígnica de Peirce (índice, ícono, símbolo) que -más allá  de lo proble­mático que re­sulta de­terminar la “principalidad” de un medio por sobre otro– re­sultan fecun­dos en términos del análisis de lo que el con­junto de la pro­ducción de tex­tos sociales vehiculi­zada a través de un medio, aporta a la configuración dis­cursiva de la sociedad[7].

Es en la obra de Metz donde, tal vez, se encuentre la vía de síntesis más aproximada a la consideración de este conjunto de problemas. Apoyándose en la relativamente larga tradición de estudios sobre el cine, su definición del “gran régimen del significante cinemato­gráfico” aparece como la re­sultante de la arti­culación de un dispositivo técnico (el ci­nematógrafo), una práctica social (conjunción, a su vez, de una disposición arquitectónica de la sala como lugar de es­pectación y una manera de organizar la socialidad para “ir al cine”) y un tipo de textos (los films de ficción, que apare­cen yuxtapuestos con cortos pu­blicitarios y noticieros)[8].

Pero esta formulación parece difícilmente generali­zable para otros me­dios y, como muestra Metz, aún dentro mismo del dispositivo cinema­tográfico. Un “film cientí­fico”, por ejemplo, puede ser visto tanto en la oscuridad absoluta de una sala cinematográfica como en la semipenum­bra de un salón de confe­rencias, donde resulte posible to­mar apuntes. También el “mismo texto ra­diofónico” puede ser recibido a través de la fidelidad de un gran equipo de au­dio, en la tranquilidad del living o en el bullicio de una oficina por un sistema equivalente al de la música funcio­nal, o dentro del aisla­miento relativo, pero con fuerte componente de interacción social, que permite la radio insta­lada en el auto.

Del conjunto de estas aproximaciones puede extraerse una reafirmación acerca de la necesidad de articulación en­tre las perspectivas discursiva y técnica. Pero también aparece como evidente la dificultad para ejercer esa acti­tud.  Re­sulta muy difícil establecer, desde este conjunto de observaciones, un estatuto común que permita fundar una re­flexión sobre el discurso mediá­tico en general. Sin em­bargo, y como vi­mos, de­jar de lado esa posibilidad no es un gesto gra­tuito. Habrá  que inten­tar, por lo tanto, un nuevo es­fuerzo.

2. El dispositivo radiofónico

Si se trata de evaluar los aportes de los distin­tos dispositi­vos técnicos a la construc­ción discur­siva, se debe proceder cuidadosamente. En el caso especí­fico de la ra­dio, la ma­yor parte de los estu­dios glo­bales otorga una particu­lar im­portancia a la tec­nología de domi­nio de las on­das hertzia­nas[9].  Ese so­porte está  ligado sin duda al desa­rrollo histó­rico, tanto de la radiofonía como al de la tele­fonía inalám­brica. Pero lo que es impor­tante en el plano histórico, no lo es necesaria­mente en el plano discur­sivo: desde hace algunos años se han desarro­llado las ra­dios por cable, que no utili­zan las ondas hert­zianas, y de ello no puede de­ducirse que “algo” haya cambiado en los textos ra­diofónicos que se emiten con esa tecnología.

Para llevar a cabo nuestras primeras aproximaciones, habría que definir a la “materia de la expresión”, que circuns­cribe la facultad discursiva de un me­dio, como el conjunto de las res­tricciones y posibilida­des discursivas que esta­blecen los dispositivos técnicos uti­lizados para la comu­nicación (entre ellas, la ca­pacidad de albergar ciertas mate­rias significan­tes, en sen­tido vero­niano, y no otras).

Desde allí, puede proponerse una definición de medio que -sin pretensio­nes de nove­dad- sea útil para el desa­rrollo de esta etapa del trabajo. Denomina­remos medio, en­tonces, a todo dispositivo técnico o conjunto de ellos que  -con sus prácticas sociales vinculadas- permiten la rela­ción discursiva entre in­dividuos y/o sectores sociales, más allá  del con­tacto “cara a cara” (entendiendo a este último como coincidencia espacio-temporal y posi­bilidad de con­tacto per­ceptivo pleno entre los individuos y/o sectores vin­culados).

A su vez, el lugar de todo dispo­sitivo técnico mediá­tico en el universo de lo dis­cursivo, puede definirse como el campo de va­riaciones que posibilita en todas las dimen­siones de la inte­racción comunicacional (variaciones de tiempo, de espacio, de presencias del cuerpo, de prácticas sociales co­nexas de emisión y recepción, etc.), que “modalizan” el inter­cambio discursivo cuando este no se re­aliza “cara a cara”[10].

De estas definiciones deben rescatarse especialmente dos aspectos: el re­lacional, desde el que se per­mite vin­cular de diferentes modos a emisores y re­ceptores, y el que tiene que ver con la construcción de dimensio­nes de tiempo y espacio sociales, diferentes según el medio utilizado.

Conviene observar, también, que lo que interesa desde una perspec­tiva de análisis de la semiosis radiofónica no son las característi­cas específicamente técnicas de los dispositivos utilizados (tarea que es, desde ya, importante pero propia de ingenieros o tecnólogos) sino la descripción de las conse­cuencias que la utilización de esos dispositi­vos apor­ta al campo específi­camente discursivo.

Puede afirmarse que el texto más interesante para anali­zar el medio radio­fónico sigue siendo la Estética radiofó­nica de Rudolf Arnheim. Alláí, desde el intertexto teórico y estético de los años ’30, se encuentra una precisa fenomeno­logía de la radio. Con su guía, y utilizando también los aportes de otros autores y otros puntos de vista, en los siguien­tes párrafos se describen las caracterís­ticas de cier­tas dimensio­nes que pueden definir las restric­ciones y po­sibilidades que aporta al campo discur­sivo el medio radiofó­nico. Tal vez desde ese punto poda­mos enrique­cer las pers­pectivas mcluhianas, acerca del “espacio acústico de la ra­dio”.

2.1. El retorno del cuerpo

Una de las claves tecnológicas que definen a los lla­mados “medios elec­trónicos” con­siste en su posibilidad de convertir sonidos en seña­les eléctricas transportables y/o conserva­bles. Esa ca­racterís­tica, que comparten el teléfono, el fonógrafo, la ra­dio y las distintas combinaciones que entre ellos pueden darse, abrió la posibi­lidad de in­troducir, en el uni­verso de los vínculos comunica­cionales mediatizados, la presencia de la voz. Sus consecuen­cias son amplias y se dan en dis­tintos pla­nos.

Hasta ese momento toda mediatización excluía la pre­sencia del cuerpo del emisor[11]. En forma absoluta, como en los mensajes construidos por la imprenta, o en forma rela­tiva como en la escritura manual, el grabado o las ar­tes plás­ticas en general, en las que esa presencia se daba en forma indicial, a través de la “personalización” producida a través del trazo del lápiz, el pin­cel o el bu­ril.

Como señala Zumthor con respecto a la poesía oral, aparece en el campo de la mediatización la posibili­dad de una “erotización” más directa del campo discursivo mediati­zado[12]. En efecto, la voz es cuerpo del emisor. Fragmen­tado, pero plenamente corporal como componente de invidua­lización abso­luta.

Esa corporización de los textos es complementaria del es­tatuto perceptivo de la audi­ción que resulta claramente dife­renciado del resto de los sentidos. El oído es el único ór­gano perceptivo plenamente desarrollado, y con expe­riencia de percepción, con que cuenta el ser humano al na­cer. Esto hace presuponer que el recién nacido tiene incor­porada, en el momento del parto, al menos una tó­pica de las relacio­nes fami­liares, en la medida en que puede diferen­ciar la voz de la madre de las del resto de los que compar­ten espacios cotidianos y, entre estas, voces diferentes entre sí y que man­tienen distintas distancias con respecto al conjunto madre-niño[13].

Esas observaciones han llevado a comprender los distin­tos lugares que ocupan, en la constitución del su­jeto y su estructura perceptiva, las denominadas pulsión escó­pica y pulsión invocante. La primera, propia de la bús­queda de recep­ción de imágenes, construye la vinculación con la per­cepción en el afuera del cuerpo del sujeto (toda imagen es, por defini­ción, “externa” para el perci­biente, salvo en los sueños y las fan­tasías, o sea en situaciones “no comunicacio­nales”)[14].

La pul­sión invocante, en cambio, pone en cuestión perma­nentemente la diferencia­ción entre el propio cuerpo y su ex­terior[15]. En la base de la situación originaria de percepción auditiva en la etapa de vida intrauterina, se encuentra la posibilidad del sonido de atravesar líquidos y sólidos y su penetración en el oído, con la única condición de que éste fun­cione.

El “ambiente de percepción” entre ambos regímenes es, también, cuali­tativamente distinto. Si bien el “exceso” de datos percep­tivos contri­buye a la confusión, tanto de la percepción visual como de la auditiva, en este último caso sólo el va­cío absoluto impide el contacto.

Es decir que, en caso de mantenerse el tér­mino “pulsión” para ambos fe­nómenos, ello no debe ocul­tar que su funcionamiento tiene un estatuto clara­mente di­ferenciado en ciertos aspec­tos: mientras para bloquear la pulsión escó­pica basta “cerrar los ojos”, en el caso de la invocación ese escape sólo puede hacerse por un procedi­miento pura­mente “mental” (es el caso del que lee, concen­tradamente, entre los sonidos de un lugar público).

Por otra parte, el “efecto auditivo de percepción” es interno al propio cuerpo, al alojarse en el propio oído. No existe ese efecto de extrañamiento y represen­tación propio de la imagen –que ha sido conside­rado clave en el pro­ceso de constitución del sujeto frente al espejo– que actúa como apertura a las identificaciones, pero a partir de una diferenciación fundante[16]. La voz del  otro en el interior del oído del que percibe, no parece ser una representación de su cuerpo: es su cuerpo.

