I. Introducciones a un “objeto” complejo

Los textos radiofónicos nos ro­dean en nuestra casa, en el transporte y en el trabajo. Esa om­nipresencia lleva a “naturalizar” su exis­tencia. A la naturaliza­ción también contri­buye el hecho de que cuando la mayor parte de noso­tros na­cimos, la radio ya ocu­paba ese lugar preponderante en la vida cotidiana. Un com­plejo proceso de producción so­cial de sen­tido tiende a convertirse en un ele­mento más del pai­saje urbano.

La naturalización no impide que “la ra­dio” sea identificada por la socie­dad como un fenómeno dis­cursivo per­fectamente diferenciado: nadie la con­funde con “la televi­sión”, “la prensa” o “el teléfono”.

Pero ¿cómo se refiere la sociedad al fenómeno radiofó­nico?, ¿qué dice cuando dice  “escucho la ra­dio”? Algunas ve­ces no parece circunscribir más que un dispositivo técnico –o, me­jor di­cho, un conjunto de ellos– que sin embargo es uti­lizado por la misma socie­dad de maneras muy diferen­tes. En otras ocasio­nes, el término sirve para identificar sin precisión a una emisora. Por último, y muy frecuente­mente, suelen delimitarse se­ries de textos (escuchar “la radio” es escuchar “programas” o “tipos de programas”) con­siderados inadver­tidamente como propios del medio, aunque su enumera­ción ja­más agotaría las posibilida­des discursi­vas, efecti­vas o virtuales, que al­berga el disposi­tivo ra­diofónico.

Esa oscura pero persistente voluntad de clasificación es inevitable: dado que para cualquiera resulta­ría difícil describir la vida en nuestra socie­dad sin te­ner en cuenta a la radio, la red de la semiosis social reacciona otorgán­dole un lugar dife­renciador pero vinculado de alguna manera al resto de la vida social. Ese proce­dimiento, habitual para cualquier fe­nómeno de la so­ciedad, no debe ser rigu­roso para cumplir su función clasificadora.

Fuera ya de ese tipo de metadiscurso, que se suele denominar correcta­mente como “silvestre”, en el campo de la teoría social se ha escrito bastante sobre este medio, aunque sin alcanzar la extensión editorial dedi­cada al cine y, en un grado menor, a la televi­sión. Lo cierto es que pueden encontrarse textos que abor­dan la problemá­tica ra­diofónica desde distintas perspecti­vas y, muchas de ellas, con voluntad de ri­gor.

Sin embargo, una mirada general sobre el conjunto de esa bibliogra­fía (que se tratar  de profundizar en el con­junto de este trabajo), produce cierto efecto de confusión sobre el lector atento.

Lo primero que sorprende es que, a casi setenta años de la consolidación de la radio como fenómeno discursivo, sea todavía habitual que cualquier tra­bajo medianamente abarcativo sobre el tema “comience de cero”. No importa cuán abundante sea la bibliografía que aparezca citada, una vez más se descri­bir  el contexto histórico, económico y social de la aparición del medio, se ha­rán precisiones so­bre los primeros dispositivos técnicos y sus respectivos inven­tores, se narrar n las aventuras de los pioneros y sus primeras emisiones y se constatar  que los grandes modelos de propiedad fueron el público y el pri­vado.

Probablemente, la excepción a ese eclecticismo del eterno comienzo sean los trabajos que se preocupan sobre los “efectos” en el público del discurso ra­diofónico. Allí, desde el ya clásico estudio de Lazarsfeld hasta nuestros días, no parece resultar necesario historiar y definir el objeto. La radio es un fenómeno dado que distintos sectores sociales escuchan y debe estudiarse cómo se compo­nen esos sectores y con qué resul­tados de conducta. Como siempre en que la vida de los dis­cursos sociales es estudiada convirtiendo al propio objeto de inter­cambio (los textos) en una “caja negra”, nunca de­jar  de llamar la atención las pocas posibi­lidades de esos es­tudios para dar cuenta de qué es lo que ocu­rre en la intimidad del proceso de intercambio (qué es lo que en el texto, efectiva­mente, genera adhesión o rechazo, por ejem­plo).

