III. La entrada enunciativa

1. La “especificidad discursiva” de la radio

Es difícil pensar que ese fenómeno denominado “la ra­dio”, al que hemos definido como complejo, se constituya alrededor de un solo tipo de discurso. A pe­sar de que se utilice un con­junto restringido de dispositi­vos técnicos, ¿qué autoriza a con­siderar como equi­valentes textos tan di­símiles como un in­formativo radiofónico y un concierto de Mozart?

Evitaremos el fetichizar una supuesta esencialidad pro­pia de los textos radiofónicos. Se han descripto algunas de sus diver­sas re­laciones con otros tex­tos socia­les, mediáticos o no mediáti­cos. Esa relación ha sido enfo­cada con res­pecto a la “cultura en general” por Mo­les[1] y, más precisamente, a algún frag­mento discur­sivo circunscripto, como la informa­ción, por Ve­rón[2]. El interés de estos traba­jos es obvio dado que es impo­sible aislar algún frag­mento textual en la radio en el que no haya marcas de los dis­cursos ajenos a ella. Inversamente, pueden en­contrarse en tex­tos ajenos al medio huellas que provienen origi­nalmente de él. En defi­nitiva, el discurso radiofónico es tan intertex­tual como cualquier otro. Pero, si no se profundiza este momento de reflexión, es posible que el problema de la especificidad reapa­rezca, desplazado, en otro mo­mento del análisis.

Dijimos que cuando Christian Metz circunscribía lo que se iba de­lineando como una “semiología del cine”, aclaraba que sus análisis se centraban en un “gran régimen del significante cine” entre los muchos posibles: el que está  constituido por un tipo de lugar de es­pectación y en el que las exhibiciones pri­vilegian el film de ficción, que va acompañado de otros tipos de textos que apa­recen como “laterales”. Ese régimen del cine, si bien es sin du­das el más im­portante en nuestra so­ciedad, no es ni el único exis­tente, ni el único posible, así como el film de ficción no es el único existente o po­sible tipo de texto cinematográfico.

En ese momento, Metz contaba a su favor con una ven­taja relativa. Al­rededor del cine, y desde sus inicios, se de­sarrolló un impresio­nante campo de re­flexión, en el que se constituyó una compleja fenomenología del medio y sus len­guajes.

Con la radio no ocurrió nada parecido. Como vimos, to­davía hoy si­guen destacándose las búsquedas de rigor de Arnheim en la descripción de la especifi­cidad discursiva del medio, en un intento de consti­tuirlo en “medio de arte” como había ocurrido con el cine[3].

En su “Estética radiofónica”, apuesta al halláazgo de rasgos gene­rales que vinculen, en toda serie de textos, percepción y comprensión. Ante la posibili­dad de construcción de una “teoría gene­ral de lo radiofó­nico”, Arnheimáse ma­nifiesta ex­presamente en forma positiva, en la misma medida en que puede ha­berla de la pin­tura o el cine. Esa teo­ría se constitui­ría en el cruce de una re­flexión sobre las caracte­rísticas tecnológi­cas del medio con consideraciones deriva­das de una est‚tica ge­neral, aplicadas a las posibili­dades de los dispositivos técnicos.

Arnheim escribe en momentos en que la radio co­mienza a vivir su época de esplendor, tomando partido por la clá­sica ecuación entre entretenimiento y educación, que si­gue siendo la línea de muchos intelectuales que reflexionan so­bre la llamada “comunicación ma­siva”. Pero su aporte funda­mental es que, en ese camino, se dedica a desarrollar una profunda fenomenolo­gía de las posibili­dades discursivas de la radio. En ella ocupan un lugar destacado, como se vió, los problemas del espacio ra­diofónico que serán de utilidad aquí para seguir avanzando.

Si se pretende, por ejemplo, circunscribir “qué es lo que escucha la gente” en la radio, el modo en que se des­criban sus textos no es inocente. Suele soste­nerse que los textos radiofónicos están compuestos por “música, publi­cidad e información”[4]. Esa descripción, ligada a géneros y lenguajes transitados por el medio, se apoya en clasificaciones de conjun­tos de textos hechas por la socie­dad. En una primera mirada, parecen ser representativas de gran parte del dis­curso radiofónico.

Sin embargo, si se quisiera, a partir de esa clasifi­cación es­tudiar “posiciones sociales de escucha” (como in­troducción al tema de los efectos), aparecería la imposibilidad de diferenciar esa práctica de recepción de la de escu­char música mientras se lee una revista de infor­mación ge­neral. Los “contenidos” con los que se toma con­tacto en uno y en otro caso son los mis­mos, si se los cla­sifica desde el punto de vista del sentido común.

Una primera diferencia entre las dos situaciones de recepción se encuen­tra en los distintos regímenes de per­cepción, dispositivos técnicos y materias de la expresión que par­ticipan en cada caso (lo auditivo y lo visual, el sonido elec­trónico y las técnicas de impre­sión, el lenguaje verbal, el escritural y el fotográfico, etc.)[5]. En ese punto, estamos otra vez en la proposición que más ha fasci­nado de McLuhan: “el medio es el mensaje”.

Pero el reduccionismo tecnologista también deja inevitable­mente de lado componen­tes de los textos radiofó­nicos que nada autoriza a subvalorar. El he­cho, tan habitual, de que un programa vaya en vivo, por ejemplo; o las distintas ma­neras, que pueden describirse, en que distintos textos com­binan los frag­mentos musicales, publicitarios e informati­vos; o, sin pretender agotar la lista, los distin­tos “climas” que distinguen a cada serie de textos.

Otro camino utilizado es el de definir los textos ra­diofónicos como com­puestos de “palabras, música y ruidos”[6]. En esa vía, que podría denominarse de las “materias significantes” se ha pretendido frecuente­mente extrapolar concep­tos extraídos de la lingüística. Esto, hasta cierto punto, es inevitable por el fuerte com­ponente verbal que se de­tecta en cualquier texto radiofó­nico. Pero el problema si­gue siendo equivalente al anterior: ¿cómo distinguir un enunciado verbal “no radiofónico” de uno “radiofónico”? ¿Es esto po­sible?, ¿o habrá  que re­signarse a describir, por un lado, las formas lingüísticas que se utilicen y, por el otro, evaluar la presencia, “externa” al propio enunciado, del soporte mediático?

El privilegio otorgado a la lingüística lleva, por otra parte, a acen­tuar el componente de continuidad tempo­ral de los textos del medio. Este rasgo es evidente­mente importante. Aparece ligado concep­tualmente con la “cadena sintagmá­tica” que funda, en la re­flexión lingüística saussu­reana, la posibi­lidad de hacer complementario el con­cepto de sig­nificante (considerado abstracto), con las caracterís­ticas físicas del so­nido; éste, por ese rasgo de “conti­nuidad”, impide al receptor el “retorno sobre lo re­corrido”. Curiosa pero inexorablemente, el re­duccionismo lingüístico tiende a consti­tuirse en com­plementario del re­duccionismo tecnolo­gista[7].

Otro aspecto a tener en cuenta es que, por definición, los textos de los medios son polifónicos[8]. En radio, la pa­labra solitaria del locutor más indivi­dualizado, nunca ser  ajena a la presencia del dispositivo técnico que per­mite el contacto con ella, implicando la presencia permanente de la institución emisora (más allá de que, como veremos, pueda quedar oculta como efecto de sen­tido en los pliegues del discurso).

El componente de polifonía tiene como resultado que, por ejemplo, la enunciación de un “nosotros” por parte de un lo­cutor radiofónico puede remitir a distintas relaciones de inclusión o exclusión –inscriptas en el texto– entre el propio locutor, la emisora (institución) que lo alberga, sus compañeros en el estudio y hasta sus sectores de pertenencia social extra­rradiofónicos[9]. La des­cripción de las re­laciones entre enunciador y enunciatario debería ser el re­sultado de la descripción, a su vez, de cómo se combinan esos planos en la emi­sión, circunscribiendo lugares virtua­les de recepción. Es con respecto a todos estos proble­mas, donde ad­quiere importancia especial el trabajo de Arn­heimáso­bre la espacialidad radiofónica.

2. La entrada enunciativa: entre lo macro y lo micro

Una definición reciente de Steimberg determina que lo enunciativo es “el efecto de sentido de los procesos de se­miotización por los que en un texto se construye una situa­ción comunicacional, a través de dispositivos que podrán ser o no de carácter lingüístico”[10]. Es decir que lo enun­ciativo se constituye, de en­trada, como el campo desde el cual se van a postular, a partir del análisis de un texto (o una serie de ellos) las posibles vinculaciones en­tre el lugar de la emi­sión y el lugar de la recepción. Rápidamente se entiende, entonces, el lugar es­tratégico que tiende a ocupar en toda teoría de lo discursivo.

Ya en esa definición aparece el esfuerzo de acotar el campo a través de una serie de aclaraciones. En primer lu­gar, se subraya el concepto de lo enun­ciativo en tanto que diseño de una situación comunicacional, como efecto de construcción a través de dispositivos.  Con ese juego de metáforas se procura escapar de un doble peligro que acecha a la perspec­tiva enunciativa: el psicolo­gismo (por la vía de las “intenciones” de los intervinientes en la “situación”) y el sociologismo (que procura restituir el campo discursivo al lugar elemental de “comunicación” entre segmentos sociales). Lo enunciativo ser  considerado, por lo tanto y en primer término, como un fenómeno propio de lo discursivo.

Un segundo aspecto que aparece en la definición de Steimberg es la acla­ración de que esos dispositivos “podrán ser o no de carácter lingüístico”.  Ha­biendo surgido el estudio de la enunciación en la lingüística, corresponde re­flexionar sobre las transformaciones que resulta necesario establecer cuando se pasa a lenguajes que carecen de lo verbal o lo cuentan entre otros componentes.

Esos cuidados puestos en la circunscripción de estos problemas se justifi­can porque el campo de lo enunciativo en el análisis de discursos se presenta constituido sobre una serie de juegos de tensio­nes. El pri­mer juego tiene que ver, como lo formula Maingueneau, con el que se presenta entre la nece­sidad de una teoría de la enunciación y la im­posibilidad exis­tente, al mismo tiempo, de constituir a sus problemas como parte de “un dominio bien defi­nido”[11].

Derivado del anterior, se aprecia en muchos trabajos sobre lo enunciativo otro juego de tensiones entre el es­fuerzo por focalizar el análisis en ciertas mar­cas ins­criptas en los textos y la necesi­dad de vin­cular esos efec­tos de sentido con los “emplazamientos institucio­nales” y las “situaciones del su­jeto” en los que esos textos se constitu­yen en “prácticas dis­cursivas”[12]. En términos gene­rales, esas dimensiones extra­textuales se subsumen en los términos –muy confusos, uti­lizados así– de “situación” o de “contexto”.