2.2. El tiempo en lo radiofónico

Desde tiempos inmemoriales, todas las sociedades han puesto en práctica múltiples procedimientos para intercam­biar textos que les posibilitaron una tras­cendencia tempo­ral dis­cursiva: pinturas o esculturas, específicamente ri­tuales o incorpora­das a viviendas, vestimentas o utensilios de la vida coti­diana.

Algunas de esas socieda­des, además, construyeron, por muy disímiles procedimientos, el más formidable y económico arte­facto de construcción de textos: la escritura. Entre esas sociedades, la nuestra le incorporó a los textos es­critos posibilidades incalculables de almacenamiento y dis­tribución a través de las múlti­ples técnicas de impresión mecánica.

En términos generales, puede decirse que todos esos ar­tificios para la producción y circulación de textos instaura­ban, de hecho y de derecho, una serie de separacio­nes imposibles de evitar entre los momentos de producción, de emi­sión y de recepción de un texto.

Como todas, esas características de mediatización pue­den verse, al mismo tiempo, como posibilidades y como restric­ciones. Si bien para leer una carta, o para apreciar una pin­tura, hay que esperar a su finalización, la poste­rior perma­nencia del texto sobre el mate­rial que lo so­porta permite que sea per­cibido por alguien una vez trans­currido el tiempo  ne­cesario para su traslado hasta el des­tinatario o, muchos siglos des­pués, hasta destinatarios ni siquiera soñados en el momento de su producción y de su emisión pri­mera.

Junto con estos grandes tipos de dispositivos mediáti­cos, se conocen otros –como el “tam-tam”, las “señales de humo” o el telégrafo– que permiten una simultaneidad relativa entre los momentos de producción, emisión y recep­ción. En estos medios encontramos, más alláá  de su relativa marginali­dad en el con­junto de las formas de comunicación, una diferenciación temporal entre re­cepción y lectura.

Esas mediatizaciones comparten con la escritura la obligatoriedad, tanto para el pro­ductor como para el recep­tor, del conocimiento de las convenciones específicas de construc­ción de esos textos. De ese modo, instituyen una fron­tera in­terna dentro de las sociedades entre quie­nes tienen y no tienen ac­ceso a su conoci­miento.

Se trata, en todos estos casos, de me­dios que presupo­nen “lenguajes” es­pecíficos. Cualquier individuo medio de cualquier sociedad conoce, sin un aprendizaje diferen­ciado, el idioma que se ha­bla en ella. Si así no ocu­rre, se cues­tiona la propia per­tenencia a la sociedad (es un loco, un discapacitado grave, etc.). Para co­nocer, en cambio, las convenciones escritura­les, las socieda­des cons­truyen institu­ciones específicas, diferenciadas del elemen­tal “seno fami­liar”. A partir de ello, cualquiera puede perci­bir las marcas inscritas en un cartel de la calle, pero sólo podrá  leerlas el que maneje las convenciones que las con­vierte en palabras.

Las técnicas que permiten la mediatización del sonido vocal abolieron ese doble juego de distancias temporales: el que separa la producción de un texto, de su emisión y de su recepción, y el que separa su recepción de su lectura. La toma directa es el efecto tecnológico que posibilita un salto cuali-cuantitativo de igualación en esas temporalida­des, sin el cual no podría haber tenido efecto, tal vez, lo que se co­noce ac­tualmente como “comunicación de masas”.

2.3. La espacialidad radiofónica

El despliegue de las tecnologías radiotelefónicas afecta la espacialidad discursiva so­cial en tres dimensio­nes no ne­cesariamente relacionadas: con res­pecto a la dis­tancia terri­torial entre emisor y recep­tor, a las posibili­dades de dis­tribución de textos y a ciertas restricciones en la pro­ducción misma de esos textos.

Es en lo atinente al primer aspecto que resulta impor­tante el dominio de la tecnología de las ondas hertzianas. En efecto, la transmisión por ondas resulta irreemplazable, por ahora, cuando se trata de salvar largas distancias en­tre emi­sores y receptores. Esto se ve potenciado actual­mente, ade­más, por la utilización de los satélites de comu­nicaciones. No debe olvidarse que estos desarrollos tecno­lógicos estuvie­ron muy relacionados con la expan­sión del comercio interna­cional y de la navegación (con la progre­siva autonomía de las na­ves) en el siglo pasado[17].

Íntimamente ligada al punto anterior, en cuanto a la configuración del espacio discur­sivo radiofónico en la socie­dad, se encuentra la posibilidad que otorgan las transmisio­nes a través de ondas hertzianas, de ser captadas por cual­quiera que posea un receptor conveniente. Esto, que en prin­cipio fue conside­rado como una limitación (obligando a la expan­sión de los textos cifrados para la transmisión de men­sajes reservados), dio lugar posterior­mente a la configura­ción ac­tual de la distribución denominada “multipolar”, con un emi­sor transmi­tiendo simultáneamente para múltiples recepto­res[18].

Conviene re­cordar nuevamente que esta configuración se pone en prác­tica también en las emisoras por cable. Lo que varía es la posibili­dad de acceso a la emisión –controlada individual­mente, en este caso– pero manteniéndose el tipo de distribu­ción de textos que motivaba las re­flexiones fascina­das y preocu­padas de McLuhan, acerca de la “aldea global”.

El tercer aspecto, por último, tiene que ver con cier­tas restricciones  en la espacialidad radio­fónica que pesan sobre la construcción de textos dentro de la ra­diofonía, según lo muestra Arnheim en el siguiente grá­fico en el que señala ciertas formas de conformación del espacio en los textos radiofónicos, en el “interior” mismo de su dispositivo técnico-discursivo[19]:

Como se ve claramente en el gráfico –e indica específi­camente Arnheim– los sonidos frente al micrófono (como frente a un oído) no generan efecto de dirección, sino de distancia[20]. Este efecto de linealidad trae dos con­secuencias: en primer lugar, la facilidad de “saturación” del espacio so­noro, que hace con­fusa la recep­ción ante la multiplicación de señales; en segundo lugar, cuando se quiere construir un es­pacio cualquiera –el nece­sario, por ejemplo, para que tenga lugar un diálogo– se debe explici­tar en el propio texto la situación de los in­terlocutores porque si así no se lo hace, el efecto ser  de aparición sucesiva de los hablan­tes en el mismo lu­gar, o a distintas distancias pero alinea­das “frente al par­lante”, sin que se construya el efecto de “enfrentamiento” entre ambas posi­ciones.

Por lo tanto, cuando se quiere garantizar recepción “limpia” y compren­sión “escenográfica”, el texto radiofó­nico deber  ser relativamente pobre en utili­zación de sonidos y fuertemente redundante en la construc­ción de situa­ciones. Por ejemplo, ciertas caracte­rísticas que tuvo el ra­dioteatro –el género ficcional por excelencia de la ra­dio– segu­ramente provinieron del melo­drama y el folletín (esquematismo de per­sonajes y situacio­nes, fuerte conven­cionalización escenográ­fica, mostración de los límites y las posibilidades de los artefactos de cons­trucción tex­tual, etc.). Pero esos rasgos en­contraron en la ra­dio un soporte técnico que complementaba y potenciaba esos rasgos discursivos, abriendo nue­vas posibi­lidades de transpo­sición.

3. Las escuchas radiofónicas

Es lógico pensar, como lo hace McLuhan, que la apa­rición de la radio cambia la sociedad y que esos cambios se manifiestan en múltiples niveles de la vida social. Lo que es difícil es adjudicar esas transformaciones al puro efecto au­ditivo de la radio[21]. La dimensión auditiva pro­duce efectos diferenciados de los de la visual. Pero, en tanto tal, ese efecto es adjudicable tanto a la radio, como al teléfono y al fonógrafo.

La reducción mcluhaniana es equivalente, en este sen­tido, a la de En­zensberger, que define la gran elección ideoló­gica social por la inexistencia de aparatos al mismo tiempo receptores y emisores, fácilmente realizable en térmi­nos tecnoló­gicos como lo demuestra el teléfono. Se trata sin duda de una de­cisión ideológica pero que, entre sus ejes de opción, contiene precisamente el de “discurso global/discurso interindividual”, por denomi­narlos de una ma­nera aproximada. Ambos representan, en de­finitiva, dis­cursos sociales pero institu­yen vin­culaciones diferentes entre sujetos emiso­res y re­ceptores. Si se trata, en cambio, como luego plantea Enszens­berger[22], de que otros secto­res sociales hegemonicen el lugar de la emisión la dis­cusión ya no es sobre el disposi­tivo técnico en sí, sino so­bre las con­diciones de su propie­dad[23].

Por otra parte, la idea de McLuhan acerca de la tribali­zación de la vida contemporánea anclaba con fuerza en una escena de recepción de los textos ra­diofónicos: la del grupo reunido alrededor del gran aparato receptor que, por analo­gía, reemplazaba al fuego de la tribu.

El proceso de miniaturización y disminución de costos de los dispositivos técnicos de producción y recepción[24] abrieron posibilidades de acceso de nuevos grupos a la emi­sión, con­tribuyendo a construir nuevas posiciones de escu­cha: desde la casi “comunitaria”, en trans­portes y lugares públicos, hasta la “individual” que permite el walk-man.

Esto no disolvió las es­cuchas gru­pales, pero ya no es obligatorio reali­zarlas den­tro del hogar: el aparato receptor que nuclee o acompañe al grupo restringido puede estar en el campo o en el automóvil. Esas posibilidades de “deriva”[25] son acompañadas por efec­tos de fragmentación in­terna en los tex­tos[26], y también externa, en el espacio acústico, que se manifiesta en la posibili­dad de atra­vesar desde el au­tomóvil el área de di­versas emisoras, sin gi­rar la po­sición del dial de la ra­dio[27]. La atmósfera acústica de la “aldea global” alberga di­ferentes “climas” discursi­vos: los frag­mentos se inter­sectan con el todo.