De cualquier manera, queda claro que hay tres gran­des tipos de proble­mas que pue­den circunscribirse en el con­junto de la bibliografía:

  • los que suelen denominarse factores “externos” a lo dis­cursivo (contextos históricos, eco­nómicos, sociológicos, tecnológicos, etc.);
  • los propiamente discursivos (géneros, estilos, lenguajes o fragmentos de ellos provenientes de otros soportes tex­tuales, etc.) y
  • los que pueden englobarse dentro del tema general de los “efectos” y los         procedimientos de lectura (en este caso de escucha).

No debe haber nadie entre los que nos preo­cupamos por la vida social, que considere poco importante alguna de esas áreas. Con seguridad, también es unánime el consi­derarlas interrelacionadas; ninguna tendría sentido sin la pre­sencia de las otras. La existencia misma de la diferen­ciación es analítica y, por lo tanto, parcialmente capri­chosa y, sin dudas tam­bién, resultado de “elecciones ideoló­gicas”.

Para comprender el complejo entrejuego de inclusiones y exclusiones aparentemente inevitables entre esos niveles, podría tomarse como ejemplo la todavía exitosa discriminación en­tre lo interno y lo ex­terno. Acerca de ella, Ve­rón ha demostrado que su utiliza­ción en la dimensión dis­cursiva es esen­cialmente falsa[1]. Resulta im­posible es­cindir –para tomar un ejemplo que ha sido bien descripto por Gould­ner en La dialéc­tica de la ideología y de la tecno­logía– el con­junto de desarro­llos en las téc­nicas de im­presión y de pro­ducción de pa­pel, que posibi­litó la apari­ción de los gran­des dia­rios a fines del siglo XIX, de la ca­pacidad de in­versión de un cierto mo­mento del capita­lismo; de nuevos hábitos de vesti­menta, de conversa­ción y de lec­tura; del aprovecha­miento de la m ­quina de va­por; de nuevas relacio­nes entre las pala­bras y las imágenes; etc.

Pero, más allá  de la exactitud de esa perspectiva gene­ral, la considera­ción del doble aspecto, in­terno y ex­terno, de estos fenómenos seguir  te­niendo vigen­cia. Toda­vía es habi­tual que al abordar procesos discursivos mediá­ticos se tengan en cuenta, en primer lugar, los condicionan­tes externos. La lucha contra esa especie de ba­rrera que impide el estu­dio específico de los len­guajes so­ciales exige la foca­lización explí­cita sobre los denomina­dos as­pectos internos; la dis­tracción acerca de ese obje­tivo lleva frecuentemente a recorrer el ca­mino de la generali­zación no fundada (o fun­dada exclusiva­mente en aspec­tos ex­ternos).

Recapitulando sobre este punto, tal vez pueda enten­derse mejor ese efecto de confu­sión que atraviesa la bib­liografía sobre lo radiofónico: no parece existir una je­rarquización de niveles aceptada por una parte importante de los estu­diosos que permita responder a pre­guntas del tipo: ¿qué es efectivamente la radio como fenómeno discur­sivo social? ¿qué escu­chan los oyentes, más allá  de lo que describe el sentido común? ¿sobre qué bases establecer las diferencias entre el fenómeno radiofónico y el cinematográ­fico o el televisivo, entre otros?. Esa acep­tada carencia de jerar­quización es la que genera el vacío estructural que po­sibilita el recurrente “empezar de cero”.

La posibilidad de comenzar desde un principio debe llevar, como primer procedi­miento, a tratar de describir la escena del intercambio radiofónico. En esa escena aparece una institución, denominada emisora, que provee cierto he­rramental técnico, edilicio y administra­tivo que permite emitir hacia el resto de la sociedad series de tex­tos de distintas características. Los ras­gos comunes de estos textos sólo parecen circunscri­birse a que deben ser re­cibidos –gracias a la posesión de otro dispositivo técnico denomi­nado receptor– a través del oído y que a ese heterogéneo conjunto discursivo, la socie­dad acepta atri­buirle sentido.