A esas dos miradas las podemos denominar por su exten­sión diferen­ciada, respectivamente, como “micro” y “macroscópica”[13]. La primera, ligada a la observación detallada de los textos, puede resultar el soporte para la entrada de lo individual (como “acontecimiento” o como “subjetividad”). La segunda, pretendiendo apoyarse en “lo social”, puede caer en el sociologismo (cuando no problema­tiza el concepto de lo “institucional” o el de “segmentación”).

Estas tensiones se manifestaban ya en los textos fun­dantes de Benveniste, reconocido unánimemente como el pri­mer ex­plorador explícito de estos fenóme­nos. Benve­niste po­nía en cuestión la diferenciación clara entre len­gua y ha­bla, comenzando a describir el funciona­miento de esas par­tículas denominadas genéricamente deícticos que, si bien se encuentran dentro del sistema de la lengua, única­mente efectivizan su significación en cada manifesta­ción hablada.

Pero, si bien Benveniste ejemplifica con problemas lingüísticos cuando procura, por ejemplo, diferenciar la estructura dialógica –explícita o implícita– que parece constituir toda enunciación de ciertas formas “desviantes” como el monólogo, anota precisamente que esas situaciones “pedirían una descripción doble, de forma lingüística y condición figurativa[14]. Inmediatamente, pro­clama la necesi­dad de problematizar la situación de diálogo sin “prescindir de analizar sus múltiples variedades”. En tra­bajos anteriores, había de­finido los pronombres como fe­nómenos más de “lenguaje” que de “lengua” y cuya existen­cia, univer­sal, no necesariamente se manifestaba en partí­culas lingüísticas.

Esas carencias de la perspectiva lingüística para dar cuenta de lo enun­ciativo han sido advertidas posteriormente por diver­sos autores, hasta el punto de poner en duda la propia posibili­dad del estudio de estos fenómenos desde la lingüística[15]. Sin em­bargo, el estudio de lo enunciativo como clasifica­ción de ciertas marcas lingüísticas ha tenido un gran despliegue. Contribuyeron a ello, seguramente, tanto la expan­sión de la lingüística como la relativa “comodidad” de trabajar con fragmentos textuales fácilmente aislables y, por lo tanto, en apa­riencia también fácilmente clasifica­bles.

Un escollo que suele observarse en estos casos es el de la imposibilidad de detener el procedi­miento clasificato­rio. En efecto, dado que cada acto de enuncia­ción (planteado así) es por definición único, re­sulta difí­cil no caer en la tentación de denominar cada ocurrencia de un pronombre de una manera dis­tinta, corres­pondiente, a su vez, a una “situación” diferen­ciada. En este sen­tido ocurre algo similar a la voluntad clasi­ficatoria que, se­gún Barthes, ha re­caído so­bre las figuras retóri­cas[16]. A pesar de la volun­tad taxonómica, también con las marcas enuncia­tivas es fá­cil pasar de la clasificación al ejemplo, pero difi­cultoso recorrer el camino inverso: de la marca encon­trada en el texto que se analiza a la catego­ría clasificato­ria[17].

El camino más transitado para hacer frente a esa limi­tación es la recu­rrencia a la pragmática que se refiere, desde Morris, a “la relación de los signos con los intérpre­tes”. En realidad, de las múltiples perspectivas de rela­ción que abre la proposición de Morris, se han privilegiado las derivaciones de la deno­minada teoría de los “actos de lenguaje”[18].

El concepto de acto de lenguaje resultaría útil al permi­tir articular la idea de “situación” con la necesaria “mani­festación textual”. Verón plantea clara­mente que, como en el caso de los “verdaderos performativos” (que se dis­tinguen, entre otras cosas, por su ra­reza[19]), la tipolo­gía de los “actos de len­guaje” debería ir acompañada por una tipología del conjunto de los comporta­mientos socia­les[20]. Este sería, en efecto, el único camino para vincular la ma­nifestación textual con la mani­festación social y es el que toma Du­crot, por ejemplo, cuando propone considerar a la lengua como código “en la medida en que este último sea visto como un repertorio de comportamientos socia­les”[21].

Además de la dificultad de listar y diferenciar todo comportamiento so­cial posible, esa búsqueda se asienta, si­guiendo a Verón, en dos continuidades insostenibles; la primera, entre lo discursivo y el resto de lo social; la se­gunda, entre la producción y el reconocimiento de un texto. La búsqueda de esas continuidades es la que acentúa, en cierta vul­gata foucaltiana, los aspectos de integración sociolo­gista por sobre los conceptos de disper­sión y discontinui­dad[22].

Pero una cuestión es acordar con la existencia de fracturas entre práctica social y práctica discursiva y en­tre producción y reconocimiento de textos, y otra muy dis­tinta es re­nunciar a reflexionar e investigar acerca de las relaciones entre ambas series de instancias: la propia pos­tulación de las fracturas está  construida desde el punto de vista integrador del analista de discursos.

En ese sentido, el problema que hemos venido desarro­llando parece de­positarse en la falta de categorías inter­mediarias entre lo micro y lo macro. No es que sea innece­sario prestar atención a los detalles de los textos, o con­traproducente vincular éstos con componentes extratextua­les. El problema es que se trata, antes de cualquier otra postulación posi­ble, de fenómenos de dis­tinta escala.

Tampoco es verdad que estudiar las condiciones de pro­ducción de un texto resulte inútil para, luego, estudiar sus con­diciones de reconocimiento. Todo lo contrario, el pretender estu­diar la instancia de reconocimiento (por ejemplo, “recorridos de lec­tura”) sin una teoría sobre los textos leídos, lleva a la imposibilidad de romper, precisamente, los criterios de sentido común de lectura (prejuicios, valoracio­nes, hábi­tos, etc.) existentes tanto en el investigador como en los investigados.

Hay una serie de trabajos en los que, sin embargo, pa­rece alcanzarse una posición de intermediación desde la que, sin excluir la observación del detalle, se pueden establecer hipótesis sobre vinculaciones inter y extratextua­les y en la que, sin salir del análisis de las condiciones de producción, pueden establecerse hipótesis sobre condi­ciones de reconocimiento.

Como ejemplos de esa posibilidad, vamos a citar dos trabajos, uno fir­mado por Eliseo Verón; el otro, por Oscar Steimberg y Oscar Traversa[23]. En ambos se analizan aspectos de géneros periodísticos: noticieros televisivos y dia­rios, respectivamente[24].

Verón describe tres momentos sucesivos del noticiero televisivo, ejempli­ficando con lo ocurrido en nuestro país. El primero construido con la fórmula de los noticieros cinematográficos. En los dos si­guientes, en cambio, aparece la fi­gura del locutor que, frente a las cámaras, lee las noticias. Estos dos momen­tos aparecen diferenciados, en su análisis, por el tipo de espa­cio que se muestra, la distan­cia de la c mara con respecto al rostro del locu­tor, el he­cho de que éste aparezca solo o acompañado y la correspon­diente distribución de miradas en­tre la cámara y sus acom­pañantes. De la articulación de esas diferencias, se pos­tulan dos tipos de relaciones dife­rentes entre locutor y re­ceptor construido (el primero de complementariedad, el lo­cutor “sabe”, el receptor “no”; el segundo de simetría, am­bos pue­den ignorar el contenido de­finitivo del noticiero) que representarían a cada uno de los mo­mentos del noticiero descriptos[25].

En el trabajo de Steimberg y Traversa, por su parte, se diferencian esti­los de primera página de los diarios Clarín y La Razón[26]. Los “materiales” que se utilizan centralmente en el análisis son el ordenamiento gráfico y el estilo verbal. En ambos periódicos se destacaba el acen­tuado racionalismo del di­seño pero que en La Razón iba acompañado por juegos verba­les ligados a la interjec­ción (­Oh!, ¿…?, etc.). En Cla­rín, en cambio, el componente geométrico del conjunto de la tapa se potenciaba por la utilización de un lenguaje “neutro” de aparente pura refe­rencialidad. Teniendo en cuenta esos rasgos se postulaba en las conclu­siones la con­vocatoria a dos “sujetos de lectura” distintos. El de Cla­rín, sujeto racionalista “integrado“, poco proclive a los “juegos de lectura”; el de La Razón, “escindido” entre la racionalidad del estilo gráfico y las posibili­dades de juego que otorgaba lo verbal.

A pesar de la síntesis excesivamente apretada que se hace aquí de los dos trabajos, puede observarse que los une una serie de características:

* el reconocimiento de los textos de los medios como “polifónicos” dado que se puede ver el lugar enuncia­tivo de, por ejemplo, la institu­ción emisora permi­tiendo pasajes entre lo “interno” y lo “externo” o, en otros términos, entre “texto” y “contexto”;

* la atención a detalles espaciales de los textos, que no implica la nega­tiva a incluir detalles “verbales”, pero que se introducen en el análisis otorgando im­portancia a la materialidad –tele­visiva o gráfica, respecti­vamente– del medio;

* la posibilidad de vincular estos análisis con otros problemas en el estudio de los discursos me­diáticos (la historia de un género televisivo en el caso Ve­rón, una posible segmentación de públicos en Steim­berg y Tra­versa, etc.);

* la generación de hipótesis útiles para el estudio de procedimientos de reconocimiento (lecturas) de esos textos;

* la utilización de procedimientos de análisis que pa­recen surgir del orde­namiento del propio material que se analiza, disolviendo la necesidad de utilizar no­ciones de sistema/manifestación equivalentes a la oposi­ción lengua/habla.

3. Modos generales de la enunciación radiofónica

Las sugerencias de Arnheim sobre los posibles espacios a ser construidos por los textos radiofónicos estuvieron en el origen de un trabajo anterior, en el que se intentaba introdu­cir principios de ordenamiento analítico de la pro­gramación ra­diofónica[27]. En ese lugar describíamos la exis­tencia de tres mo­delos de programación (denominados radio-transmisión, radio-soporte y ra­dio-emisión, respectiva­mente) defi­nidos básicamente por el tipo de espacio cons­truido por los textos. A través de esos modelos se conside­raba posible en­globar al conjunto de los textos ra­diofónicos con sus res­pectivas di­ferencias.

Las discusiones acerca de ese primer esquema llevaron a postular lo que ahora puede denominarse como el esquema de los modos generales de enun­ciación radiofónica, a partir del cual podrían construirse tipos de vinculaciones entre enun­ciador y enunciatario[28].

En primer lugar se va a presentar una descripción de estos tres modos, para luego tratar de desarrollar las conse­cuencias de ese planteo, tanto para el campo especí­fico del dis­curso radiofónico como para la consideración de la pro­blemática enunciativa en textos “no exclusivamente verba­les”.

La escucha aplicada sobre múltiples textos radiofóni­cos permite postular la existencia de tres tipos posibles de espacios diferenciados en el conjunto de cualquier programación radiofónica:

  • un espacio social de existencia previa y externa a la ra­dio (un concierto en una sala, un acto político, etc.),
  • un espacio cero construido como no espacio por el silen­cio absoluto (Hugo Guerrero Marthineiz, cierta programa­ción de FM, etc.) y
  • un espacio mediático cuya existencia sólo se justifica por la existencia del medio (el estudio de la radio, los cruces entre distintos estadios, los vestua­rios y la ca­bina de emisión, en las emisiones de sobre eventos depor­tivos, etc.).