4. Radio, fonógrafo, teléfono: la radio en sus sistemas

El caso ya citado del radioteatro sirve para evaluar la necesidad, y los límites, de la consideración de los disposi­tivos técnicos en los fenómenos discur­sivos. La construcción de uno de los géneros a través de los cuales se funda­mentó la resonan­cia social del discurso radiofó­nico debe describirse, al me­nos, por medio de una doble vía vin­culable: por un lado, la que da cuenta del desa­rrollo de la tecnología que posibi­lita su pro­ducción y circu­lación so­cial, y por el otro, la que lo sitúa en la historia y en la coyuntura transpositiva de los textos so­ciales.

En contra de lo que creía Arnheim, y otros antes y des­pués que él, el dominio de un conjunto de dispositivos técnicos no bastan para fundar una estética o una teoría discur­siva. Sus opiniones sobre las posibilidades y los efectos sociales de la radiofonía, por ejemplo, estaban in­fluidas por un estilo de época (ligado a la abstrac­ción), por una sicología conductista (basada en la  ligazón li­neal, aunque no fa­tal en su caso, entre estímulo y respuesta) y a una cierta con­cepción sobre el conjunto de la so­ciedad y el lugar a ocupar por los medios (vigente to­davía y preocupada por la “elevación” y “educación” de las masas).

En un mundo en progresiva interdependencia, la radio aporta nuevas po­sibilidades de vínculos entre puntos geográ­ficamente alejados, pero que ya se venían aproximando social, económica y culturalmente. Expande también las re­laciones a través de textos producidos por unos pocos, a los que tienen acceso sectores cada vez más amplios de población. En este sentido, se inscribe en un camino previa­mente recorrido por las imágenes grabadas, la lite­ratura y la prensa.

La posibilidad de la abolición del desplazamiento tempo­ral entre produc­ción, emisión y recepción contribuye a la construcción del concepto unificado de “actualidad”, que ve­nía siendo transformado en todo el universo del pe­riodismo a partir de la estandarización del género de la “noticia” y la consolidación de los grandes diarios.

También el vínculo radiofónico instaura la apari­ción de nuevos lugares de sujeto, tanto en la emisión como en la re­cepción. En la primera, porque a las necesarias condiciones “intelectuales” y “técnicas” se les incorpora el esta­tuto de lo cor­poral, con su consecuente riesgo de expo­sición pero con sus nuevas posi­bilidades de seducción. En recepción, se posibi­lita el acceso masivo a sus textos sin que medie la ne­cesidad de ningún entrenamiento específico, mientras se abre la instan­cia de un cierto goce del cuerpo del otro.

Ese esquema de vinculaciones con componentes de indivi­dualización permite un posicionamiento particular de la ins­titución social emisora dentro de los textos. Al abrirse nue­vas posibilidades de exposición u ocultamiento, cons­truye un lugar equidistante entre el acentuado borra­miento de las edi­toras de li­bros o las productoras de films, y la presencia ab­sorbente de las editoras de dia­rios.

La radio, las técnicas fonográficas y el teléfono pue­den ser vistos enton­ces en sistema, como un conjunto de jue­gos de vinculaciones espacio/temporales entre sujetos individuales/sociales, que se encuadran en la construcción del mundo tal como lo vivimos actual­mente. Pero los efectos de cada una de las po­sibles relaciones entre medios no deben ser evalua­das lineal­mente, ni atribuidas exclusivamente a la interacción de dispositivos técnicos.

Las distintas téc­nicas de graba­ción del sonido que, desde el fonógrafo, han sido ampliamente utilizadas en radio, posibilitan tanto “reconstruir la histo­ria” (trayendo a la emisión en vivo música y voces alejadas en el tiempo), como “demo­rar la historia” (mediante la repetición de un texto verbal o musical de relativa actualidad). La decisión, que aparece manifestada en el texto, se en­cuentra en el plano discursivo y no en el técnico.

La utilización del teléfono, por su parte, incluye entre el par emisor-re­ceptor a un ter­cero, el interlocutor quien -teniendo algunas caracterís­ticas del receptor- aparece situado fugazmente del lado del emisor.

Esto plantea problemas dado que desde una perspectiva no conciencia­lista como la que venimos desarrollando, tanto emisor como receptor son considera­dos, en primera instancia, como lugares sociales y no como la manifestación de una singularidad personal o institucional de vida externa al texto. Al tener en cuenta una conversación telefó­nica emitida por radio, ese componente de abs­tracción tiende a disolverse. Como veremos, esta dificultad puede comenzar a superarse desde un punto de vista estructural.

Antes de avanzar, conviene destacar dos cosas. Por un lado, la radio ofrece múltiples escenas de interlocución que no pue­den reducirse a la telefó­nica. Por el otro, la interlocución telefónica es un caso más de la permanente articula­ción del medio entre un “afuera” (no importa aquí qué status se le brinda) y los receptores[28].

Las diferentes utilizaciones del teléfono en la radio pueden describirse en términos de al menos cuatro tipos distintos de relaciones que implican, en cada caso, diferen­tes posicionamientos entre emisor, interlocutor y re­ceptor.

Un caso es cuando emisor e interlocutor forman parte de la misma radio o el interlo­cutor es un personaje de genérico re­conocimiento social. Al receptor se le ofrece el mismo espa­cio que el que denominaremos después como radio-emisión.

Otra posi­bilidad es aquella –todavía vigente en radios del inte­rior y que ha reaparecido en ciertos programas juve­niles– en los que, vía teléfono, un in­terlocutor envía un men­saje (felicitación, cita, etc.) a un receptor.

Existieron también en la radio (y perviven en la televi­sión) programas de entretenimientos en que un interlocutor debía dar res­puesta al llamado telefónico con una clave que el emisor y el receptor conocían (Ej.: OLAVINA en lugar de HOLA, invocando la marca de aceites que auspiciaba el pro­grama).

Una última posibilidad reconocida es cuando el emisor posibi­lita a un interlocutor su salida al aire sin que haya (aunque sea apa­rentemente) la posibi­lidad de controlar el tema que elegirá ni su tratamiento, desconocidos por su­puesto también para el receptor  (como ej. no exclusivo pode­mos citar los pro­gramas nocturnos de Carlos Rodari).

Vemos delinearse así, estos cuatro tipos distintos de arti­culación entre estos actantes:

a. Nivelación emisor-interlocutor. El teléfono es una prolon­gación del disposi­tivo técnico de la emisora, cum­pliendo funciones asimilables a las que de los móviles. El receptor queda excluido de ese interjuego que se le da como es­pectáculo.

b. Nivelación interlocutor-receptor. Abre la posibili­dad de que un mensaje sea incomprensible para el emisor y para el receptor general, Se toca aquí un borde de la comuni­cación masiva: la singularidad del texto lo inhibe de socia­lidad[29].

c. Nivelación, por arriba, emisor-receptor. El emisor y el receptor, poseedo­res de la clave, pueden sorprender al in­terlocutor que podrá o no, consti­tuirse en receptor.

d. Nivelación, por abajo, emisor-receptor. En el mo­mento de aparición del interlocutor, éste puede tener el po­der ab­soluto sobre el centramiento de la conversación. A par­tir de allí, el emisor podrá  negociar, o cortar, la interlo­cución. De este proceso queda ex­cluido definitivamente el re­ceptor al que se le abre una instancia interesante: ac­cede a un nivel comunicacional que, por su imprevisibili­dad, se aproxima a la conversación íntima.

Encontramos en estos entrecruzamientos distintos pun­tos interesantes. En el caso b. el emisor aparece como “ciego”, sin capa­cidad para producir, o contro­lar, el texto. Los casos c. y d., en cambio, impregnan de dudas al lugar del re­ceptor.

En efecto, en el caso c. el receptor, conocedor de la clave y cercano por ello al emisor, está  en condiciones de reconocer en el interlocutor la condición de receptor. Al mismo tiempo, mientras posea teléfono, puede convertirse en cualquier mo­mento en interlocutor y, en el mismo momento, en receptor pleno. Su interlocución, asumirá  ese lugar cercano al emisor. Tan cercano que tenderán a confundirse: ambos com­parten la clave.

En el caso d., por último, el receptor, tanto como el emi­sor, estarán inermes frente a la invocación del interlocu­tor. El emisor tiene la posibilidad de negociar el poder so­bre la charla, el receptor no. Pero éste queda entramado en una triangulación que excede lo que puede considerarse programa­ción radiofó­nica como tal. Por otro lado, nada le im­pide proponerse –con su línea telefó­nica– como interlocutor respon­diendo a lo ya escuchado –con inevitable desplaza­miento tem­poral– o torciendo imperativamente el curso que parecía de­linear el programa.

Todas estas posibilidades son permitidas en gran medida por el so­lapamiento del dispositivo te­lefónico sobre el radiofónico, incentivando la fanta­sía de la presencia de individualidades en el aire, pero como muestra esta breve exposición son reducibles y estructurables por el análisis y necesitan, además, la puesta en juego de decisiones (conscientes o inconscientes) que exceden am­pliamente la simple decisión técnica.

La interacción dispositivos mediáticos/discursos mediáticos es indisoluble pero, más allá  de la complejidad técnica, es en el plano de la discursividad donde se establece la pertinencia y la fijación de las costumbres mediáticas so­ciales. Ello se ve muy claramente en el caso de la ra­diofonía, por una última ob­servación: las técnicas necesarias para su constitución como soporte de textos sociales estaban prácticamente listas a fines del siglo pasado, pero fue nece­sario que transcurrieran un par de décadas para ser metabolizadas en la dimen­sión significante de la socie­dad, encon­trando su lugar en la trama discur­siva[30].

