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Letras, imágenes, sonidos? Materialidades y espacios sociales

Cuando decimos letra, imagen y sonido no pretendemos desconocer ninguna tradición teórica sino que, tácticamente, jugamos a ponernos más acá de lo que la teoría ha desarrollado.

Sabemos que letra ya no remite a problemas lingüísticos sino a temas de representación arbitraria de lo verbal, es decir, a temas escriturales o gráficos; sí, en sentido tipográfico también. ¿Podría haber una lingüística que no tenga en cuenta o no se cuestione la vida social de la letra? Aunque resulte increíble, todavía la hay.

También sabemos que el término imagen remite tanto a fenómenos naturales o pictóricos como a resultados fotográficos o de animación; y que no hay nada, salvo ciertos verosímiles sociales de circulación, que indique que corresponden al mismo estatuto semiótico una pintura renacentista y una cubista.

Ni qué hablar, también, de qué se esconde detrás del inocente y muchas veces inadvertido término sonido. Desde el ruido, más o menos agradable, producido por la naturaleza, hasta manifestaciones de estructuras complejas, como las de la lengua o las de la música que, sin embargo, y a pesar de las insistencias de los especialistas, insisten en confundirse con sus grafías. Además, el problema de la pervivencia de los medios de sonido: el teléfono, el fonógrafo y la radio y sus sucedáneos y combinaciones; siempre penando por su falta de tradición teórica, siempre sobreviviendo a las amenazas de muerte.

Y todavía está la cuestión de que las letras, las imágenes y los sonidos, casi cualquiera de sus tipos, pueden, soportar (hacer) información o ficción. Es más, parafraseando a Metz, nadie ha visto letras o imágenes o escuchado sonidos: sólo se trata de configuraciones perceptivas organizadas por las costumbres sociales o investidas de sentido por géneros y estilos. Estos materiales, casi brutalmente agrupados aquí, generan espacios y tiempos sociales estructuralmente diferenciables: por ejemplo, no es la misma ciudad la que puede construirse desde la gráfica o desde la televisión; no es lo mismo una enunciación telefónica en vivo que grabada en un buzón de voz.

¿Cuál es la conveniencia de suspender, como solemos hacer en nuestro equipo, la profundización de esas cuestiones? La conveniencia es múltiple.

En primer lugar, nos permite situarnos frente a esos temas y a sus precisiones y límites desde una posición políticamente abierta: nos interesa más defender la importancia de estudiar objetos sociales —más o menos macro, más o menos micro— que las fronteras de una o varias disciplinas con sus correspondientes tradiciones teóricas y metodológicas. Es una posición política porque es una posición teórica. Por ejemplo, no hay duda de que el teléfono celular ha contribuido a aumentar dramáticamente las posibilidades —y las ocurrencias efectivas— de los intercambios telefónicos. Sin embargo, la telefonía móvil comienza a ocupar un lugar importante en la consideración pública y teórica porque soporta escritura e imagen (se convierte en la cuarta pantalla) ¿hay alguna forma más precisa para enfrentar el tema que tratarlo como un caso de tensión entre letra, imagen y sonido antes de comenzar a desbrozarlo con más refinamiento teórico y metodológico?

Vemos que así, casi inadvertidamente, el gesto primitivista nos introduce en la mediatización del sonido, que consideramos tan crucial como inadvertida, y aparece presentada y representada de la manera en que consideramos que lo hace en la vida social en general, tanto como en enfoques teóricos frecuentes.

Por último, pero no más importante ni más circunscripto, está la necesidad de generar espacios para enfrentar preguntas que insisten en no encontrar su respuesta. Por ejemplo, se seguirá diciendo hasta el hartazgo que una imagen vale más que mil palabras, y los casos a los que se recurrirá para sostener el axioma serán como hasta ahora más o menos adecuados. Mientras tanto, la imposibilidad que tiene la imagen –cualquier imagen, n cantidad de imágenes– para aproximarse lejanamente a la capacidad de síntesis conceptual de la palabra (‘gato’, ‘guerra’, ‘revolución’, ‘familia’, etc.) seguirá siendo una cuestión puramente académica a pesar de la importancia central de ese enfoque en la lucha argumentativa social.

Eso casi en un extremo de la generalidad. En el otro, sólo permitiendo cierta blandura e imprecisión de entrada, será posible hacerse cargo de ese salto –que a veces parece casi imperceptible y a veces parece un abismo que impide considerar como equivalentes sus orillas— de ese salto que diferencia el hecho de discurso del hecho de acción, ese salto que sirve para establecer cómodas fronteras disciplinarias pero, más convenientemente aún, para impedir el procesamiento compartido, aunque conflictivo, del devenir histórico. Ese salto que las redes mediatizadas ponen en cuestión al integrar a sus pantallas acciones como cliquear, megustear, favear, compartir, subir, bajar, etc.

La blandura e imprecisión conceptual de la mención de la letra, de la imagen y del sonido es una convocatoria a la intervención teórica e indagatoria, rigurosa y consistente, pero de modelos y metodologías a compartir y a cuestionar.

El espacio social de lo urbano es, en este sentido, ideal para ser enfocado desde esa perspectiva, pero también desde cualquier enfoque disciplinario de lo social. La ciudad es un espacio social, relativamente macro, cuyos límites territoriales ya dijimos que se ven cuestionados por el alcance de los medios masivos localizados dentro de ella y que la tematizan, pero donde, por su escala, la figura del habitante puede ser diferenciada respecto del paisaje y dentro del conjunto del población.

Decimos figura en este caso, como representación individual, aunque no nos interese su personalización. Figuras son, este sentido, las propuestas por Joseph como tipología de la interacción en el contacto urbano: el insomne, atento a todo, el dormido, encerrado en la tranquilidad del automatismo y el sonámbulo, en ese punto intermedio entre vigilia y sueño donde se manifiesta la costumbre o el miedo inadvertidos.

Estudiar entonces, rostros, voces, hogares, amores mediatizados de la vida urbana, que en sus ficciones o informaciones, en sus dispositivos técnicos y en sus géneros, construyen tramas virtuales de presentación y representación. Figuras particulares de ciudadanos que conviven con medios que tienen vida propia dentro y fuera de una ciudad. Ciudades que cuando recorremos sus calles tienen sus emergencias, pero que también pueden ser estudiadas desde un punto de vista equivalente al satelital desde el cual, así como distinguimos espacios verdes y espacios edificados, podemos trazar, como ejemplo sobre ellos, sobre sus permanencias y transformaciones, la distribución de sus salas cinematográficas como podríamos hacerlo de sus bares y kioscos de revistas.

La ciudad es tanto el recorrido del ciudadano como la multitud de luces que iluminan la noche hacia el avión que se aproxima a su aeropuerto, pero también la tematización in- formativa y ficcional de ella misma o sus equivalentes nacionales o extranjeras. El único requisito metodológico: introducir para su estudio la consideración de sus materiales.