Para mostrar en acción a cada uno de los modos genera­les de enuncia­ción, postulado a partir de cada tipo de espa­cio, puede to­marse como ejemplo un fragmento habitual de programa­ción –la presentación de un texto musical y su puesta al aire– procesado a través de cada uno de ellos.

Si el presentador anuncia un concierto desde la misma sala en que se lleva a cabo, se encuentra inscripto en el modo transmisión. La radio recoge un hecho importante para la so­ciedad, que –en su conjunto o como fragmento, pero siempre “ajena” al medio– se hace cargo de la responsabi­lidad emisora. La ra­dio actúa, en este caso, como una sim­ple distribuidora.

Cuando la voz del locutor llega al receptor, en cam­bio, “desde el par­lante”, sin sonido de estudio que la si­túe y la contextualice, decimos que trabaja en el modo so­porte. La radio se borra como institución productora de sentido, poniendo en primer plano al locutor y musicaliza­dor (a veces confundidos en una misma persona), no impor­tando aquí que la mú­sica sea en vivo o grabada en estudio o en concierto.

Por último, ocurre frecuentemente que el presentador no está solo en el estudio. Lo acompañan otras voces (otros “personajes” y el ruido que producen sus movimientos), que pueden acordar o no con la elección del fragmento musi­cal. A este tipo de procedimiento puede denominárselo modo emi­sión. Aquí, el mecanismo productivo (el espacio otorgado por la institución) se pone en juego, se deja mirar.

En el cuadro siguiente se representan los distintos modos, con sus res­pectivos tipos de espacio que construyen y los diferentes tipos de ins­titución emisora, de lo­cutor y de receptor, que constiuyen:

En el cuadro, la línea que representa la superficie del parlante actúa como frontera entre lo construido discursi­vamente “del lado de la institución” y lo cons­truido, también discursivamente, “del lado de la recep­ción”. La acen­tuación del componente constructivo tiende a subrayar el carácter virtual del vínculo establecido. Es obvio que tanto quien escucha un concierto que tiene lu­gar en una sala o las alocuciones de un acto político (modo transmi­sión), como quien se fascina con la voz y los dichos de un locutor “estrella” (modo so­porte), es consciente de la pre­sencia del aparato receptor. Pero esos tipos de textos le brindan la posibilidad de sostener su posición de recepción desde un lugar “externo” a la desprestigiada comuni­cación ma­siva. Esa coartada es impo­sible en el modo emi­sión, dada la exposición que brinda, en primer plano, de la institución radiofónica.

Puede sostenerse la condición de generalidad de este esquema de modos enunciativos: parece imposible la existen­cia de un texto radiofónico que no atra­viese a alguno de es­tos modos (en cualquier régimen de propiedad, dimensión institucional o radio de alcance). Además, la adscripción (consciente o no cons­ciente, en el lugar de la emisión o en el de la re­cepción) a alguno de estos mo­dos, por sí misma crea sentido. La presencia de esas dos condiciones funda­menta su utilidad clasificatoria.

Estos modos generales de la enuncia­ción radiofónica que hemos for­mulado pare­cen adecuarse término a término a las ca­racterísticas que hemos atribuido a los trabajos de Verón y de Steimberg y Traversa. Permiten describir la poli­fonía de los textos radiofónicos proponiendo marcas dife­renciadas para lo­cutor e institución emisora. La pers­pectiva espacial, además, no excluye sino que encuadra el análisis de las marcas lingüísticas.

Como veremos con más precisión en los próximos capítu­los, desde la perspectiva de los modos pueden formularse apor­tes a estudios históricos y so­ciológicos sobre el fenómeno radio­fónico y es innegable que, en sí mismos, se constitu­yen en hipótesis válidas para realizar estudios de pro­cesos en re­conocimiento a pesar de (o por) su aleja­miento de las cla­sificaciones habituales de textos.

Con respecto a la posibilidad de que este camino pro­vea un “sistema” aplicable a otros ámbitos discursivos, no deja de ser tentador el generalizar una instancia “modalizadora”. Pero, como advierte Maingueneau en el artí­culo que hemos citado, tanto el término “modalidad” como sus deriva­dos, aún en el plano restringido de la lingüística, “…están cargados de interpretaciones, son reclama­dos por distintas disciplinas y remiten a realidades… varia­das”[29].

El problema de la confusión terminológica sería secun­dario, si nuestra formulación fuera sólida y remitiera a fenómenos homogéneos. En los casos de­sarrollados por Verón y por Steimberg y Tra­versa y que hemos tomado aquí, no se atribuyen condi­ciones de generalidad a sus conclusiones dado que remiten a “estilos” dentro de “géneros”. Los modos de enunciación radiofónica se en­cuentran, en cambio, en un nivel más cercano al “medio” (aunque ya dentro de “lo dis­cursivo”).

Ese nivel de generalidad existe, en cambio, en los mo­dos de enunciación propuestos por Genette[30]. El pro­blema, en este caso, es otro. Cuando Genette plantea los modos de enunciación pre­sentes en los géneros literarios, lo hace a costa de una fuerte reducción que es válida, por su­puesto, desde el punto de vista analítico: de los múltiples niveles que pueden aislarse en un texto literario, elige las posi­ciones posibles que puede ocupar el enunciador frente al conjunto del material del texto (“externo” en los géneros narrati­vos, “perteneciente a otros” en los dramáti­cos y “propio” en los líricos).

La reducción que es necesario practicar sobre los tex­tos ra­diofónicos para alcanzar la concepción modal parece ade­cuarse, en cambio, a ciertas facilidades que brinda el dispositivo técnico en el que se sustenta la radio. Se pre­senta una especie de “reduccionismo” pro­pio de la tecnolo­gía utilizada, que per­mite sepa­rar en el texto la voz del locutor de su cuerpo (o la manifestación musical de su espa­cio de produc­ción). Los modos de Genette, válidos tanto para la oralidad como para la es­critura, se sustentan en un es­fuerzo especí­ficamente analítico que deja de lado la ma­terialidad. Los modos generales de la enunciación radiofó­nica son posi­bles, en parte, por un de­terminismo tecnoló­gico. En el primer caso, para for­mularlos es necesa­rio abs­traer la materia de la expresión; en el segundo, la materia de la ex­presión queda incorporada.

Esto último resulta imposible en, por ejemplo, la televi­sión. Las condi­ciones de percepción del espacio vi­sual in­hiben la construcción de un espacio absoluta­mente “cero”, nece­sario para la aparición de lo que denominábamos modo soporte. El escenario más chato y de fondo neutro, siem­pre aparecer  enmarcando la voz y el cuerpo del locutor como espacio brindado por la institu­ción televisiva (“el set”) para que el texto se haga efectivo. Pueden pensarse distin­tos proce­dimientos de borramiento o de acentuación de la exposición institu­cional, pero ninguno puede pasar por este nivel de la ma­teria de la expresión, que impide, en este caso, una desagregación del cuerpo en el contexto.

Es decir que resulta posible, e interesante, mantener el nivel de análisis “modal” como campo de vinculación en­tre distintos planos textuales. Pero, en cada caso, deberíamos aclarar qué se moda­liza, en qué nivel y por medio de qué procedimientos. En los cuatro casos que hemos reunido aquí (el de Verón, el de Steimberg y Tra­versa, el de Ge­nette y el de los modos generales de enun­ciación ra­diofónica) se trata a primera vista de “modalizaciones de espa­cio”, pero varían el espacio que se observa, los ele­mentos que se vinculan en ese es­pacio, sus procedimientos de cons­trucción y las vinculaciones dentro de él. Se trata, en defi­nitiva y en muchos aspectos, de distintos ni­veles de análisis, todos válidos, aunque se trate del campo común de lo enunciativo y lo espacial figure en todos ellos.

Una característica de este esquema de modos que hasta aquí nos ha re­sultado útil es su condición “introductoria”, dado que sirve como primera aproximación al estudio de cualquier conjunto de textos radiofónicos. Además, en el marco de la reflexión sobre lo enun­ciativo le hemos atri­buido la capacidad de incorporación de análisis acerca de mayores detalles textuales (verbales o no). Dado que es una aspiración legítima de los estudios discur­sivos dar cuenta de fenóme­nos más foca­lizados, como un texto o un conjunto claramente restrin­gido de ellos, es vá­lido que aparezca en nuestro trabajo la inquietud acerca de cómo conti­nuar.

Si quisiéramos ahora retomar el ejemplo cómodo de los pronombres para mantenernos en el campo de lo enunciativo, la cuestión a resolver se­ría: ¿se vin­cula con los modos? Y, si la res­puesta es afirmativa, ¿cómo lo hace?.

Por definición, un nosotros inclusivo circunscribe un yo más un tú/ustedes y un nosotros exclusivo circunscribe un yo más otro/s como yo. Sa­bemos también que un texto me­diático es siempre polifónico. Es decir que siempre un texto radiofónico (que, como vimos, excede lo verbal) se establece a partir de un noso­tros (al menos locutor + emi­sora).

Teniendo en cuenta lo anterior, supongamos que el lo­cutor quiera produ­cir el efecto de sentido nosotros ex­clusivo (nosotros los que conformamos la emisión, frente a ustedes los oyentes). En ese caso, la situación será en princi­pio, distinta para cada uno de los modos: en el modo emisión, tal vez ni siquiera haga falta una aclaración es­pecial (el nosotros se constituir  en gran parte con la constante presencia grupal), en el modo soporte hará  falta una explicitación es­pecífica (nosotros los que hacemos este programa) y en el modo transmisión ser  necesario recurrir a poco menos que una explicación sociológica (todo el equipo gracias a cuyo trabajo es posible esta emisión).

Pero, si bien es innegable que el esquema de los modos generales de enunciación radiofónica resulta útil en ese nivel de análisis, rápidamente la cuestión comenza­ría a compli­carse si introdujéramos cierto matiz del tipo noso­tros los que habitualmente tomamos la pa­labra, entre quie­nes hacemos este pro­grama (nosotros, por ejemplo, los periodistas o los lo­cutores). Ciñén­donos so­lamente al modo emisión, para no abundar con la ejemplifi­cación, puede verse que existen múltiples procedi­mientos para producir ese efecto de sentido dife­renciador de quie­nes hablan, del resto del “personal de la emisora”. Lo que sí puede afir­marse es que ningún nosotros exclusivo basta­ría para produ­cir ese efecto preciso. En el caso de que se mani­festara en parte a través de un noso­tros, el efecto preciso de esa ex­clusividad sería el resultado de, al me­nos, una cierta “costumbre discursiva” encontrable en la serie pre­via de programas que atribuyera a ese nosotros ese compo­nente de exclusividad y no otro.