Desde allí, y como muestra el caso del radiotea­tro, nada del discurso existente le ser  ajeno. Pero cada trans­posición que vaya constituyendo la inter­textualidad radio­fónica –por vías centrípetas o centrífugas– deber  justi­ficarse también en las posibilidades que brinda y las res­tricciones que se­ñala su materia de la expresión, junto con las prácticas dis­cursivas sociales que in­tersecta o funda.

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[1] Ver: Eco, U. “Apuntes sobre la televisión” En: 1985. p.335 y sgts.
[2]
  Benjamin, W. respectivamente en 1967 en su totalidad y en 1986, p.189 y sgts.
[3]
McLuhan, M. 1985(b).
[4]
Ver la noción de “reglas constitutivas de la materia signi­ficante”, en: Verón, E. 1974. p.13 y sgtes.
[5]
Se utiliza aquí el concepto hjemsleviano “materia de la ex­presión”, como lo hacía Ch. Metz, cuando ordenaba sus prime­ras in­dagaciones sobre el lenguaje cinematográfico. Ver: Len­guajes 2, p.38 y sgts. El concepto que anda rondando por aquí es el de se­mía, acuñado por E. Buyssens (ver III y IV de su libro).
[6]
Verón E. 1987 (b)
[7]
Verón, E. 1986. p.45.
[8]
Metz, Ch. 1979. p.40 y sgtes.
[9]
Ver, por ejemplo, Albert, P. y Tudesq, A. o Curiel, F.
[10]
Algunas precisiones sobre el concepto de “modalización”, más adelante.
[11]
El perfeccionamiento de la tecnología radiofónica va desde mediados del siglo XIX hasta las dos primeras décadas del XX.
[12]
Zumthor, P. p.193 y sgts.
[13]
Dolto, F. p.256
[14]
Acerca de las relaciones entre pulsión escópica e invo­cante, Metz, Ch. “El significante imaginario” En: 1979. p. 58 y sgte.
[15]
“Se establece una correspondencia entre el exterior, lo an­terior y la vista y, por otro lado, en­tre el interior, lo pos­terior y el oído…” Rosolato, G. “La voz: entre cuerpo y lenguaje” En: La relación de desconocido, p. 45.
[16]
Lacan, J. “El estadio del espejo como formador de la fun­ción del yo (je)…” En: Escritos 1, p.87 y sgts.
[17]
Pareja, R. op.cit. p.6.
[18]
Durand, J. p.43.
[19]
Arnheim, R. op.cit. p.45.
[20]
Percibimos “izquierda” y “derecha” porque tenemos un oído a cada lado de la cabeza. Si queremos distinguir “adelante” y “detrás”, debemos girar la cabeza para que coincidan con “izquierda” y “derecha”.
[21]
Para precisar un poco más, las opiniones de McLuhan osci­lan entre las descripciones sugerentes so­bre el “espacio acústico” en 1981. p.87 y sgtes. y las genera­lizaciones en las que incorpora, por ejemplo, lo “acústico” a lo “electrónico”, en 1985. p.14 y sgtes. Lo “electrónico” incluye en nuestra sociedad, a lo acústico y lo visual.
[22]
Enzensberger, H.M. op.cit. ps. 11 y 12.
[23]
Un comentario en esta dirección en Mier, R. op.cit. p.133 y sgtes.
[24]
Volveremos sobre esto al final, pero ya cruzado con lo discursivo.
[25]
Fernández, J.L. 1986
[26]
Guattari, F. “Las radios libres populares”. En: Bassets, Ll.(ed). p.233.
[27]
Eco, U. “Una nueva era en la libertad de expresión”. En: Bassets, Ll. (ed.). p.219
[28]
Estas descripciones que siguen aparecen formuladas en Fernández, J.L. 1988. Muchas de las observaciones se de­ben a Oscar Traversa.
[29]
Como en lo que denominaremos posteriormente como  radio-transmisión, la radio es puro “canal” pero, en este caso, arriesga su condición de masividad. Esto es interesante para confrontar con las opiniones de Enzensberger, previamente citadas (Ver Nota 35)
[30]
Lombardi, C. op.cit. p.141.

III. La entrada enunciativa

1. La “especificidad discursiva” de la radio

Es difícil pensar que ese fenómeno denominado “la ra­dio”, al que hemos definido como complejo, se constituya alrededor de un solo tipo de discurso. A pe­sar de que se utilice un con­junto restringido de dispositi­vos técnicos, ¿qué autoriza a con­siderar como equi­valentes textos tan di­símiles como un in­formativo radiofónico y un concierto de Mozart?

Evitaremos el fetichizar una supuesta esencialidad pro­pia de los textos radiofónicos. Se han descripto algunas de sus diver­sas re­laciones con otros tex­tos socia­les, mediáticos o no mediáti­cos. Esa relación ha sido enfo­cada con res­pecto a la “cultura en general” por Mo­les[1] y, más precisamente, a algún frag­mento discur­sivo circunscripto, como la informa­ción, por Ve­rón[2]. El interés de estos traba­jos es obvio dado que es impo­sible aislar algún frag­mento textual en la radio en el que no haya marcas de los dis­cursos ajenos a ella. Inversamente, pueden en­contrarse en tex­tos ajenos al medio huellas que provienen origi­nalmente de él. En defi­nitiva, el discurso radiofónico es tan intertex­tual como cualquier otro. Pero, si no se profundiza este momento de reflexión, es posible que el problema de la especificidad reapa­rezca, desplazado, en otro mo­mento del análisis.

Dijimos que cuando Christian Metz circunscribía lo que se iba de­lineando como una “semiología del cine”, aclaraba que sus análisis se centraban en un “gran régimen del significante cine” entre los muchos posibles: el que está  constituido por un tipo de lugar de es­pectación y en el que las exhibiciones pri­vilegian el film de ficción, que va acompañado de otros tipos de textos que apa­recen como “laterales”. Ese régimen del cine, si bien es sin du­das el más im­portante en nuestra so­ciedad, no es ni el único exis­tente, ni el único posible, así como el film de ficción no es el único existente o po­sible tipo de texto cinematográfico.

En ese momento, Metz contaba a su favor con una ven­taja relativa. Al­rededor del cine, y desde sus inicios, se de­sarrolló un impresio­nante campo de re­flexión, en el que se constituyó una compleja fenomenología del medio y sus len­guajes.

Con la radio no ocurrió nada parecido. Como vimos, to­davía hoy si­guen destacándose las búsquedas de rigor de Arnheim en la descripción de la especifi­cidad discursiva del medio, en un intento de consti­tuirlo en “medio de arte” como había ocurrido con el cine[3].

En su “Estética radiofónica”, apuesta al halláazgo de rasgos gene­rales que vinculen, en toda serie de textos, percepción y comprensión. Ante la posibili­dad de construcción de una “teoría gene­ral de lo radiofó­nico”, Arnheimáse ma­nifiesta ex­presamente en forma positiva, en la misma medida en que puede ha­berla de la pin­tura o el cine. Esa teo­ría se constitui­ría en el cruce de una re­flexión sobre las caracte­rísticas tecnológi­cas del medio con consideraciones deriva­das de una est‚tica ge­neral, aplicadas a las posibili­dades de los dispositivos técnicos.

Arnheim escribe en momentos en que la radio co­mienza a vivir su época de esplendor, tomando partido por la clá­sica ecuación entre entretenimiento y educación, que si­gue siendo la línea de muchos intelectuales que reflexionan so­bre la llamada “comunicación ma­siva”. Pero su aporte funda­mental es que, en ese camino, se dedica a desarrollar una profunda fenomenolo­gía de las posibili­dades discursivas de la radio. En ella ocupan un lugar destacado, como se vió, los problemas del espacio ra­diofónico que serán de utilidad aquí para seguir avanzando.

Si se pretende, por ejemplo, circunscribir “qué es lo que escucha la gente” en la radio, el modo en que se des­criban sus textos no es inocente. Suele soste­nerse que los textos radiofónicos están compuestos por “música, publi­cidad e información”[4]. Esa descripción, ligada a géneros y lenguajes transitados por el medio, se apoya en clasificaciones de conjun­tos de textos hechas por la socie­dad. En una primera mirada, parecen ser representativas de gran parte del dis­curso radiofónico.

Sin embargo, si se quisiera, a partir de esa clasifi­cación es­tudiar “posiciones sociales de escucha” (como in­troducción al tema de los efectos), aparecería la imposibilidad de diferenciar esa práctica de recepción de la de escu­char música mientras se lee una revista de infor­mación ge­neral. Los “contenidos” con los que se toma con­tacto en uno y en otro caso son los mis­mos, si se los cla­sifica desde el punto de vista del sentido común.

Una primera diferencia entre las dos situaciones de recepción se encuen­tra en los distintos regímenes de per­cepción, dispositivos técnicos y materias de la expresión que par­ticipan en cada caso (lo auditivo y lo visual, el sonido elec­trónico y las técnicas de impre­sión, el lenguaje verbal, el escritural y el fotográfico, etc.)[5]. En ese punto, estamos otra vez en la proposición que más ha fasci­nado de McLuhan: “el medio es el mensaje”.

Pero el reduccionismo tecnologista también deja inevitable­mente de lado componen­tes de los textos radiofó­nicos que nada autoriza a subvalorar. El he­cho, tan habitual, de que un programa vaya en vivo, por ejemplo; o las distintas ma­neras, que pueden describirse, en que distintos textos com­binan los frag­mentos musicales, publicitarios e informati­vos; o, sin pretender agotar la lista, los distin­tos “climas” que distinguen a cada serie de textos.

