Los medios y el poder y el poder de los medios

Se vienen las campañas electorales en la Argentina y los medios y su importancia política, que nunca dejaron de estar en el centro de la escena, ahora estarán en el centro incendiado de la coyuntura. Sobrarán oportunidades para hacer investigaciones que generen conclusiones interesantes. Pero la práctica de la investigación científica no es solamente construir resultados, publicarlos y discutir las novedades teóricas generadas a partir del propio trabajo. La experiencia nos muestra que no vivimos guiados por esa especie de desarrollismo ingenuo y optimista.
En la medida en que estudiamos aspectos específicos de los medios, no deja de asombrarnos el efecto de creciente complejidad cuando desentrañamos sus letras, sus imágenes, sus sonidos, cuando establecemos relaciones, intersecciones, influencias, alternatividades, entre esos discursos mediáticos y la vida social en general, y urbana en particular.
La vida mediática —en este sentido, tanto como la vida urbana— construye un presente percibido como continuo, ordenado en diversos antes y después de los que no se registran sus heterogeneidades; y un espacio percibido como homogéneo, en el que los saltos de ámbito que resultan evidentes frente al análisis, son enduidos en los recorridos que hace el receptor o el ciudadano. Se construyen tiempos y espacios contenedores de la realidad y el conflicto social. Deja de percibirse, entonces, el centro de la producción mediática, para privilegiar la atención en los contenidos de los medios o en sus efectos.
Que no haya inquietud por la repetición. Sí, estamos tocando el centro de las discusiones que vienen sucediéndose sobre la importancia de los medios, sus amenazas y sus oportunidades, (¿sin solución de continuidad?) desde que los medios existen, pero esperamos que se note que queremos presentar nuestros aportes a esa discusión como resultado de nuestro trabajo y no como efecto de insistencia argumentativa.
Lo que preocupa es que esa ignorancia sobre los aportes específicos de la construcción mediática de la realidad social tiene consecuencias sobre el desenvolvimiento cotidiano de la vida política y cultural de nuestra sociedad, en el más amplio y dramático sentido de esas nociones.
Se sabe que hay dirigentes políticos y sociales que, ya hace tiempo, han decidido rendirse al supuesto poder de los medios —como ellos lo entienden. Allá ellos; es una decisión política de la que son responsables, y también terminan siendo responsables de sus resultados. La debilidad territorial y argumentativa cada tanto les pasan factura y, así como disfrutan de su momento de éxito, desaparecen cuando la corriente se vuelve contraria y el torrente mediático que contribuyen a fortalecer los ahoga, alejándolos de la consideración pública.
En diversos momentos y lugares en Latinoamérica, entretanto, y con insistencia en los últimos años, otros dirigentes políticos y sociales han decidido confrontar, más o menos abierta o genéricamente, con el sistema de medios o con algún sector de los mismos. Es en esos casos en que la ignorancia sobre la complejidad del espacio temporal de la mediatización y la preocupación excluyente por sus contenidos, muestran la debilidad de la posición.
Un dirigente con esa debilidad, se muestra satisfecho cuando expone claramente sus ideas, venciendo en la pantalla a la fuerza opositora del medio que tiende a oscurecer su posición, y mucho más se satisface si este efecto se produce en la discusión directa con un periodista prestigioso. En caso de que esas victorias no se obtengan, los dirigentes y sus compañeros de travesía (que se entienda, frecuentemente nosotros mismos) deciden tener medios propios, que transmitan con transparencia sus ideas y desenmascaren a sus adversarios.
Con décadas de fracasos en esos esfuerzos de combate, siempre mitigados por éxitos parciales y momentos de euforia exitosa, ninguna evidencia puede conmover todavía a los actores sociales. Si bien nadie niega la necesidad de líneas argumentativas claras, consistentes y con permanencia en el tiempo, parte de esas argumentaciones, —y otras que resultan desapercibidas—, se producen en el propio entramado de la construcción espacio temporal de los medios, en términos de los usos y abandonos de sus complejos dispositivos técnicos que los materializan.
¿Cuál es la consecuencia de ello? Es que resulta imposible capitalizar el supuesto éxito mediático en otras series de la vida social. Grandes éxitos en discusiones mediáticas han convivido con grandes fracasos electorales. Grandes denuncias sobre corrupción se han revertido dañando la imagen del denunciante. Lúcidos argumentos racionalistas han distanciado a dirigentes de sus bases. Es decir, los medios entran en crisis por el propio desenvolvimiento de sus discursos y sus tecnologías. Los discursos políticos entran en crisis, en cambio, en una escena que, como la mediática, no debería ser la única en que se desempeñen.

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