Parece encontrar aquí su lugar aquella afirmación de Maingueneau acerca de lo enunciativo como “un dominio no bien definido”. Pero puede dudarse de si el problema es propiamente de circunscripción del dominio, dado que el agre­garle “algo” a la definición de Steimberg con la que comen­zamos nuestra re­flexión no parece despejar el pro­blema (todos los aspectos que se van agregando están in­cluidos perfecta­mente en ella). La cuestión no aparenta es­tar, por lo tanto, centrada en la frontera sino en el in­terior del campo.

Recurramos una vez más a Benveniste. Cuando desarro­llaba la diferencia entre el no­sotros inclusivo y el exclu­sivo combinaba, como hemos dicho antes, la pers­pectiva “discursiva” con la ejemplificación “lingüística”. Así, a pesar de que en su reflexión se sigue ocupando cen­tralmente de los pronombres, aclara constantemente que el “efecto pronombre” se puede producir mediante otros proce­dimientos lingüísticos (y, como vimos, “figurativos”)[31].

Disuelta la necesidad de “manifestación lingüística específica”, siguen que­dando en pie los principios de in­clusión y exclusión. En el marco de esta re­flexión, podría sostenerse que todo texto (parafraseando a Steimberg, pero sin oponernos a Benveniste) construye una situa­ción comuni­cacional de inclusión o ex­clusión, a través de dispositivos que podrán ser o no de carácter lingüístico. El eje de opo­sición inclusión/exclu­sión no tiene por qué ser conside­rado ni único ni preponde­rante, pero es importante y plena­mente enunciativo (es de­cir, aquí no se pone en crisis la defini­ción del campo como tal) [32].

Una pista para despejar ese efecto de confusión y duda que dificulta el avance puede encontrarse en un comentario lateral de Benveniste que, sin em­bargo, resulta sintomático. A pesar de su esfuerzo por despegar el “efecto prono­minal” de la “manifestación pronominal”, en cierto momento afirma que, en algunos textos, ese efecto no existe y da como ejemplo el discurso cientí­fico[33].

Es verdad que en los tex­tos científicos es común que se excluya el en­trejuego entre yo y tú, por la utilización constante de la tercera per­sona. Pero esto no quiere decir que se elimine un fenómeno como el de la inclu­sión/exclusión. Ciertos rasgos temáticos, y sólo como ejem­plo, establecen efec­tos de sentido de “frontera” diseñando un enunciatario entre otros posibles (un trabajo sobre fí­sica cuántica suele intere­sar a los científicos y no a los legos, y no necesariamente a cual­quier científico). Este debería ser el camino a seguir teniendo en cuenta las reco­mendaciones de Benveniste con respecto al monólogo.

En definitiva, en el estudio específico de lenguajes, registros discursivos, géneros y estilos, deben encon­trarse, a partir de marcas registrables en los tex­tos, ca­tegorías mediado­ras entre lo “micro” (enunciadores y enun­ciatarios de un texto) y lo “macro” (posiciones sociales de enunciador y enunciatario).

En los textos radiofónicos, ciertas circunscripciones enunciativas, equi­valentes a aquellas con las que hemos ve­nido ejemplificando, pueden describirse a partir de regularidades de género como, por ejemplo, cierta homogeneidad de jerarquía de quienes toman la palabra habitualmente en los programas pe­riodísticos frente a la heterogeneidad en ese mismo plano, que resulta previsi­ble en los “shows” radiofó­nicos. Otras diferenciaciones, en cambio, tienen que ver con rasgos li­gados a estilos, como las marcas, que pueden estar ubicadas en distintos niveles, que diferencian a una emisora de otras, o a un periodista “estrella” de otro.

Esos ejemplos muestran la carencia de un análisis pro­fundo, pero indican un camino. Más allá  de la validez de haber “entrado” al análisis de los textos radiofónicos por la vía enunciativa, para seguir resulta ociosa la búsqueda de “marcas” que tendrían de por sí la condición enuncia­tiva. El avance, en cambio, deber  realizarse por procedi­mientos similares al bricolage, utilizando análisis reali­zados desde distintas perspectivas, a los cuales les extra­erá  el efecto de sentido enunciativo la aplicación de obje­tivos teóricos y no una su­puesta con­dición esencial de tal o cual fragmento del texto.

En este sentido, el estudio de categorías sociales de clasificación de tex­tos (como la de género o la de es­tilo), ser n útiles para ir cercando paso a paso el análisis de un texto, o un conjunto restrin­gido de ellos, sin atribuirles rasgos diferenciado­res que pertenezcan a un con­junto dis­cursivo más extendido. En nuestra reflexión debe­remos, an­tes, enfocar el problema de los lenguajes.

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[1] Moles, A. p. 5 y sgtes.
[2]
Verón, E. 1987(b).
[3]
Arnheim, R. op.cit. p.27 y sgtes.
[4]
Ver, por ejemplo, Uranga, W. y Pasquini Durán.
[5]
Ver supra, Parte II.
[6]
Curiel, F. “Por radiosema entendemos….la partícula radial mínima dotada de sentido…” y, a con­tinuación, da ejemplos: la voz hu­mana, el sonido animal, el silencio, el ruido, la música, los efectos especiales, etc. p.68.
[7]
Una excepción se encuentra en el trabajo de Sofía Fisher que aparece en la bibliografía, en el que se reflexiona so­bre la “escena radio­fónica”. Como sus interesantes descripciones se vinculan a lo informativo en la radio, es prefe­rible aprovecharlas cuando trabajemos sobre géneros y esti­los radiofónicos (trabajo en preparación).
[8]
El concepto de “polifonía” originado en Bajtín, es utilizado, explícita o implícitamente, en las teorías de la enuncia­ción de dos maneras distintas. Una, empírica, en Kierbrat-Orecchionni cuando plantea que un texto publicitario implica en el lugar del emisor el espacio del anun­ciante y el de la agencia (p.31 y sgtes.). La otra es desarrollada por Ducrot como específica­mente lingüística (p.251 y sg­tes.). Aquí lo utilizamos en un sentido cercano al primero, pero con esperanzas de avanzar en su formalización.
[9]
La diferenciación entre un “nosotros” inclusivo y otro exclusivo la plantea Benveniste, con desconfianza, en un artí­culo de 1946. Ben­veniste, E. “Estructura de las relaciones de per­sona en el verbo”.1985. (169 y sgtes.)
[10]
Steimberg, O. 1993, ps. 48 y 49.
[11]
Maingueneau, D. p.112
[12]
Foucault, M., luego de esas puntuaciones sociologistas (ps.82/87), acentúa que “en lugar de remi­tir a la síntesis o a la función unifi­cadora de un sujeto, manifiestan su dispersión…” y a “… la discontinuidad desde los planos desde los que habla” (p.89 y sgte.).
[13]
La diferenciación entre lo “micro” y lo “macro” en la enunciación es equivalente a la que hace Kierbrat-Orec­chioni entre enuncia­ción “restringida” y “ampliada” (p.41 y sgte), pero hay que te­ner en cuenta que el subtítulo de su libro es “De la subjetividad en el lenguaje”.
[14]
Benveniste, E. “El aparato formal de la enunciación”. En: 1985(b), p. 87 y sgtes.
[15]
Por ejemplo, Kerbrat-Orecchioni, precisa claramente que reduce su estudio al intercambio verbal dual, entendido como el “más sim­ple y, finalmente el más raro, de la comunicación” (op. cit., p.31).
[16]
“Es en la medida en que la Retórica prefiguró una lingüística del habla (distinta de la lingüística estadística), lo que es una contradic­ción en los términos, que se ha esforzado en tejer una red innecesariamente cada vez más fina que retuviera todas las ‘maneras de hablar’, lo que sig­nificaba controlar lo incontrolable: el espejismo mismo” Barthes, R. 1982, ps.72 y 73).
[17]
Barthes, R., Op.cit. p75.
[18]
Morris, Ch. En un trabajo tardío, de la década del ’60, definía “La pragmática es el aspecto de la Semió­tica que se interesa por el origen, usos y efectos de los signos” (p.76) y, poco des­pués, “…hay que distinguir entre una prag­mática “pura”…y una pragmática “descriptiva…”(p.77) (La bastardilla es nuestra).
[19]
Como ejemplos, un “verdadero performativo” es “condenar” por un juez, un “falso performativo” es “prometer”.
[20]
Verón, E. 1987, p.188. Hay una complementariedad entre las críticas de Verón y Morris a la filosofía del lenguaje ordinario. El primero critica la confusión constante ente producción y reconocimiento; el segundo ve la confusión entre lo “puro” (también denominado lógico) y lo “descriptivo” (también denominado empírico).
[21]
Ducrot, O. p.134. Por otra parte, vemos que en esta discusión reaparece, inevitablemente, la oposición entre lo “interno” y lo “externo” de la vida discursiva.
[22]
Corresponde hacer notar que Maingueneau (p.160) se preocupa por marcar la importancia de esos con­ceptos en Foucault.
[23]
La recurrencia en las citas a ciertos autores puede explicarse en parte por coincidencias espa­cio-temporales (se trata de investigadores argentinos, de esta época y con los que uno tiene con­tacto intenso), pero ello no debe impedir el señalar una constancia sostenida a través de los años, que permitiría hablar de una “corriente semiótica en la Ar­gentina” que merece ser estu­diada. Uno de los ejes a tener en cuenta, en ese caso, es la permanente indagación so­bre los pro­cedimientos inter y metadiscursivos en los medios, que actúan como procesos de construcción de “lo real social”.
[24]
Si bien el “diario” es denominado habitualmente como “medio”, debe ser considerado como un género tan com­plejo como el noti­ciero televisivo. Un medio gráfico, de aparición cotidiana cuyos temas tuvieran que ver exclusi­vamente con, por ejemplo, las artes, ocuparía un lugar discursivo total­mente distinto al “diario” tal como lo cono­cemos. La distinción, por lo tanto, no se encuentra en el nivel del dispositivo técnico, sino en el de los discursos.
[25]
Verón, E. 1986 (p.46 y sgtes.).
[26]
Dentro del trabajo, que figura en la bibliografía, nos referiremos aquí al capítulo denominado “De cómo el ojo llega al diario. El es­tilo de primera página”. El análisis remite, por supuesto, al estilo de los diarios en ese momento.
[27]
Fernández, J.L. 1986.
[28]
Oscar Steimberg comenzó a trabajar esa tríada (en sus teóricos de la Cátedra “Semiótica de los géneros comtempo­ráneos”, Ciencias de la comunicación, Fac. de Cs. Sociales, UBA) vinculándola con los modos generales postula­dos por Genette. Una primera refor­mulación a partir de esas sugeren­cias puede encontrarse en Fernández, J.L. 1987(b).
[29]
Maingueneau, D. op. cit. (p.125).
[30]
Genette, G.
[31]
La comodidad en la utilización de los pronombres deriva de su condición de “partícula” y del he­cho de haber sido muy estudiados. Para el nivel de análisis en que nos hallamos, sería lo mismo pensar en aspectos tan diferentes como los distintos tipos de “ruidos” o de canciones que pueden aparecer en un texto radio­fónico. Se dejan de lado, además, otras partículas que, como los reflexivos, se ubican en el universo pronominal.
[32]
En este sentido, otros ejes equivalentes son simetría/complementariedad, heterogeneidad/homogeneidad, jerar­quía/equilibrio, sabi­duría especí­fica/sabiduría gene­ral, transparen­cia/opacidad, etc.
[33]
Benveniste, E. “La naturaleza de los pronombres”. En: 1985(a). p.173.