Otro camino utilizado es el de definir los textos ra­diofónicos como com­puestos de “palabras, música y ruidos”[6]. En esa vía, que podría denominarse de las “materias significantes” se ha pretendido frecuente­mente extrapolar concep­tos extraídos de la lingüística. Esto, hasta cierto punto, es inevitable por el fuerte com­ponente verbal que se de­tecta en cualquier texto radiofó­nico. Pero el problema si­gue siendo equivalente al anterior: ¿cómo distinguir un enunciado verbal “no radiofónico” de uno “radiofónico”? ¿Es esto po­sible?, ¿o habrá  que re­signarse a describir, por un lado, las formas lingüísticas que se utilicen y, por el otro, evaluar la presencia, “externa” al propio enunciado, del soporte mediático?

El privilegio otorgado a la lingüística lleva, por otra parte, a acen­tuar el componente de continuidad tempo­ral de los textos del medio. Este rasgo es evidente­mente importante. Aparece ligado concep­tualmente con la “cadena sintagmá­tica” que funda, en la re­flexión lingüística saussu­reana, la posibi­lidad de hacer complementario el con­cepto de sig­nificante (considerado abstracto), con las caracterís­ticas físicas del so­nido; éste, por ese rasgo de “conti­nuidad”, impide al receptor el “retorno sobre lo re­corrido”. Curiosa pero inexorablemente, el re­duccionismo lingüístico tiende a consti­tuirse en com­plementario del re­duccionismo tecnolo­gista[7].

Otro aspecto a tener en cuenta es que, por definición, los textos de los medios son polifónicos[8]. En radio, la pa­labra solitaria del locutor más indivi­dualizado, nunca ser  ajena a la presencia del dispositivo técnico que per­mite el contacto con ella, implicando la presencia permanente de la institución emisora (más allá de que, como veremos, pueda quedar oculta como efecto de sen­tido en los pliegues del discurso).

El componente de polifonía tiene como resultado que, por ejemplo, la enunciación de un “nosotros” por parte de un lo­cutor radiofónico puede remitir a distintas relaciones de inclusión o exclusión –inscriptas en el texto– entre el propio locutor, la emisora (institución) que lo alberga, sus compañeros en el estudio y hasta sus sectores de pertenencia social extra­rradiofónicos[9]. La des­cripción de las re­laciones entre enunciador y enunciatario debería ser el re­sultado de la descripción, a su vez, de cómo se combinan esos planos en la emi­sión, circunscribiendo lugares virtua­les de recepción. Es con respecto a todos estos proble­mas, donde ad­quiere importancia especial el trabajo de Arn­heimáso­bre la espacialidad radiofónica.

2. La entrada enunciativa: entre lo macro y lo micro

Una definición reciente de Steimberg determina que lo enunciativo es “el efecto de sentido de los procesos de se­miotización por los que en un texto se construye una situa­ción comunicacional, a través de dispositivos que podrán ser o no de carácter lingüístico”[10]. Es decir que lo enun­ciativo se constituye, de en­trada, como el campo desde el cual se van a postular, a partir del análisis de un texto (o una serie de ellos) las posibles vinculaciones en­tre el lugar de la emi­sión y el lugar de la recepción. Rápidamente se entiende, entonces, el lugar es­tratégico que tiende a ocupar en toda teoría de lo discursivo.

Ya en esa definición aparece el esfuerzo de acotar el campo a través de una serie de aclaraciones. En primer lu­gar, se subraya el concepto de lo enun­ciativo en tanto que diseño de una situación comunicacional, como efecto de construcción a través de dispositivos.  Con ese juego de metáforas se procura escapar de un doble peligro que acecha a la perspec­tiva enunciativa: el psicolo­gismo (por la vía de las “intenciones” de los intervinientes en la “situación”) y el sociologismo (que procura restituir el campo discursivo al lugar elemental de “comunicación” entre segmentos sociales). Lo enunciativo ser  considerado, por lo tanto y en primer término, como un fenómeno propio de lo discursivo.

Un segundo aspecto que aparece en la definición de Steimberg es la acla­ración de que esos dispositivos “podrán ser o no de carácter lingüístico”.  Ha­biendo surgido el estudio de la enunciación en la lingüística, corresponde re­flexionar sobre las transformaciones que resulta necesario establecer cuando se pasa a lenguajes que carecen de lo verbal o lo cuentan entre otros componentes.

Esos cuidados puestos en la circunscripción de estos problemas se justifi­can porque el campo de lo enunciativo en el análisis de discursos se presenta constituido sobre una serie de juegos de tensio­nes. El pri­mer juego tiene que ver, como lo formula Maingueneau, con el que se presenta entre la nece­sidad de una teoría de la enunciación y la im­posibilidad exis­tente, al mismo tiempo, de constituir a sus problemas como parte de “un dominio bien defi­nido”[11].

Derivado del anterior, se aprecia en muchos trabajos sobre lo enunciativo otro juego de tensiones entre el es­fuerzo por focalizar el análisis en ciertas mar­cas ins­criptas en los textos y la necesi­dad de vin­cular esos efec­tos de sentido con los “emplazamientos institucio­nales” y las “situaciones del su­jeto” en los que esos textos se constitu­yen en “prácticas dis­cursivas”[12]. En términos gene­rales, esas dimensiones extra­textuales se subsumen en los términos –muy confusos, uti­lizados así– de “situación” o de “contexto”.

A esas dos miradas las podemos denominar por su exten­sión diferen­ciada, respectivamente, como “micro” y “macroscópica”[13]. La primera, ligada a la observación detallada de los textos, puede resultar el soporte para la entrada de lo individual (como “acontecimiento” o como “subjetividad”). La segunda, pretendiendo apoyarse en “lo social”, puede caer en el sociologismo (cuando no problema­tiza el concepto de lo “institucional” o el de “segmentación”).

Estas tensiones se manifestaban ya en los textos fun­dantes de Benveniste, reconocido unánimemente como el pri­mer ex­plorador explícito de estos fenóme­nos. Benve­niste po­nía en cuestión la diferenciación clara entre len­gua y ha­bla, comenzando a describir el funciona­miento de esas par­tículas denominadas genéricamente deícticos que, si bien se encuentran dentro del sistema de la lengua, única­mente efectivizan su significación en cada manifesta­ción hablada.

Pero, si bien Benveniste ejemplifica con problemas lingüísticos cuando procura, por ejemplo, diferenciar la estructura dialógica –explícita o implícita– que parece constituir toda enunciación de ciertas formas “desviantes” como el monólogo, anota precisamente que esas situaciones “pedirían una descripción doble, de forma lingüística y condición figurativa[14]. Inmediatamente, pro­clama la necesi­dad de problematizar la situación de diálogo sin “prescindir de analizar sus múltiples variedades”. En tra­bajos anteriores, había de­finido los pronombres como fe­nómenos más de “lenguaje” que de “lengua” y cuya existen­cia, univer­sal, no necesariamente se manifestaba en partí­culas lingüísticas.

Esas carencias de la perspectiva lingüística para dar cuenta de lo enun­ciativo han sido advertidas posteriormente por diver­sos autores, hasta el punto de poner en duda la propia posibili­dad del estudio de estos fenómenos desde la lingüística[15]. Sin em­bargo, el estudio de lo enunciativo como clasifica­ción de ciertas marcas lingüísticas ha tenido un gran despliegue. Contribuyeron a ello, seguramente, tanto la expan­sión de la lingüística como la relativa “comodidad” de trabajar con fragmentos textuales fácilmente aislables y, por lo tanto, en apa­riencia también fácilmente clasifica­bles.

Un escollo que suele observarse en estos casos es el de la imposibilidad de detener el procedi­miento clasificato­rio. En efecto, dado que cada acto de enuncia­ción (planteado así) es por definición único, re­sulta difí­cil no caer en la tentación de denominar cada ocurrencia de un pronombre de una manera dis­tinta, corres­pondiente, a su vez, a una “situación” diferen­ciada. En este sen­tido ocurre algo similar a la voluntad clasi­ficatoria que, se­gún Barthes, ha re­caído so­bre las figuras retóri­cas[16]. A pesar de la volun­tad taxonómica, también con las marcas enuncia­tivas es fá­cil pasar de la clasificación al ejemplo, pero difi­cultoso recorrer el camino inverso: de la marca encon­trada en el texto que se analiza a la catego­ría clasificato­ria[17].

El camino más transitado para hacer frente a esa limi­tación es la recu­rrencia a la pragmática que se refiere, desde Morris, a “la relación de los signos con los intérpre­tes”. En realidad, de las múltiples perspectivas de rela­ción que abre la proposición de Morris, se han privilegiado las derivaciones de la deno­minada teoría de los “actos de lenguaje”[18].

El concepto de acto de lenguaje resultaría útil al permi­tir articular la idea de “situación” con la necesaria “mani­festación textual”. Verón plantea clara­mente que, como en el caso de los “verdaderos performativos” (que se dis­tinguen, entre otras cosas, por su ra­reza[19]), la tipolo­gía de los “actos de len­guaje” debería ir acompañada por una tipología del conjunto de los comporta­mientos socia­les[20]. Este sería, en efecto, el único camino para vincular la ma­nifestación textual con la mani­festación social y es el que toma Du­crot, por ejemplo, cuando propone considerar a la lengua como código “en la medida en que este último sea visto como un repertorio de comportamientos socia­les”[21].

Además de la dificultad de listar y diferenciar todo comportamiento so­cial posible, esa búsqueda se asienta, si­guiendo a Verón, en dos continuidades insostenibles; la primera, entre lo discursivo y el resto de lo social; la se­gunda, entre la producción y el reconocimiento de un texto. La búsqueda de esas continuidades es la que acentúa, en cierta vul­gata foucaltiana, los aspectos de integración sociolo­gista por sobre los conceptos de disper­sión y discontinui­dad[22].