En este plano introductorio y de amplia ge­neralidad aparece la necesidad de una acla­ración acerca de la noción de intercambio. Este concepto, de ya clá­sica uti­lización en cien­cias sociales, tiende a relativizarse cuando se afronta la denominada comunicación masiva, dado que suele clasifi­carse a los medios ma­sivos como unidirec­cionales, frente al ida y vuelta inmediato que permite el contacto cara a cara o el teléfono. Sin embargo, procedimientos habituales en el universo radiofónico como el co­rreo o las llamadas telefónicas de oyen­tes, los metadiscur­sos de otros soportes me­diáticos o de la conversación coti­diana, las mediciones de rating, etc., son múltiples proce­dimientos de “retorno” discursivo. Las dife­rencias en este nivel, que no dejan de ser muy im­portantes, no afectan la existencia del intercambio en sí, sino a las variadas moda­lidades con las que puede aparecer y los regíme­nes a través de los que se es­tabiliza.

Una observación global sobre el conjunto de esa escena radiofónica indi­caría a un sentido común paradójico (dado que se opondría a otros mandatos del propio sentido común) el lugar central e ineludible que ocupan los textos que se intercam­bian en el conjunto del circuito. Lo que sostiene al con­junto del an­damiaje es la existencia de la emisión de esas se­ñales que son consideradas por­tadoras de sentido.

El hacerse cargo de esa perspectiva lleva a otorgar un lu­gar privilegiado, en el análi­sis de los fenómenos involucra­dos, a la “instancia semiótica”. Esto implica necesariamente la jerarquización de una de las dis­ciplinas que aborda el fenómeno radiofónico (la llamada específicamente semiótica) por sobre otras que, como la his­toria, la econo­mía, la sicología, la sociología, etc., han tenido, tienen y tendrán seguramente, un lugar en el estu­dio del fenómeno. Pero antes de profundizar esa discusión –que tiene que ver, entre otras cosas, con la rivali­dad en las incumbencias profesionales– conviene detenerse en ciertos procedimientos que afectan el lugar que ocupan los textos, en cualquier tipo de estudio sobre fenómenos discur­sivos.

Cuando, y sólo para tomar un ejemplo, se hace un estu­dio de la segmen­tación del público radiofónico, se estable­cen cantidades de público por emisora, por tipo de onda (AM o FM) o por horario[2].

Esos grupos de público se clasifi­can luego internamente por sexo, ni­vel socioeconómico, nivel de esco­larización, etc.

Esos datos son interesantes pero ni el investigador ni su cliente piensan que lo que nuclea a los segmentos esta­blecidos alrede­dor de los aparatos recep­tores es el tipo de frecuencia utilizada, el horario de emisión o el nombre de la emisora (sin que nieguen que todo ello tiene su impor­tancia). Lo que se hace, en realidad, es una conversión parcialmente consciente al “tipo de programa­ción” corres­pondiente a cada ni­vel (programación tipo AM o FM; de la mañana, de la tarde  de la noche, programación de tal emi­sora como diferente a la de tal otra; etc.). Inad­vertidamente, se pro­duce en esos casos un pasaje del régi­men tecnológico o del régimen horario, al de una es­pecie de régimen de los géneros y de los estilos sin circunscrip­ción específica.

Esa necesidad de “traducción” al nivel semiótico se extiende a cualquier tipo de estudio. Quiere decir que es difícil eliminar su­perficial y rápidamente el estudio de la instan­cia semió­tica o controlar las consecuencias de su falta. En este sentido, lo que pueden discutirse son las he­rramientas que resultan más úti­les para que el trabajo sea provechoso y allí introducir la disputa por las incumben­cias profesionales. De no ser así, lo que se consigue en general es pro­ducir una “mala instancia semiótica” por su poca preci­sión y, fundamen­talmente, por su apego al sentido común clasificador de la sociedad. La situa­ción re­sulta equivalente, aunque desde otra perspec­tiva, a aquello que se men­cionaba antes como propio de las reflexiones sil­vestres sobre la radio: la presen­cia de des­cripciones no jerarquizadas de la pro­gramación radiofónica que no consi­guen instalar una perspectiva unificante.

Es decir que se aborda la programación radiofó­nica, explícita o implícita­mente, a partir de las clasifi­caciones sociales de textos (llámense géneros o esti­los) que la pro­pia práctica de lo radiofónico instituye. Ya Metz había ad­vertido sobre la ambivalencia de esos produc­tos del vero­símil sociodiscur­sivo de un cierto momento his­tórico que, por un lado, ocul­tan procesos de producción de sentido so­cial pero, por el otro, es necesario tener en cuenta para comprender la cons­trucción de convenciones dis­cursivas[3].