IV. Los lenguajes de la radio

1. De los modos a los modelos de programación

A partir de las primeras reflexiones de Metz con res­pecto al cine, el tér­mino “lenguaje” pierde ciertos compo­nentes de rigidez de raíz saussureana. En Saussure, el término lenguaje incluía a la lengua y al habla. Al demostrar Metz que pueden describirse ciertos rasgos comunes, previ­sibles, convencionales, en amplios conjuntos de textos que, sin embargo, son diferentes en muchos otros aspectos, pudo estudiar el problema de las convenciones discursivas sin partir de una noción de código tan sistemática como la que sostenía a la “lengua” en Saussure[1].

La noción de lenguaje así construida aparece como in­termediaria entre las clasificaciones silves­tres ligadas a los géneros y las clasificacio­nes teóri­cas, de las que se espera mayor grado de rigor y originali­dad. Por otra parte, esa noción sirve también para in­termediar entre la existencia de un medio, en tanto que dispositivo técnico, y las dis­tintas posibilidades discur­sivas que pue­den vehiculizarse a través de él.

Por la misma razón por la que Metz frecuentemente vuelve a remarcar que sus análisis abordan ese lenguaje ci­nematográfico, que la sociedad ha privi­legiado por sobre otras posibilidades, hasta aquí hemos mantenido ambigua­mente el título de “los lenguajes de la ra­dio”: un medio no es “igual” a un len­guaje y, más allá de las clasificaciones ingenuas, la postulación de su existencia, plural o singu­lar, deber sostenerse en algún estatuto particular.

Resulta evidente que, mientras nos mantengamos en el nivel de los mo­dos generales de enunciación radiofónica, ser  difícil, dado su grado de abstrac­ción, dar cuenta de los procedi­mientos discursivos efectivos de los textos ra­diofónicos, relacionables con “lenguajes” atribui­bles a la práctica discursiva en el medio.

Una observación atenta de series de textos radiofóni­cos, mostraría que ellos pueden construirse, ex­clusiva o alternativamente, en cualquiera de los mo­dos. En efecto, un texto que se construye centralmente en el modo emisión (desde un “estudio”, con múltiples voces entrecru­zándose y ruidos de papeleo, etc.), puede incluir una re­flexión ín­tima del locutor/conductor sin ruido de am­biente (modo so­porte) o la emisión de las alternativas de un acto político que se está  realizando en ese momento (modo trans­misión). Sin embargo, esas alter­nancias de modos, no impe­dir n con­siderar al conjunto del texto como “dominado” por el modo emisión.

Si extendemos lo presupuesto en la descripción del ejemplo anterior al conjunto de los textos radiofónicos, pueden clasificarse tres subconjuntos de textos según la dominancia de alguno de los modos por sobre los otros. Se ha­blará, entonces, de tres grandes modelos de discurso ra­diofónico y podrá  denominár­selos, según ese régimen de do­minancia respectiva­mente como radio-transmisión, radio-so­porte y radio-emi­sión.

Es en este nivel donde, recién, podríamos hablar de lenguajes radiofó­nicos dado que pueden encontrarse regu­laridades tanto en la manera de construir textos, como en los modos de construcción y las posiciones ocupadas por el par emisor/receptor en el interior de los textos. Esos as­pectos aparecen, en cada modelo resultante, como diferen­ciados y diferencia­dores.

Antes de comenzar la profundización del análisis sobre esos lenguajes, vemos que la simple formulación de ellos permite introducir reflexiones ordena­doras en, por ejemplo, la historia del medio. Si tomamos en cuenta las secuen­cias introducidas por los historiadores para dar cuenta de su desenvolvimiento, la radio habría comen­zado sus emi­siones postulán­dose como radio-transmisión. Posteriormente, en el largo momento de su gloria, se centró en la radio-emisión. Sólo con la llegada de la miniaturización electrónica (y la consecuente expansión de la radio portátil y en el automó­vil) y el desarrollo de la FM, trabajosamente, trató de centrarse en la radio-soporte[2].

Las dificultades para sostener el modelo de radio-so­porte en las FM (gran parte de ellas tiene actualmente, en nuestro país, programas en radio-emi­sión) deben relacio­narse con un desequilibro que existe en el estatuto de los tres mo­dos. Podría afirmarse que el modo emi­sión es el “propio” del discurso del me­dio. En efecto, las prácticas de reconocimiento social in­dican que siempre hay una insti­tución soportando cualquier texto y que éste se efectúa siempre en un espacio cons­truido y cedido, al menos par­cialmente, por ella. Por otra parte, toda tarea de pro­ducción de textos (aquí en el sentido de “fabricación) tiende a produ­cir ruidos específicos, que contribuyen a construir “efecto emisión”.

Es decir que el trabajar en un texto tanto a través del modelo radio-trans­misión como, fundamentalmente, a través del radio-soporte, implica poner en juego específicos esfuerzos de ocul­tamiento. Tal vez ese sea el motivo por el que la mayor parte de los textos radiofóni­cos se encuadre den­tro del modelo ra­dio-emisión. En este sentido, la hegemo­nía del modelo de radio-emisión tendría una doble vía de expli­cación. Por un lado, una comodidad “técnica” (que, sin embargo, puede ser superada); por el otro, la vigencia en la sociedad de cierto gusto relativamente extendido por el disfrute de la condición específicamente mediá­tica de un texto.

Como contraparte de lo anterior, debe anotarse que el  “efecto radio-emisión” puede ser producido también me­diante aspec­tos verbales y no moda­les. Es el caso de ciertas ra­dios de FM (FM l00, Horizonte, etc.) que mantienen notoria­mente la emisión en vivo, pero que se incluyen en el modo so­porte con constantes menciones, en cambio, al nombre de la radio como modo de produc­ción del “efecto institu­ción” (por ejemplo, “La l00”)[3]. En estos casos habría que eva­luar, extrañamente, la presencia de la institución emisora como actante indi­vidualizado.

Por otra parte, esta última observación sirve para di­ferenciar el estatuto diferenciado que ocupan en el análisis el nivel de los modos (abstracto), del de los modelos o lenguajes (ligados a la variación constante de las manifes­taciones textuales).

2. Costumbres de lenguaje

De todas maneras el desarrollo de un modelo no se agota en la simple dominancia de un modo por sobre los otros. Los grandes modelos de programa­ción in­cluyen conjun­tos de textos de distintos grados de complejidad interna que, como en el caso privile­giado del modelo de radio-emi­sión, pueden hacerse extensi­vos al conjunto de la programa­ción de una emisora.

El paso siguiente para ir circunscribiendo las especi­ficidades de los dis­cursos radiofónicos debería ser el aco­tamiento de conjuntos de textos en el nivel de los géneros. Por ejemplo dentro de la radio-soporte, un locutor puede mane­jarse en términos de autobiogra­fía, con relatos de fic­ción o con descripciones “sociológicas”. A su vez, dentro del modelo radio-transmisión puede emitirse tanto un dis­curso político como una ópera. En el modelo radio-emisión, por úl­timo, encon­traremos, como corresponde a su extensión, los géneros centrales de la radiofonía: el “show” o la “revista”, el in­formativo, el programa periodístico, el re­lato deportivo, etc.

Antes de que resulte necesario introdu­cirnos en el campo de los géneros, pueden describirse cier­tas “costumbres” discursivas que, dado que aparecen en dis­tintos géneros dentro de cada modelo, deber n ser atribui­das a este nivel más general. Esos rasgos, que deber n pro­gresivamente ir alcanzando mayor fuerza de circunscripción, son los que nos van a ir permitiendo construir hipótesis so­bre efectos de sentido que, a su vez, nos posibiliten re­flexionar sobre las escenas de es­cucha radiofónica efecti­vamente construidas en la sociedad.

Por ejemplo: los textos de la radio-emisión, como ve­remos des­pués, tie­nen ciertas características que no depen­den del modo, sino de cierto procesa­miento que el vínculo institución emisora/recepción ha privile­giado en su des­pliegue. Las dos más re­levantes pare­cen ser la construcción de los textos a partir de la reu­nión de fragmentos y el he­cho de que la ma­yor parte de ellos son emitidos en vivo. Ambos procedimien­tos parten, en su conjunto, de criterios de elección que pare­cen, en principio, tan arbitrarios como cualquier otra elec­ción de la cultura. Pue­den existir –y existen– textos en radio-emi­sión con menor al­ternancia de fragmentos y géneros inclui­dos que la habi­tual, y con im­portantes segmen­tos grabados previamente.

La des­cripción de estas costumbres discursivas es im­portante, además, para evitar caer en un error frecuente: atribuir a un género (o, peor, a un texto) rasgos que tie­nen su origen en un nivel clasi­ficatorio de mayor amplitud en el ordenamiento social de los discur­sos.

2.1. La mención del oyente

Dijimos antes que el análisis de los textos radiofóni­cos no debía excluir lo verbal. La restricción se ponía en la confusión en el par diferenciado radio­fónico/verbal. Un ensayo de vinculación –tal vez superfi­cial en su falta de for­malización, pero que resulta de interés en el camino propuesto– puede partir de la consideración del modo como se menciona al re­ceptor en los segmentos ha­blados en la ra­dio. Las marcas de su presencia deberían indicar el tipo de ac­titud que supo­nen, y construyen, del oyente.

Tanto en la radio-emisión como en la radio-transmi­sión, la mención del público puede ser omitida. Parece que­dar establecido que, si se realiza una emi­sión, es porque alguien habrá de escucharla. Esto supon­dría un oyente “general”, “amplio”, “evidente”. Da la im­presión de que esto no cambia cuando se menciona a los es­cuchas explíci­tamente. Se mantiene el carácter generali­zante: “el distin­guido público”, “los oyentes”, “las seño­ras”. A pesar de lo ante­dicho, se ve que es difícil que no apa­rezcan ras­gos de precisión clasificatoria en cuanto a je­rarquía so­cial, sexo, edad, etc. Pero se mantiene la globalización del oyente, ya sea a través de su no mención o del uso de la tercera persona.

En cambio, desde la superficie del parlante –en la ra­dio-soporte–, se uti­liza frecuentemente la segunda persona, ya sea del singular o del plural, y aún se fre­cuenta el tu­teo. La marca corres­pondiente al público impli­caría indivi­dualización, persona­lización. Por su­puesto, esta “personalización” es absoluta­mente discursiva. Con­vocado como fantasma ma­sificado y pasivo o fantasma dia­logante y participativo, el oyente debería elegir entre dos maneras de ser nombrado para, mientras es construido como oyente, darse una cierta rela­ción con el conjunto del apa­rato ra­dio.