Pero una cuestión es acordar con la existencia de fracturas entre práctica social y práctica discursiva y en­tre producción y reconocimiento de textos, y otra muy dis­tinta es re­nunciar a reflexionar e investigar acerca de las relaciones entre ambas series de instancias: la propia pos­tulación de las fracturas está  construida desde el punto de vista integrador del analista de discursos.

En ese sentido, el problema que hemos venido desarro­llando parece de­positarse en la falta de categorías inter­mediarias entre lo micro y lo macro. No es que sea innece­sario prestar atención a los detalles de los textos, o con­traproducente vincular éstos con componentes extratextua­les. El problema es que se trata, antes de cualquier otra postulación posi­ble, de fenómenos de dis­tinta escala.

Tampoco es verdad que estudiar las condiciones de pro­ducción de un texto resulte inútil para, luego, estudiar sus con­diciones de reconocimiento. Todo lo contrario, el pretender estu­diar la instancia de reconocimiento (por ejemplo, “recorridos de lec­tura”) sin una teoría sobre los textos leídos, lleva a la imposibilidad de romper, precisamente, los criterios de sentido común de lectura (prejuicios, valoracio­nes, hábi­tos, etc.) existentes tanto en el investigador como en los investigados.

Hay una serie de trabajos en los que, sin embargo, pa­rece alcanzarse una posición de intermediación desde la que, sin excluir la observación del detalle, se pueden establecer hipótesis sobre vinculaciones inter y extratextua­les y en la que, sin salir del análisis de las condiciones de producción, pueden establecerse hipótesis sobre condi­ciones de reconocimiento.

Como ejemplos de esa posibilidad, vamos a citar dos trabajos, uno fir­mado por Eliseo Verón; el otro, por Oscar Steimberg y Oscar Traversa[23]. En ambos se analizan aspectos de géneros periodísticos: noticieros televisivos y dia­rios, respectivamente[24].

Verón describe tres momentos sucesivos del noticiero televisivo, ejempli­ficando con lo ocurrido en nuestro país. El primero construido con la fórmula de los noticieros cinematográficos. En los dos si­guientes, en cambio, aparece la fi­gura del locutor que, frente a las cámaras, lee las noticias. Estos dos momen­tos aparecen diferenciados, en su análisis, por el tipo de espa­cio que se muestra, la distan­cia de la c mara con respecto al rostro del locu­tor, el he­cho de que éste aparezca solo o acompañado y la correspon­diente distribución de miradas en­tre la cámara y sus acom­pañantes. De la articulación de esas diferencias, se pos­tulan dos tipos de relaciones dife­rentes entre locutor y re­ceptor construido (el primero de complementariedad, el lo­cutor “sabe”, el receptor “no”; el segundo de simetría, am­bos pue­den ignorar el contenido de­finitivo del noticiero) que representarían a cada uno de los mo­mentos del noticiero descriptos[25].

En el trabajo de Steimberg y Traversa, por su parte, se diferencian esti­los de primera página de los diarios Clarín y La Razón[26]. Los “materiales” que se utilizan centralmente en el análisis son el ordenamiento gráfico y el estilo verbal. En ambos periódicos se destacaba el acen­tuado racionalismo del di­seño pero que en La Razón iba acompañado por juegos verba­les ligados a la interjec­ción (­Oh!, ¿…?, etc.). En Cla­rín, en cambio, el componente geométrico del conjunto de la tapa se potenciaba por la utilización de un lenguaje “neutro” de aparente pura refe­rencialidad. Teniendo en cuenta esos rasgos se postulaba en las conclu­siones la con­vocatoria a dos “sujetos de lectura” distintos. El de Cla­rín, sujeto racionalista “integrado“, poco proclive a los “juegos de lectura”; el de La Razón, “escindido” entre la racionalidad del estilo gráfico y las posibili­dades de juego que otorgaba lo verbal.

A pesar de la síntesis excesivamente apretada que se hace aquí de los dos trabajos, puede observarse que los une una serie de características:

* el reconocimiento de los textos de los medios como “polifónicos” dado que se puede ver el lugar enuncia­tivo de, por ejemplo, la institu­ción emisora permi­tiendo pasajes entre lo “interno” y lo “externo” o, en otros términos, entre “texto” y “contexto”;

* la atención a detalles espaciales de los textos, que no implica la nega­tiva a incluir detalles “verbales”, pero que se introducen en el análisis otorgando im­portancia a la materialidad –tele­visiva o gráfica, respecti­vamente– del medio;

* la posibilidad de vincular estos análisis con otros problemas en el estudio de los discursos me­diáticos (la historia de un género televisivo en el caso Ve­rón, una posible segmentación de públicos en Steim­berg y Tra­versa, etc.);

* la generación de hipótesis útiles para el estudio de procedimientos de reconocimiento (lecturas) de esos textos;

* la utilización de procedimientos de análisis que pa­recen surgir del orde­namiento del propio material que se analiza, disolviendo la necesidad de utilizar no­ciones de sistema/manifestación equivalentes a la oposi­ción lengua/habla.

3. Modos generales de la enunciación radiofónica

Las sugerencias de Arnheim sobre los posibles espacios a ser construidos por los textos radiofónicos estuvieron en el origen de un trabajo anterior, en el que se intentaba introdu­cir principios de ordenamiento analítico de la pro­gramación ra­diofónica[27]. En ese lugar describíamos la exis­tencia de tres mo­delos de programación (denominados radio-transmisión, radio-soporte y ra­dio-emisión, respectiva­mente) defi­nidos básicamente por el tipo de espacio cons­truido por los textos. A través de esos modelos se conside­raba posible en­globar al conjunto de los textos ra­diofónicos con sus res­pectivas di­ferencias.

Las discusiones acerca de ese primer esquema llevaron a postular lo que ahora puede denominarse como el esquema de los modos generales de enun­ciación radiofónica, a partir del cual podrían construirse tipos de vinculaciones entre enun­ciador y enunciatario[28].

En primer lugar se va a presentar una descripción de estos tres modos, para luego tratar de desarrollar las conse­cuencias de ese planteo, tanto para el campo especí­fico del dis­curso radiofónico como para la consideración de la pro­blemática enunciativa en textos “no exclusivamente verba­les”.

La escucha aplicada sobre múltiples textos radiofóni­cos permite postular la existencia de tres tipos posibles de espacios diferenciados en el conjunto de cualquier programación radiofónica:

  • un espacio social de existencia previa y externa a la ra­dio (un concierto en una sala, un acto político, etc.),
  • un espacio cero construido como no espacio por el silen­cio absoluto (Hugo Guerrero Marthineiz, cierta programa­ción de FM, etc.) y
  • un espacio mediático cuya existencia sólo se justifica por la existencia del medio (el estudio de la radio, los cruces entre distintos estadios, los vestua­rios y la ca­bina de emisión, en las emisiones de sobre eventos depor­tivos, etc.).

Para mostrar en acción a cada uno de los modos genera­les de enuncia­ción, postulado a partir de cada tipo de espa­cio, puede to­marse como ejemplo un fragmento habitual de programa­ción –la presentación de un texto musical y su puesta al aire– procesado a través de cada uno de ellos.

Si el presentador anuncia un concierto desde la misma sala en que se lleva a cabo, se encuentra inscripto en el modo transmisión. La radio recoge un hecho importante para la so­ciedad, que –en su conjunto o como fragmento, pero siempre “ajena” al medio– se hace cargo de la responsabi­lidad emisora. La ra­dio actúa, en este caso, como una sim­ple distribuidora.

Cuando la voz del locutor llega al receptor, en cam­bio, “desde el par­lante”, sin sonido de estudio que la si­túe y la contextualice, decimos que trabaja en el modo so­porte. La radio se borra como institución productora de sentido, poniendo en primer plano al locutor y musicaliza­dor (a veces confundidos en una misma persona), no impor­tando aquí que la mú­sica sea en vivo o grabada en estudio o en concierto.

Por último, ocurre frecuentemente que el presentador no está solo en el estudio. Lo acompañan otras voces (otros “personajes” y el ruido que producen sus movimientos), que pueden acordar o no con la elección del fragmento musi­cal. A este tipo de procedimiento puede denominárselo modo emi­sión. Aquí, el mecanismo productivo (el espacio otorgado por la institución) se pone en juego, se deja mirar.

En el cuadro siguiente se representan los distintos modos, con sus res­pectivos tipos de espacio que construyen y los diferentes tipos de ins­titución emisora, de lo­cutor y de receptor, que constiuyen:

En el cuadro, la línea que representa la superficie del parlante actúa como frontera entre lo construido discursi­vamente “del lado de la institución” y lo cons­truido, también discursivamente, “del lado de la recep­ción”. La acen­tuación del componente constructivo tiende a subrayar el carácter virtual del vínculo establecido. Es obvio que tanto quien escucha un concierto que tiene lu­gar en una sala o las alocuciones de un acto político (modo transmi­sión), como quien se fascina con la voz y los dichos de un locutor “estrella” (modo so­porte), es consciente de la pre­sencia del aparato receptor. Pero esos tipos de textos le brindan la posibilidad de sostener su posición de recepción desde un lugar “externo” a la desprestigiada comuni­cación ma­siva. Esa coartada es impo­sible en el modo emi­sión, dada la exposición que brinda, en primer plano, de la institución radiofónica.

Puede sostenerse la condición de generalidad de este esquema de modos enunciativos: parece imposible la existen­cia de un texto radiofónico que no atra­viese a alguno de es­tos modos (en cualquier régimen de propiedad, dimensión institucional o radio de alcance). Además, la adscripción (consciente o no cons­ciente, en el lugar de la emisión o en el de la re­cepción) a alguno de estos mo­dos, por sí misma crea sentido. La presencia de esas dos condiciones funda­menta su utilidad clasificatoria.