No hay ninguna duda acerca de que estudiar géneros y estilos es funda­mental para estudiar discursos sociales. Pero el hacerlo desde “posiciones sil­vestres” conlleva el riesgo de ontologizar o confundir categorías que, por defi­nición, son poco rigurosas. A esa condición confusa de los estudios sobre género y estilo se refiere Steimberg cuando, en su extensa revi­sión de bibliografía, descubre que las categorías utiliza­das –por distintos autores, en distintas ‚pocas– para circuns­cribir fenómenos de uno u otro tipo, se restringen a rasgos temáticos, retóricos y enunciativos que servirían para es­tablecer la pertenencia de un conjunto de textos a un género o a un estilo. Por lo tanto, no aparecen rasgos diferenciadores del fe­nómeno genérico del estilístico en su conjunto[4].

En otras palabras, las clasificaciones de conjuntos de textos que funcional­mente apa­recen en la sociedad como cla­ramente dis­criminadoras, no constru­yen categorías de análi­sis que di­ferencien entre sí a los fenómenos: un “análisis de estilo” puede producir resultados muy parecidos a un “análisis de género”.

Uno de los caminos que toma Steimberg para diferenciar géneros de es­tilos es, por ejemplo, el de las distintas ma­neras en que uno y otro son delimita­dos por sus metadiscursos[5]. Más allá  de la importancia específica de esos tra­bajos, lo que interesa rescatar aquí es que su riqueza está en el propio punto de vista del estudio (en este caso la con­sideración, generada por la teoría, del lugar del metadis­curso aunque, sobre esto, la socie­dad “hable poco”). El resultado de un punto de vista semiótico equi­valente es lo que falta en las teorías de lo radio­fónico.

¿Cómo situar el lugar de los textos en el conjunto de la escena radiofó­nica descripta? Frente a la inutilidad de estudiar en el mismo campo teórico la vida de los textos y sus efectos, Verón ha establecido que la “circulación” de un texto es la diferencia entre las restricciones que impo­nen las condiciones de producción del mismo y las restric­ciones que imponen las condiciones de su re­conocimiento por la so­ciedad [6]. En otros términos, un texto es el resultado de una encrucijada de convenciones discursivas sociales y, en el otro extremo, cada lec­tura posible puede pensarse a su vez como el resultado de otra encrucijada de conven­ciones discursivas sociales.

El único riesgo de esa perspectiva ordenadora es que, en sintonía con cierta incorrecta interpretación de las “teorías de la lectura”, el lugar del “texto efectiva­mente cons­truido por la cultura”, sea reemplazado por la “idea” que del texto se hacen el analista o el propio lector.

Un ejemplo de la vigencia de esos riesgos se encuentra en un trabajo muy interesante de Raymundo Mier que se ins­cribe en las tendencias postestructura­listas que procuran, desde el análisis, disolver los componen­tes de gene­ralización y “estabilización” inherentes a toda teoría sis­temática[7]. El in­tento, además, es escapar a la habitual oposición entre “apocalípticos” e “integrados”, distancián­dose tanto del funcionalismo de La­zarsfeld como de la posi­ción “crítica” de Enzensberger. Su preocupación se focaliza en la posibili­dad de que se difundan nuevas formas de cons­trucción institucional ra­diofónica, mientras reivindica la fragmentación e independen­cia de distintos recorri­dos de lectura.

Mier cuestiona todo principio de genera­lización acerca del proceso dis­cursivo radio­fónico, dado que éste de­rivaría en múltiples recorridos de “lectura”, variables según condi­cionamientos sociales, históricos y hasta individua­les, mu­chos de ellos absolutamente im­predecibles y co­yunturales. A pesar de ello deja abierta la posibilidad de descrip­ción (nunca “cerrada”) de esos recorri­dos de sen­tido, y en esas descripciones posibles otorga un lugar impor­tante a la “materialidad” –no sólo técnica– que dife­rencia a la radio del resto de los soportes discursi­vos.

Pero la preocu­pación predominante por los “efectos de lec­tura” lo lleva, para ejemplificar acerca de la independen­cia de esos recorridos, a citar algunos efectos de la rela­ción entre la radio y la sociedad colonial arge­lina en pro­ceso de liberación desarrollados por Fanon[8].