2.2. El ruido como sentido

Otro plano en el que se modalizan los rasgos generales de cada modelo o lenguaje radiofónico es el de la utiliza­ción del ruido. En cierto momento de las teorías de la comunica­ción, el ruido fue expulsado del mensaje, conside­rado como interferencia entre emisor y receptor y, por con­siguiente, reducido a pro­blema técnico. La radio, cons­ciente o no conscientemente, no parece conside­rarlo así y, aunque no siem­pre explícitamente, le re­serva distintos lu­gares dentro del conjunto de sus textos.

En primera instancia, se han inventado especialmente rui­dos de origen electrónico que se cruzan con las distin­tas emisiones (por ejemplo: “top” horario, señal de perio­dización del tiempo de juego, llamadas desde otro lugar de información, etc.) que, en su conjunto y desde lo que nos interesa aquí, de­bemos considerar como muestras inte­gradoras de la presencia de la m quina ra­diofónica que res­palda la extensión total de la emisión. En tanto ta­les, esos rui­dos producen inevitablemente efecto de modo emi­sión: rompen textualmente toda ilusión de contacto ex­clusivo con un lo­cutor o, aun, con un programa en especial.

En segundo lugar, cuando la radio construye efectos de espacialidad hace un uso intensivo del ruido de am­biente. Esto ocurre tanto en radio-transmisión como en radio-emisión. En este nivel entran a jugar las carac­terísticas téc­nicas específicas que describíamos en la entrada mediá­tica.

Las limitaciones de la construcción espacial mediante proce­dimientos so­noros llevan a una situación paradójica. Cuando el sonido de ambiente es to­mado en toda su riqueza, el efecto es de un murmullo indiscernible. Si com­prendemos que se trata de una entrevista rea­lizada efectivamente en la calle, esa comprensión no se basa en la lectura de la confusa se­cuencia de ruidos que pre­senta el texto (como de­cíamos, en tanto tal, indiscernible) sino en un cierto cri­terio de reconocimiento que podría indicarse de este modo: “cuando en un texto radiofónico aparece una serie con­fusa de ruidos como fondo, esa secuencia de ruidos quiere decir contexto habitual de manifestación social de ese texto”.

Cuando, por el contrario, se quiere hacer jugar un compo­nente esceno­gráfico más preciso, y más acentuadamente “intratextual”, los ruidos de am­biente se producen con mayor aislamiento y pureza (el movi­miento de una hoja de pa­pel, el golpe de un pocillo de café‚ contra su plato, etc.). En los casos en que, como en el radioteatro, se podía ha­blar claramente de escenografía en sen­tido tea­tral y fic­cional, se produjo una dura especialización. El proceso de pro­ducción de ruidos de ambiente escenográfico (el ruido de la selva, la tormenta, etc.) llevó, en la época del esplen­dor ra­dioteatral, a un privilegio del papel del sonidista, con re­percusiones hasta en las re­vistas especializadas que abundaban en esa época.

Como último aspecto, queda por considerar la problemática del ruido cuando, en la radio-soporte, no se nos “muestra” más que la super­ficie del par­lante. Al definir en rasgos generales su fun­cionamiento, deslizamos la observa­ción acerca de la existen­cia de un contraste entre voz y silencio. Este fondo silen­cioso enmarca la pre­sencia domi­nante del locutor y de lo dicho. ¿Y el de­cir?. Para Arnheim debería ser neutro (agradable, melodioso), ligado a la bús­queda de abstracción que señalába­mos como propia del intertexto histórico del autor ale­mán[4]. Pero existe una fuerte limitación en esa búsqueda de abstracción: el apa­rato de fo­nación humano, más allá  de toda educación posi­ble, deja pasar ruidos no signi­ficantes en el plano de la lengua (chasquidos de la glo­tis, escurrimientos de saliva, es­truendosos carras­peos, etc.) que, sumados a las caracterís­ticas tímbricas personales, constituyen con fuerza una “individualidad locutora”.

Sólo en este caso extremo, como diría Barthes, parece haber una corporei­dad dispuesta a introducirse en nuestra oreja para provocar un goce[5]. Entonces, el proceso de ocul­tamiento de lo institucional propio del modo so­porte se po­tencia, hasta provocar la desapari­ción del “contexto” en­tre los plie­gues fasci­nantes de la pala­bra humana expuesta en la inti­midad de su produc­ción. La textualidad se sueña, en este sentido y como nunca, como in­mediata.

2.3. El ritmo de la segmentación por géneros incluidos

No se introduce en este punto la problemática de una cla­sificación de los géneros ni las posibles leyes de per­tinencia utilizadas en su diferenciación. Se usarán esas grandes categorías, usadas vulgarmente como ejes de compren­sión social, para advertir algunos modos mediante los que la programación radiofó­nica los vin­cula o los dife­rencia.

Como caso límite de diferenciación, puede pensarse en la transmisión de un concierto de música barroca o en un programa periodístico dedi­cado ex­clusivamente a un tema (por supuesto, ese límite es relativo en tanto que prác­ticamente infinito; hay programas dedicados a un composi­tor, a una ‚poca de producción, a una obra, etc.). Lo que im­porta es que el contenido del programa es previsible. Mu­chas veces, su misma presentación presupone la necesi­dad de un contacto “de principio a fin” para la comprensión del texto.

Frente a esa previsibilidad, que podría denominarse como “de conte­nido”, se destaca un tipo de programas, de pre­sencia hegemónica en la progra­mación radiofónica, en los que se produce una sucesión de bloques ge­néricos de corta duración (flashes noticiosos, situaciones humorísticas, re­portajes y co­mentarios sobre temas puntua­les, etc.). Esa característica permitiría sintonizar en cualquier mo­mento el programa sin por ello sentir la falta de un sen­tido ge­neral del mismo acerca del que, por otra parte, sería difí­cil sostener que existe.

Ese ritmo de r pido cambio genérico produce frecuente­mente una emi­sión nerviosa, agitada, que se con­trapone a la calma necesaria­mente relacionada con la discu­sión profunda de un tema o al disfrute concentrado, considerado social­mente como necesario, frente a un ex­tenso con­cierto.

Esta distinción entre radio “nerviosa” y “calma”, tal vez permita analizar con mayor precisión una discusión estilís­tica frecuente entre los partidarios de una radio “gritada” y los que prefieren una radio “susurrada”. Por lo gene­ral, la discusión suele zanjarse por el cues­tionamiento o la reivindicación de tales o cua­les locutores, invocán­dose supuestos princi­pios ge­nerales del gusto o de las ne­cesidades del pú­blico.

Esa vía, comúnmente utilizada, de análisis a través de lo individual, ob­tura desde un principio la posibilidad de in­troducirnos en el aparato íntimo cre­ado por la radio para salir a la búsqueda del oyente y darle elementos para que se construya una relación con ella.

Mientras el calmo locutor de un calmo programa parece construir un oyente atento –plácidamente sentado o, al me­nos, realizando una actividad poco agitada en un lugar fijo-, el que grita instituye un oyente distraído al cual hay que llamar, detener, para que preste atención a ese frag­mento del programa que lo reclama sin requerirle a cam­bio el compromiso de una escucha prolongada. Cada bloque, compuesto en este caso por distintos géneros incluidos, im­pondrá  la renovación del grito convocante, que pode­mos apre­ciar así como elemento funcional en la articulación que con la supuesta audiencia establece la emi­sora.

2.4. Relato fragmentario y construcción de lo social

De la programación radiofónica actual han desaparecido los transgéneros narrativos y dramáticos que, transpuestos en el radioteatro, constituyeron el de­pósito ficcional de la radio y su momento de esplendor. El centro de la progra­mación radiofónica pasó a estar constituido por esos textos fragmentarios que describíamos en el punto anterior.

Apenas tomamos cierta distancia con respecto al lugar del oyente habi­tuado, resulta sorprendente la capacidad de inte­gración de múltiples formas dis­cursivas que proveen los géneros radiofónicos sin que se perciban saltos noto­rios. En los géneros narrativos el relato “fuerte” cumple una función de li­gazón de los distintos niveles textuales. Dado que en las emi­siones deportivas el relato es, tam­bién, con­siderado impor­tante, les prestaremos atención to­mando como ejemplo los pro­gramas centrados en el desarrollo de parti­dos de fútbol.

Contra lo que suele creerse, en estos textos el relato no ocupa el centro de la emi­sión. No intenta la co­bertura referencial del desarrollo del partido (obviamente imposi­ble) sino que privilegia ciertos fragmen­tos “dram ticos” segmentando el continuo juego para dar paso a comentarios, datos estadísticos, reporta­jes, infor­maciones de otros par­tidos, etc., mientras cada bloque es abierto y ce­rrado por spots publicitarios. Esta oferta dis­cursiva es interesante, al pare­cer, para el pro­pio especta­dor directo. La continui­dad “real” es traspuesta a una con­tinuidad “medial”. El efecto de sentido globalizador (qué ocurrió con el par­tido en particular y con el fútbol en general) se produce, no por la articula­ción de la secuencia, sino por la presencia, en muchos casos subjetiva, de ins­tancias del tipo “comentario del especia­lista”. Es decir que el texto niega una globaliza­ción generalizable para cualquier escucha.

La aceptación de esta especie de juego de paralelismo tensionado, en­tre sectores del supuesto continuo de la vida social y la conti­nuidad construida por el medio (y esto no parece especí­fico de la radio), debe estar en el origen mismo de la posibilidad de existencia de los géneros.

Podría postu­larse que la relación que existe entre un evento depor­tivo y el programa en que se lo relata es del mismo tipo que la que habría entre “las últimas noticias” y los informativos; “la actua­lidad y las reflexiones sobre ella” y los programas perio­dísticos; “la cultura” (en sen­tido etnológico) y los shows radiofóni­cos.

2.5. Discurso y metadiscurso

Otro fenómeno interesante es la ausencia, en este mo­mento, de publica­ciones centra­das en el medio que cumplan las tareas que para el cine, por ejem­plo, cumple la crítica, se­gún ha planteado Metz y estudiado entre nosotros Tra­versa[6]. En ese sentido, la radio se di­ferencia de otros campos discursivos socia­les (como la literatura, el cine de ficción y aun el conjunto de lo televisivo). En cada uno de ellos se puede prever y situar fácilmente la apari­ción de esos me­tadiscursos (críticas, afiches, gacetillas, progra­mas, etc.), describir sus mo­dos de trabajo y, por lo tanto, esta­blecer un “estado”, un desarrollo, y los conflictos que se producen en el sistema de los géneros y las valoraciones estilísticas que se depositan en cada medio o campo discur­sivo.