Estos modos generales de la enuncia­ción radiofónica que hemos for­mulado pare­cen adecuarse término a término a las ca­racterísticas que hemos atribuido a los trabajos de Verón y de Steimberg y Traversa. Permiten describir la poli­fonía de los textos radiofónicos proponiendo marcas dife­renciadas para lo­cutor e institución emisora. La pers­pectiva espacial, además, no excluye sino que encuadra el análisis de las marcas lingüísticas.

Como veremos con más precisión en los próximos capítu­los, desde la perspectiva de los modos pueden formularse apor­tes a estudios históricos y so­ciológicos sobre el fenómeno radio­fónico y es innegable que, en sí mismos, se constitu­yen en hipótesis válidas para realizar estudios de pro­cesos en re­conocimiento a pesar de (o por) su aleja­miento de las cla­sificaciones habituales de textos.

Con respecto a la posibilidad de que este camino pro­vea un “sistema” aplicable a otros ámbitos discursivos, no deja de ser tentador el generalizar una instancia “modalizadora”. Pero, como advierte Maingueneau en el artí­culo que hemos citado, tanto el término “modalidad” como sus deriva­dos, aún en el plano restringido de la lingüística, “…están cargados de interpretaciones, son reclama­dos por distintas disciplinas y remiten a realidades… varia­das”[29].

El problema de la confusión terminológica sería secun­dario, si nuestra formulación fuera sólida y remitiera a fenómenos homogéneos. En los casos de­sarrollados por Verón y por Steimberg y Tra­versa y que hemos tomado aquí, no se atribuyen condi­ciones de generalidad a sus conclusiones dado que remiten a “estilos” dentro de “géneros”. Los modos de enunciación radiofónica se en­cuentran, en cambio, en un nivel más cercano al “medio” (aunque ya dentro de “lo dis­cursivo”).

Ese nivel de generalidad existe, en cambio, en los mo­dos de enunciación propuestos por Genette[30]. El pro­blema, en este caso, es otro. Cuando Genette plantea los modos de enunciación pre­sentes en los géneros literarios, lo hace a costa de una fuerte reducción que es válida, por su­puesto, desde el punto de vista analítico: de los múltiples niveles que pueden aislarse en un texto literario, elige las posi­ciones posibles que puede ocupar el enunciador frente al conjunto del material del texto (“externo” en los géneros narrati­vos, “perteneciente a otros” en los dramáti­cos y “propio” en los líricos).

La reducción que es necesario practicar sobre los tex­tos ra­diofónicos para alcanzar la concepción modal parece ade­cuarse, en cambio, a ciertas facilidades que brinda el dispositivo técnico en el que se sustenta la radio. Se pre­senta una especie de “reduccionismo” pro­pio de la tecnolo­gía utilizada, que per­mite sepa­rar en el texto la voz del locutor de su cuerpo (o la manifestación musical de su espa­cio de produc­ción). Los modos de Genette, válidos tanto para la oralidad como para la es­critura, se sustentan en un es­fuerzo especí­ficamente analítico que deja de lado la ma­terialidad. Los modos generales de la enunciación radiofó­nica son posi­bles, en parte, por un de­terminismo tecnoló­gico. En el primer caso, para for­mularlos es necesa­rio abs­traer la materia de la expresión; en el segundo, la materia de la ex­presión queda incorporada.

Esto último resulta imposible en, por ejemplo, la televi­sión. Las condi­ciones de percepción del espacio vi­sual in­hiben la construcción de un espacio absoluta­mente “cero”, nece­sario para la aparición de lo que denominábamos modo soporte. El escenario más chato y de fondo neutro, siem­pre aparecer  enmarcando la voz y el cuerpo del locutor como espacio brindado por la institu­ción televisiva (“el set”) para que el texto se haga efectivo. Pueden pensarse distin­tos proce­dimientos de borramiento o de acentuación de la exposición institu­cional, pero ninguno puede pasar por este nivel de la ma­teria de la expresión, que impide, en este caso, una desagregación del cuerpo en el contexto.

Es decir que resulta posible, e interesante, mantener el nivel de análisis “modal” como campo de vinculación en­tre distintos planos textuales. Pero, en cada caso, deberíamos aclarar qué se moda­liza, en qué nivel y por medio de qué procedimientos. En los cuatro casos que hemos reunido aquí (el de Verón, el de Steimberg y Tra­versa, el de Ge­nette y el de los modos generales de enun­ciación ra­diofónica) se trata a primera vista de “modalizaciones de espa­cio”, pero varían el espacio que se observa, los ele­mentos que se vinculan en ese es­pacio, sus procedimientos de cons­trucción y las vinculaciones dentro de él. Se trata, en defi­nitiva y en muchos aspectos, de distintos ni­veles de análisis, todos válidos, aunque se trate del campo común de lo enunciativo y lo espacial figure en todos ellos.

Una característica de este esquema de modos que hasta aquí nos ha re­sultado útil es su condición “introductoria”, dado que sirve como primera aproximación al estudio de cualquier conjunto de textos radiofónicos. Además, en el marco de la reflexión sobre lo enun­ciativo le hemos atri­buido la capacidad de incorporación de análisis acerca de mayores detalles textuales (verbales o no). Dado que es una aspiración legítima de los estudios discur­sivos dar cuenta de fenóme­nos más foca­lizados, como un texto o un conjunto claramente restrin­gido de ellos, es vá­lido que aparezca en nuestro trabajo la inquietud acerca de cómo conti­nuar.

Si quisiéramos ahora retomar el ejemplo cómodo de los pronombres para mantenernos en el campo de lo enunciativo, la cuestión a resolver se­ría: ¿se vin­cula con los modos? Y, si la res­puesta es afirmativa, ¿cómo lo hace?.

Por definición, un nosotros inclusivo circunscribe un yo más un tú/ustedes y un nosotros exclusivo circunscribe un yo más otro/s como yo. Sa­bemos también que un texto me­diático es siempre polifónico. Es decir que siempre un texto radiofónico (que, como vimos, excede lo verbal) se establece a partir de un noso­tros (al menos locutor + emi­sora).

Teniendo en cuenta lo anterior, supongamos que el lo­cutor quiera produ­cir el efecto de sentido nosotros ex­clusivo (nosotros los que conformamos la emisión, frente a ustedes los oyentes). En ese caso, la situación será en princi­pio, distinta para cada uno de los modos: en el modo emisión, tal vez ni siquiera haga falta una aclaración es­pecial (el nosotros se constituir  en gran parte con la constante presencia grupal), en el modo soporte hará  falta una explicitación es­pecífica (nosotros los que hacemos este programa) y en el modo transmisión ser  necesario recurrir a poco menos que una explicación sociológica (todo el equipo gracias a cuyo trabajo es posible esta emisión).

Pero, si bien es innegable que el esquema de los modos generales de enunciación radiofónica resulta útil en ese nivel de análisis, rápidamente la cuestión comenza­ría a compli­carse si introdujéramos cierto matiz del tipo noso­tros los que habitualmente tomamos la pa­labra, entre quie­nes hacemos este pro­grama (nosotros, por ejemplo, los periodistas o los lo­cutores). Ciñén­donos so­lamente al modo emisión, para no abundar con la ejemplifi­cación, puede verse que existen múltiples procedi­mientos para producir ese efecto de sentido dife­renciador de quie­nes hablan, del resto del “personal de la emisora”. Lo que sí puede afir­marse es que ningún nosotros exclusivo basta­ría para produ­cir ese efecto preciso. En el caso de que se mani­festara en parte a través de un noso­tros, el efecto preciso de esa ex­clusividad sería el resultado de, al me­nos, una cierta “costumbre discursiva” encontrable en la serie pre­via de programas que atribuyera a ese nosotros ese compo­nente de exclusividad y no otro.

Parece encontrar aquí su lugar aquella afirmación de Maingueneau acerca de lo enunciativo como “un dominio no bien definido”. Pero puede dudarse de si el problema es propiamente de circunscripción del dominio, dado que el agre­garle “algo” a la definición de Steimberg con la que comen­zamos nuestra re­flexión no parece despejar el pro­blema (todos los aspectos que se van agregando están in­cluidos perfecta­mente en ella). La cuestión no aparenta es­tar, por lo tanto, centrada en la frontera sino en el in­terior del campo.

Recurramos una vez más a Benveniste. Cuando desarro­llaba la diferencia entre el no­sotros inclusivo y el exclu­sivo combinaba, como hemos dicho antes, la pers­pectiva “discursiva” con la ejemplificación “lingüística”. Así, a pesar de que en su reflexión se sigue ocupando cen­tralmente de los pronombres, aclara constantemente que el “efecto pronombre” se puede producir mediante otros proce­dimientos lingüísticos (y, como vimos, “figurativos”)[31].

Disuelta la necesidad de “manifestación lingüística específica”, siguen que­dando en pie los principios de in­clusión y exclusión. En el marco de esta re­flexión, podría sostenerse que todo texto (parafraseando a Steimberg, pero sin oponernos a Benveniste) construye una situa­ción comuni­cacional de inclusión o ex­clusión, a través de dispositivos que podrán ser o no de carácter lingüístico. El eje de opo­sición inclusión/exclu­sión no tiene por qué ser conside­rado ni único ni preponde­rante, pero es importante y plena­mente enunciativo (es de­cir, aquí no se pone en crisis la defini­ción del campo como tal) [32].

Una pista para despejar ese efecto de confusión y duda que dificulta el avance puede encontrarse en un comentario lateral de Benveniste que, sin em­bargo, resulta sintomático. A pesar de su esfuerzo por despegar el “efecto prono­minal” de la “manifestación pronominal”, en cierto momento afirma que, en algunos textos, ese efecto no existe y da como ejemplo el discurso cientí­fico[33].