En el cine, para continuar con el ejemplo, en el caso de que un di­rector prestigioso decida introducir novedades en su pro­puesta estilística, con seguri­dad aparecer n reporta­jes donde explique los cambios, y tanto las gace­tillas de la distribuidora como las críticas pueden ayu­dar a asimi­lar la transición. El sis­tema no es infalible, pero se deja sen­tir como mecanismo de seguridad.

Hasta el advenimiento de la televisión, la radio con­taba con revistas es­pecializadas (Radiolandia, Antena, etc.), y los diarios incluían la programación diaria com­pleta de cada emisora, junto con abundantes notas sobre programas y personalidades del medio.

En la actualidad, si bien permanentemente aparecen in­tentos de fijar es­pacios metadiscursivos sobre la radio, la estabilización resulta dificultosa. Para encontrar una razón ha­bría que remontarse, tal vez, a aquella carencia de un es­pacio específicamente narrativo y ficcional en los lenguajes radiofónicos. La au­sencia de un relato transponi­ble impediría la fijación de ciertos aspectos ordena­dos de los textos, como ocurre en la crítica cinematográ­fica y, aunque menos, en la televisiva. El habla social sobre la radio sólo podría ser, enton­ces, frag­mentaria e inestable como su objeto. Las carencias de formulación teórica que planteába­mos al principio (el “eterno comienzo”, por ejem­plo) se vincularían con este fenó­meno.

De la falta de un intertexto explicativo extramediá­tico pueden derivarse dos conclusiones. Desde el punto de vista de la investigación y el análisis sobre los lenguajes radiofónicos resultar  siempre especialmente di­ficultoso estudiar las clasificaciones sociales de tex­tos del tipo de las de los géneros y los  estilos. No es que no existan esas clasificaciones, sino que se las encuentra disper­sas en distintos lugares de la trama discursiva so­cial. Acerca de ciertos aspectos, por lo tanto, se debe co­menzar a inda­gar, a nivel exploratorio, directamente so­bre la audien­cia[7].

Por otra parte, en términos de los efectos de estos rasgos metadiscursivos sobre la programación radiofónica, debe pensarse que actúan como un factor de expansión de los componentes de redundancia. Dado ese componente de fragmen­tación que describimos en la radio-emisión, pero también en la calma asociada a la radio-soporte, en cada entrada posi­ble a una emisión debería poder resumirse la mayor cantidad de rasgos genérico-estilísticos que tengan cabida, para po­sibilitar el reconocimiento de la actividad clasificatoria del oyente, que le permite seleccionar según sus gustos.

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[1] Metz, Ch. 1972. El propio Metz cita entre sus fuentes a Buyssens. Ver: Buyssens, E. p.13. Frente a la amplitud del término lenguaje, adopta la trilogía sema (procedimiento convencional), acto sé­mico (manifestación de semas) y semía que sería el equivalente a len­guaje, clasificable desde los puntos de vista sensorial, semántico, económico, sociológico y legislativo. Como dice Metz, un pro­grama ambicioso que, con respecto a la radio, recién estamos abordando.
[2]
Es interesante aquí anotar un desfasaje. Es verdad que la primera expansión de la FM se montó sobre el modo so­porte. Pero debe te­nerse en cuenta que el primer “éxito” en ese modo fue H. Guerrero Marthineiz que emitía desde una AM. Es decir que la mayor pu­reza de sonido de la FM, ade­cuada para producir el modo soporte, expandió un fenómeno discursivo que existía previamente en la sociedad.
[3]
Un rol equivalente parecen cumplir, por ejemplo, los “partes meteorológicos” con los que, según Fisher, S. “el es­pacio cerrado de la estación emisora se convierte en una abertura hacia el mundo exterior…” (p. 34).
[4]
Arnheim, R. op.cit. p. 127.
[5]
Barthes, R. 1980. p.85.
[6]
Metz, Ch. 1979 y Traversa, O. 1984
[7]
Es difícil, acerca de lo radiofónico, diseñar una investigación como la realizada por Steimberg para la UNLZ, par­tiendo de la presupo­sición de la lectura, por parte de la audiencia televisiva, de las secciones especializadas de los diarios. (Steimberg, O. 1988. Parte II)

V. El estudio de los efectos: entre la enunciación y la posición de escucha

Una recapitulación de lo que hemos visto hasta aquí nos indica que la perspectiva que hemos elegido para el abordaje de los textos radiofónicos per­mite vincular los problemas que tienen que ver con los aspectos “externos” de la radio con la dimensión semiótica.

La entrada enunciativa, desde la que formulamos la existencia de los mo­dos generales de la enunciación ra­diofónica, ha resultado posible a partir de una concepción discursiva de los fenómenos tecnológicos de la mediatiza­ción. A su vez, desde esa perspectiva se ha podido articu­lar la dimensión semiótica con la dimensión institu­cional, de tanto peso en la reflexión sociológica y, aunque super­ficialmente, se introdujeron sugerencias en cuanto al de­senvolvimiento histórico del medio radiofónico, como espa­cio de producción discursiva social.

A partir de los modos generales de enunciación hemos comenzado a des­cribir también, en la superficie de los tex­tos radiofónicos efectivamente existen­tes, inscripciones del lugar polifónico del emisor y de posiciones otorgadas al receptor en tanto que lugar social.

El próximo paso, y provisoriamente último, que se de­bería dar en este trabajo, es el de relacionar la perspec­tiva de­sarrollada con lo que hemos defi­nido en las primeras páginas como problemática de los “efectos”. En otros térmi­nos: cómo pasar de los estudios en producción, que hemos desarrollado hasta aquí, a estu­dios sobre reconocimiento. Vamos a intro­ducir algunas aproximaciones con res­pecto a tres ejes: los estudios de segmentación de audiencia, el testeo de efectos de impacto, recordación, comprensión, etc. y los usos sociales de los textos ra­diofónicos.

Con respecto a los estudios de segmentación de audien­cia, en el Prólogo del trabajo de Mercados & Tendencias que ya hemos citado se observa con cri­terio que “los ratings no informan acerca de las preferencias del público o, me­jor dicho, de los públicos por los diversos géneros radiales”. Pero cuando se clasifican los textos radiofónicos con los que esos públicos toman contacto se tienen en cuenta los tipos de onda (AM o FM) y la franja horaria en la que se produce el contacto (días hábiles o feriados; mañana, tarde, noche o trasnoche).

Esa clasificación no es absurda; responde a ciertos ordenamientos que re­aliza la sociedad en general y, fun­damentalmente, los operadores del medio (“los que saben”). Así, se dice que a primera hora de la mañana la radio debe ser “tranquila” (como cualquier persona, que gusta desper­tarse sin sobresaltos) y que debe irse acelerando con el transcurrir del día. Así también la AM debe te­ner ritmo y ser informativa y la FM debe privilegiar las voces melodio­sas y la música para aprovechar su mayor fidelidad. No puede re­procharse a estas clasi­ficaciones el no ser opera­tivas, dado que seguramente sirven para ordenar la vida social.

Pero ¿qué ocurre cuando una emisora de FM, como la Rock & Pop, se llena de gritos, de actividad y de música no considerada “melodiosa”? La socie­dad, los operadores de los medios, no se quedan azorados sin poder clasificar. Todo lo contrario: rápidamente la convertir n en una “emisora juve­nil”. Otra vez, la clasificación posiblemente resultar  operativa, entendible. Pero si se ha­bía clasificado la pro­gramación según el tipo de onda, para ver después qué seg­mentos sociales tomaban contacto con cada tipo, se en­contrar  con que donde antes aparecía una supuesta clasifi­cación de programaciones, ahora aparece una su­puesta clasi­ficación de segmentaciones sociales.

Por lo tanto, esa pro­gramación de la Rock & Pop (más parecida estilísti­camente, en muchos rasgos, a la AM que la FM) se nos escapar  de la investi­gación, quedando integrada a las FM que escuchan los jóvenes, o deberemos clasificar el conjunto de la programa­ción según los gustos por edad, lo que nos lleva otra vez al principio.

Si introdujéramos en esa indagación la clasificación de modelos de pro­gramación que hemos propuesto, aún en el rudimentario nivel desarrollado aquí, un fenómeno como el de la Rock & Pop no se nos habría escapado. Se podría man­tener la segmentación por franja horaria, que clasifica genérica­mente tipos de actividades sociales, y se debería contar, además, con una descripción que cubriera emisoras y modelos cruzados por esa franja horaria.

Por supuesto, la investigación sería más refinada (y más trabajosa de re­alizar) si incluyéramos precisiones de género y estilo. Pero, también en ese de­sarrollo, debería encon­trarse un difícil equilibrio: las cla­sificaciones de los tex­tos radiofónicos deberían ser repre­sentativas de las programaciones efectiva­mente existentes y, al mismo tiempo, escapar de las clasificaciones y valoracio­nes evidentes de la sociedad.

Otra línea de investigación sobre la instancia de re­conocimiento son los testeos que se realizan para evaluar impacto, recordación, interés, acuerdo/desacuerdo, etc. Se han realizado experiencias en laboratorio en las que se ha hecho escuchar a grupos de personas un listado de noticias leídas de ma­nera neutra[1]. Luego, se consulta a los encuesta­dos sobre recorda­ción, compren­sión, interés, etc. En esos casos, no hay po­sibilidad de diferenciar los inte­reses pro­vocados por lo temático en sí mismo, de los que resultarían de su presen­cia en un género informativo radio­fónico.

Desde ya, el testeo en laboratorio no es el único po­sible; también pueden testearse sobre personas que reconoz­can ha­ber escuchado los textos acerca de los cuales se de­sea indagar. Ambos métodos tienen ventajas y desventajas, y la uti­lización de algunos de ellos de­pender  de los objeti­vos de la investigación. Una ventaja del laboratorio, por ejem­plo, es la de que se pueden controlar los textos estí­mulos pero, como contraparte, nunca se tratar  de una “escucha autén­tica”. En la “escucha auténtica” se tiene la posibili­dad de indagar oyentes efectivos de los textos pero, como ejemplo de sus desventajas, una recordación escasa podrá depender tanto de caracterís­ticas específicas del texto como de la circunstancia, o el hábito, de una es­cucha dis­traída.

Para ambas vías de investigación resulta útil la pers­pectiva de análisis que hemos lle­vado hasta aquí, en la me­dida en que permite constituir una teoría de los textos a investigar. Podemos tomar un ejemplo siguiendo en el campo infor­mativo aunque, por supuesto, para dar cuenta de ese ejemplo re­sultarían necesarias descripciones detalladas de géneros y estilos periodísticos[2].

Los programas periodísticos radiofónicos son, por de­finición, construi­dos por un emisor grupal y profesional cuyos integrantes, a través de distintos procedimientos retóricos, ponen en tensión constante las perspectivas con­vencionales de la objetividad y la opinión, abordando aquello que, conflictiva pero también convencio­nalmente, puede definirse como la actualidad.

Sin embargo, a pesar de ese componente grupal y profe­sional, los pro­gramas periodísticos son conducidos, casi siempre, por los denominados “periodistas estrella”. Estos apa­recen como individualidades notoriamente diferen­ciadas, que centralizan los textos en los que participan y que tienden a te­ner, por así decirlo, una vida social “extratextual”.

La sociedad, por su parte, tiende a clasificar a esos periodistas es­trella en una grilla que podría denominarse como ético-ide­ológica. De ese modo, nadie discutiría que, como ejemplos, Neustadt es “liberal de derecha”, Magdalena Ruiz Guiñazú es “liberal progresista” y Aliverti es “de iz­quierda”.

Esas categorías tienen como problemas su excesiva ge­neralidad y el he­cho de estar demasiado sintonizadas con el sentido común social y con la propia conciencia de los emisores, pero podríamos comenzar por aceptarlas. Pueden ob­servarse, al pasar, ciertas disimetrías en el estatuto de los componentes pues­tos en juego en esa clasificación. Izquierda y derecha responden a cierta tradi­ción, aunque con­flictiva, del reconocimiento de discursos políticos y la clasifi­cación de sectores en nuestro país. Los términos li­beral y progresista, en cam­bio, tienen una focalización partidaria más endeble, un uso global más reciente y tien­den a definir espacios del tipo “arco” o “espectro”, en ge­neral transparti­dario. Vemos en­tonces que, sobre uno de los individuos, M. Ruiz Guiñazú, re­caen dos términos de mayor abstracción[3].

De todas maneras, no será a través de los rasgos de diferenciación que podrá  explicarse el componente común de estrellato que une a estos periodistas. Tampoco resultar  útil el lugar de centralidad que ocupan en los programas, rasgo que deber  ser visto más como consecuencia que como causa de algún procedimiento discursivo (de todos a los que se les otorgó esa posición de cen­tralidad, sólo algunos pu­dieron mantenerla y desarrollarla).

Si queremos describir elementos de construcción de in­dividualidad de los tres perso­najes que analizamos, encon­tramos que utilizan largos lapsos tempo­rales para dar a co­nocer su opinión individual. Por supuesto, sus maneras de ar­gumentar, los temas privilegiados, la orientación de las opiniones, etc., varían relacionándose seguramente con la posición ético ideológica que sustentan y le es reconocida a cada uno. Pero esos rasgos, que sin ninguna duda son im­portantes, son todavía “extrarradiofónicos”. Es decir que los rasgos que testearíamos estarían vinculados a tenden­cias existentes en la sociedad dentro y fuera de la radio, encarnadas, en este caso, en estos individuos.

Partiendo, en cambio, de los modos generales de enun­ciación radiofónica notaremos que Neustadt y Aliverti desa­rrollan su opinión situados en posición de modo soporte, sin ningún contexto espacial que rodee sus voces en ese mo­mento[4]. Magdalena Ruiz Guiñazú, en cambio, lo hace discre­tamente desde el modo emisión, en medio de ruidos de pape­les y choques de pocillos de café, con menciones de agrade­cimiento y simpatía dirigidas al perso­nal técnico.

Tomando solamente esos rasgos, vemos que se construye una especie de paralelismo entre lugar social ético-ideoló­gico y lugar social individual ocupa­dos. La concreción de la posición política ubicable (derecha e izquierda) va acompañada por una concreción individual de tipo “corporal”. La posición más abstracta en lo político, por su parte, va acompañada de un entretejido de lo in­dividual con la institución emisora (en su más amplio sen­tido). Una consecuen­cia que puede derivarse de esta diferencia es ese alto grado de exposi­ción a los resultados de movimientos de adhesión/rechazo que muestran Neustadt y Ali­verti frente a esa especie de intangibilidad que muestra Ruiz Guiñazú, que la hace aparentemente inmune a cualquier crítica y no nece­sitada de adhe­sión.

La profundización del análisis de estos ejemplos segu­ramente enriquece­ría la observación sobre estos fenómenos y, tal vez, haría reformular alguno de los resultados. En tér­minos del objetivo que tenemos aquí, bastan para mostrar que la incorporación de esta pers­pectiva sirve para el perfeccio­namiento de los testeos, tanto como criterio de indagación so­bre la escucha efectivamente radio­fónica, como para el agregado de rasgos pertinentes a los textos-estímulo, en las experiencias de laboratorio.

El último aspecto de los problemas en el estudio de los efectos que se quiere abordar aquí tiene que ver con el “uso” que los receptores hacen de la emisión radiofó­nica. Sobre esto se ha reflexionado dispersamente[5]. Sólo recien­temente se ha publicado entre nosotros un texto, Má­quinas de comunicar de Pe­rriault, en el que se reflexiona ordenadamente sobre este tema.

La primera diferenciación que debe hacerse es entre uso del dispositivo técnico y uso del discurso radiofónico. Así como, histórica y míticamente, la espectación en las salas cinematográficas ha sido utilizada para el desarrollo de relaciones amorosas, un aparato radio­fónico portátil puede ser utilizado por un grupo de jóvenes, encendido o apagado, para jugar alguna especie de rugby ca­sero. Ambos pueden ser fenómenos sociales interesantes, pero desde nin­guno de ellos se esclarecer n problemas de lenguaje de los medios.

En el caso de la radio, la frontera entre uso técnico y uso discursivo se manifiesta claramente en el pasaje, descripto por Perriault, del “oir” al “escuchar”[6]. En las primeras emisiones radiofónicas (telefónicas y fonográficas también), el efecto de fascinación era producido por el he­cho de oír la emisión. Debió pasar un cierto tiempo, hasta que se estabilizaran las emisiones y sus formatos, para que el interés se depositara en lo escuchado.

Esta cuestión tiene su importancia porque, si nos in­teresa prever la posi­ble efectividad de, por ejemplo, un spot publicitario o propagandístico, las hi­pótesis deberán sostenerse en un doble soporte. Por un lado, en el lugar que ocupa ese spot en los fragmentos de programación radio­fónica en que es pau­tado. Por el otro, en las “costumbres de escucha” en que esos textos se insertan. (Como se ve, se abre aquí un ancho campo de colaboración entre semiótica y sociología).

Cuando describíamos los tres grandes modelos de pro­gramación radiofó­nica, establecíamos para la radio-emi­sión la constitución de un receptor –especí­fica e inevitablemente– radiofónico. Inversamente, la radio-transmi­sión (apoyada en la mostración de un espacio so­cial justi­ficado extrarradiofónica­mente) permite un receptor que no necesita recono­cerse como mediático. Desde este punto de vista, y sin profundizar de­masiado, el lugar del enun­ciador explí­cito del spot (producto, empresa o institución) tiende a ocupar los luga­res clara­mente diferenciados de anunciante y auspiciante, respectivamente. En ambos casos, la situa­ción efectiva de escucha, sin dejar de ser interesante, es secunda­ria. En la radio-emisión se pueden describir, como vimos, procedimientos tex­tuales para “cortar la distrac­ción” y en la radio-transmisión la oposición aten­ción/distracción puede postularse como regulada por conven­ciones externas al medio.

La radio-soporte, en cambio, presenta el problema de sostener dos situa­ciones de re­cepción cuyo conocimiento es sólo en parte discursivo. Una, en el ex­tremo de la atención, exigida por el locutor que, desde el parlante, re­flexiona sin especificar su posición radiofó­nica. La otra, en el extremo de la distracción, bordeando la práctica de la música funcio­nal[7].

Por supuesto que desde el análisis de los textos de la radio-soporte se pueden estable­cer diferencias que justifi­quen ambas series de posiciones de es­cucha. Pero no debe olvi­darse que ese tipo de recepción cercano a la música funcional lo hemos reconocido por la observación de esa es­cena en, por ejem­plo, lugares de trabajo. Nada impide que coexista (como parece que efectiva­mente ocurre) con una es­cucha atenta del tipo “serie de temas mu­sicales”, ocu­pando la radio un lugar cercano, en este caso, al del “equipo de música”. A este tipo de escucha no se lo debe clasificar necesaria­mente como “distraído”.

Si en la oposición atención/distracción el entrejuego entre semiótica y sociología se ve como necesario, aunque con cierta acentuación global en la se­miótica, en el caso de la oposición entre escucha individual y grupal los pe­sos se invierten.

La oposición individual/grupal tiene importancia fun­damental en los es­tudios de reconocimiento, dado que per­mite estudiar cierres y aperturas de pro­cesos de impacto o recor­dación a partir de la existencia o no de comentarios “en caliente” sobre la escucha. Sería una exageración en este caso postular escuchas efectivamente grupales para la radio-emisión y escuchas efectivamente indivi­duales para la radio-soporte. Parece que, en este plano, “primero” hay que clasi­ficar y cuantificar posiciones de escucha y “después” vincularlas con los len­guajes radiofónicos (aunque esta vinculación pueda adelantarse en el mismo cuestio­nario).

Esas posiciones de escucha no pueden clasificarse ex­clusivamente por el “lugar físico” en que se desarrollan porque, como vimos en el capítulo sobre la mediatización, en el automóvil o en cualquier otro espacio pueden darse escu­chas individuales o grupales. Una primera mirada, a ex­plorar más profunda­mente, permitiría diferenciar tres posi­ciones: individual, grupal y social (este último caso en, por ejemplo, el transporte o en lugares de cir­culación pú­blica).

Las observaciones de este punto permiten entrever un camino de abordaje del fenómeno radiofónico en toda su com­plejidad, a partir de nuevas articula­ciones disciplinarias. Lo semiótico enriquece y se enriquece cruzándose con otras miradas. Para continuar este desarrollo, los géneros y es­tilos radiofónicos nos aguardan.

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[1] Ver Pereira Garza, M.
[2]
Trabajo en preparación. Algunos avances, en Fernández, J.L. 1989 (b). Los ejemplos que se exponen brevemente aquí fueron desa­rrollados en dos seminarios denominados “Análisis de estilos periodísticos radiofónicos” dictados en la Carrera de Ciencias de la co­municación, Fac. de Cs. Soc., UBA, como actividad extracurricular de la Cáte­dra Semiótica de los géneros contemporáneos, en los años 1989 y 1992.
[3]
En términos generales, parece que mientras Neustadt es ligado al liberalismo, considerado conser­vador, europeo, M. Ruiz Guiñazú es vinculada con el liberalismo, más progresista, de ciertos sec­tores del Partido Demócrata de Esta­dos Unidos de América.
[4]
Una diferencia entre ambos: Neustadt abre su programa de esa manera, como primer contacto, y Ali­verti emite su opinión en mo­mentos m s avanzados del texto, con un formato equivalente a un edi­torial. Esta diferencia, como muchas otras, no parece importante en este nivel de ejem­plificación.
[5]
Ciertas observaciones que hemos citado previamente de, por ejemplo, R. Mier y H.M. Enzensberger, tienen que ver con estos pro­blemas.
[6]
Perriault, J. p.114.
[7]
Como se ve, la oposición atención/distracción se encabalga, prácticamente, con la anterior entre escuchar y oir.

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