Es verdad que en los tex­tos científicos es común que se excluya el en­trejuego entre yo y tú, por la utilización constante de la tercera per­sona. Pero esto no quiere decir que se elimine un fenómeno como el de la inclu­sión/exclusión. Ciertos rasgos temáticos, y sólo como ejem­plo, establecen efec­tos de sentido de “frontera” diseñando un enunciatario entre otros posibles (un trabajo sobre fí­sica cuántica suele intere­sar a los científicos y no a los legos, y no necesariamente a cual­quier científico). Este debería ser el camino a seguir teniendo en cuenta las reco­mendaciones de Benveniste con respecto al monólogo.

En definitiva, en el estudio específico de lenguajes, registros discursivos, géneros y estilos, deben encon­trarse, a partir de marcas registrables en los tex­tos, ca­tegorías mediado­ras entre lo “micro” (enunciadores y enun­ciatarios de un texto) y lo “macro” (posiciones sociales de enunciador y enunciatario).

En los textos radiofónicos, ciertas circunscripciones enunciativas, equi­valentes a aquellas con las que hemos ve­nido ejemplificando, pueden describirse a partir de regularidades de género como, por ejemplo, cierta homogeneidad de jerarquía de quienes toman la palabra habitualmente en los programas pe­riodísticos frente a la heterogeneidad en ese mismo plano, que resulta previsi­ble en los “shows” radiofó­nicos. Otras diferenciaciones, en cambio, tienen que ver con rasgos li­gados a estilos, como las marcas, que pueden estar ubicadas en distintos niveles, que diferencian a una emisora de otras, o a un periodista “estrella” de otro.

Esos ejemplos muestran la carencia de un análisis pro­fundo, pero indican un camino. Más allá  de la validez de haber “entrado” al análisis de los textos radiofónicos por la vía enunciativa, para seguir resulta ociosa la búsqueda de “marcas” que tendrían de por sí la condición enuncia­tiva. El avance, en cambio, deber  realizarse por procedi­mientos similares al bricolage, utilizando análisis reali­zados desde distintas perspectivas, a los cuales les extra­erá  el efecto de sentido enunciativo la aplicación de obje­tivos teóricos y no una su­puesta con­dición esencial de tal o cual fragmento del texto.

En este sentido, el estudio de categorías sociales de clasificación de tex­tos (como la de género o la de es­tilo), ser n útiles para ir cercando paso a paso el análisis de un texto, o un conjunto restrin­gido de ellos, sin atribuirles rasgos diferenciado­res que pertenezcan a un con­junto dis­cursivo más extendido. En nuestra reflexión debe­remos, an­tes, enfocar el problema de los lenguajes.

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[1] Moles, A. p. 5 y sgtes.
[2]
Verón, E. 1987(b).
[3]
Arnheim, R. op.cit. p.27 y sgtes.
[4]
Ver, por ejemplo, Uranga, W. y Pasquini Durán.
[5]
Ver supra, Parte II.
[6]
Curiel, F. “Por radiosema entendemos….la partícula radial mínima dotada de sentido…” y, a con­tinuación, da ejemplos: la voz hu­mana, el sonido animal, el silencio, el ruido, la música, los efectos especiales, etc. p.68.
[7]
Una excepción se encuentra en el trabajo de Sofía Fisher que aparece en la bibliografía, en el que se reflexiona so­bre la “escena radio­fónica”. Como sus interesantes descripciones se vinculan a lo informativo en la radio, es prefe­rible aprovecharlas cuando trabajemos sobre géneros y esti­los radiofónicos (trabajo en preparación).
[8]
El concepto de “polifonía” originado en Bajtín, es utilizado, explícita o implícitamente, en las teorías de la enuncia­ción de dos maneras distintas. Una, empírica, en Kierbrat-Orecchionni cuando plantea que un texto publicitario implica en el lugar del emisor el espacio del anun­ciante y el de la agencia (p.31 y sgtes.). La otra es desarrollada por Ducrot como específica­mente lingüística (p.251 y sg­tes.). Aquí lo utilizamos en un sentido cercano al primero, pero con esperanzas de avanzar en su formalización.
[9]
La diferenciación entre un “nosotros” inclusivo y otro exclusivo la plantea Benveniste, con desconfianza, en un artí­culo de 1946. Ben­veniste, E. “Estructura de las relaciones de per­sona en el verbo”.1985. (169 y sgtes.)
[10]
Steimberg, O. 1993, ps. 48 y 49.
[11]
Maingueneau, D. p.112
[12]
Foucault, M., luego de esas puntuaciones sociologistas (ps.82/87), acentúa que “en lugar de remi­tir a la síntesis o a la función unifi­cadora de un sujeto, manifiestan su dispersión…” y a “… la discontinuidad desde los planos desde los que habla” (p.89 y sgte.).
[13]
La diferenciación entre lo “micro” y lo “macro” en la enunciación es equivalente a la que hace Kierbrat-Orec­chioni entre enuncia­ción “restringida” y “ampliada” (p.41 y sgte), pero hay que te­ner en cuenta que el subtítulo de su libro es “De la subjetividad en el lenguaje”.
[14]
Benveniste, E. “El aparato formal de la enunciación”. En: 1985(b), p. 87 y sgtes.
[15]
Por ejemplo, Kerbrat-Orecchioni, precisa claramente que reduce su estudio al intercambio verbal dual, entendido como el “más sim­ple y, finalmente el más raro, de la comunicación” (op. cit., p.31).
[16]
“Es en la medida en que la Retórica prefiguró una lingüística del habla (distinta de la lingüística estadística), lo que es una contradic­ción en los términos, que se ha esforzado en tejer una red innecesariamente cada vez más fina que retuviera todas las ‘maneras de hablar’, lo que sig­nificaba controlar lo incontrolable: el espejismo mismo” Barthes, R. 1982, ps.72 y 73).
[17]
Barthes, R., Op.cit. p75.
[18]
Morris, Ch. En un trabajo tardío, de la década del ’60, definía “La pragmática es el aspecto de la Semió­tica que se interesa por el origen, usos y efectos de los signos” (p.76) y, poco des­pués, “…hay que distinguir entre una prag­mática “pura”…y una pragmática “descriptiva…”(p.77) (La bastardilla es nuestra).
[19]
Como ejemplos, un “verdadero performativo” es “condenar” por un juez, un “falso performativo” es “prometer”.
[20]
Verón, E. 1987, p.188. Hay una complementariedad entre las críticas de Verón y Morris a la filosofía del lenguaje ordinario. El primero critica la confusión constante ente producción y reconocimiento; el segundo ve la confusión entre lo “puro” (también denominado lógico) y lo “descriptivo” (también denominado empírico).
[21]
Ducrot, O. p.134. Por otra parte, vemos que en esta discusión reaparece, inevitablemente, la oposición entre lo “interno” y lo “externo” de la vida discursiva.
[22]
Corresponde hacer notar que Maingueneau (p.160) se preocupa por marcar la importancia de esos con­ceptos en Foucault.
[23]
La recurrencia en las citas a ciertos autores puede explicarse en parte por coincidencias espa­cio-temporales (se trata de investigadores argentinos, de esta época y con los que uno tiene con­tacto intenso), pero ello no debe impedir el señalar una constancia sostenida a través de los años, que permitiría hablar de una “corriente semiótica en la Ar­gentina” que merece ser estu­diada. Uno de los ejes a tener en cuenta, en ese caso, es la permanente indagación so­bre los pro­cedimientos inter y metadiscursivos en los medios, que actúan como procesos de construcción de “lo real social”.
[24]
Si bien el “diario” es denominado habitualmente como “medio”, debe ser considerado como un género tan com­plejo como el noti­ciero televisivo. Un medio gráfico, de aparición cotidiana cuyos temas tuvieran que ver exclusi­vamente con, por ejemplo, las artes, ocuparía un lugar discursivo total­mente distinto al “diario” tal como lo cono­cemos. La distinción, por lo tanto, no se encuentra en el nivel del dispositivo técnico, sino en el de los discursos.
[25]
Verón, E. 1986 (p.46 y sgtes.).
[26]
Dentro del trabajo, que figura en la bibliografía, nos referiremos aquí al capítulo denominado “De cómo el ojo llega al diario. El es­tilo de primera página”. El análisis remite, por supuesto, al estilo de los diarios en ese momento.
[27]
Fernández, J.L. 1986.
[28]
Oscar Steimberg comenzó a trabajar esa tríada (en sus teóricos de la Cátedra “Semiótica de los géneros comtempo­ráneos”, Ciencias de la comunicación, Fac. de Cs. Sociales, UBA) vinculándola con los modos generales postula­dos por Genette. Una primera refor­mulación a partir de esas sugeren­cias puede encontrarse en Fernández, J.L. 1987(b).
[29]
Maingueneau, D. op. cit. (p.125).
[30]
Genette, G.
[31]
La comodidad en la utilización de los pronombres deriva de su condición de “partícula” y del he­cho de haber sido muy estudiados. Para el nivel de análisis en que nos hallamos, sería lo mismo pensar en aspectos tan diferentes como los distintos tipos de “ruidos” o de canciones que pueden aparecer en un texto radio­fónico. Se dejan de lado, además, otras partículas que, como los reflexivos, se ubican en el universo pronominal.
[32]
En este sentido, otros ejes equivalentes son simetría/complementariedad, heterogeneidad/homogeneidad, jerar­quía/equilibrio, sabi­duría especí­fica/sabiduría gene­ral, transparen­cia/opacidad, etc.
[33]
Benveniste, E. “La naturaleza de los pronombres”. En: 1985(a). p.173.