Fanon describe múltiples cambios producidos en la re­cepción de textos radiofónicos durante el transcurso de la lucha anticolonial, según el sector en que se alineaban tanto los medios como la población. Estos cambios influye­ron hasta en el aumento de las ventas de aparatos recepto­res. Su explicación incluía los cambios en la “oferta dis­cursiva” del me­dio, acentuando su adecuación a las nue­vas situaciones políticas.

Un fenómeno,  enmarcable sin duda en esas nue­vas rela­ciones con el me­dio, fue el efecto de “fantasía” audi­tiva que se producía ante las interferen­cias que sufrían las emisiones del Frente de Liberación Nacional: los oyentes recons­truían lo que la radio había di­cho, aunque no se po­día saber si efectiva­mente ha­bía sido dicho. Por supuesto, se trata de un fenómeno muy intere­sante pero, a la vez, muy específico. En ese caso no se puede hablar de “efecto” de lectura del texto radiofó­nico, dado que éste no existe. Si se sigue el camino de Mier al to­mar este ejem­plo, no se puede eva­luar el lu­gar seguramente impor­tante que el con­junto de los textos radiofó­nicos previos efec­tivamente exis­tentes tuvieron en la conformación de ese mismo efecto fan­tasioso de escucha. La “instancia semió­tica” se escapó por un costado del análisis.

El lugar ocupado por la radio en Argelia nos acerca al tema actual de la llamada “comunicación alternativa”. Como plantea muy bien Máximo Simpson, para poder reflexio­nar so­bre lo alter­nativo hay que remitirse a la posibilidad de establecer “… una elección de una cosa en lugar de otra…”[9]. Por ejemplo: ciertos aspectos de la historia de las radios mineras en Bolivia muestran que, aun en un ám­bito re­lativamente homo­géneo en lo socio­cultural y en lo político, al­gunos com­ponentes no atribuibles a las condi­ciones de propiedad y a la “cercanía” entre emisores y re­ceptores tie­nen una vigen­cia específi­camente dis­cursiva: los oyentes reclamaban que quienes ha­blaban a través del medio lo hi­cieran como “locutores” ra­diofónicos[10].

Por eso, seguramente ante la imposibilidad de sostener la diferencia, al­gunas publi­caciones recientes, a pesar de trabajar en la construcción de radios populares, incorporan criterios de “formato” provenientes de “la radio” que apa­rece, entonces, esencializada. El verosímil discursivo so­cial ha ganado, en ese caso, una nueva batalla[11].

Para evitar esa victoria constante del verosímil dis­cursivo, debería re­construirse con rigor la instancia semió­tica. Habría que preguntarse, entonces, qué fenómenos corres­ponde tener en cuenta para englobar los rasgos inter­nos de la actividad radiofó­nica. La res­puesta parece surgir con sencillez: deben des­cribirse los disposi­tivos técnicos que constituyen la tecnología radiofónica y los textos que, emitidos a través de esos dispositivos, circulan por la sociedad.

Las dificultades para precisar esos planos de supuesta especificidad apare­cen rápida­mente porque, tanto en el de­nominado plano técnico como en el textual, la radio aparece formando sis­tema con otras series de fenómenos. En la téc­nica y sus efectos, la radio es evi­dentemente parte de una constela­ción que integran el teléfono y los procedimientos fonográficos. En el plano de los textos, la radio interac­túa permanentemente con otras formas de comunicación –ma­sivas o no– como por ejemplo ocu­rre a través de la “noticia”, especie de cáp­sula textual que atra­viesa dis­tintos dispositivos técnicos.

También esa diferencia­ción tan tajante entre lo técnico y lo textual, deja abierta la puerta a una afirmación pa­radójica: existiría la posibilidad de encon­trar textos radio­fónicos “fuera” del medio. Como se ver  luego, esa afirmación –que aparece como un rasgo más del idealismo con que suelen enfrentarse los proce­sos discursi­vos socia­les– se sustenta en ciertas condi­ciones efectivas de sus textos.

Cabe aclarar que en este trabajo se utilizan las nociones de texto y dis­curso como las utiliza Verón. Texto es un “concepto em­pírico” que “designa… paquetes de lenguaje que uno encuentra circulando en la so­ciedad…”. Dis­curso, en cambio es un concepto teórico que designa “…un cierto modo de ocu­parse del texto…”[12]. Enfocando así estos conceptos tenemos dos ventajas: po­demos problematizar las observaciones sobre el objeto empírico vinculándolas perma­nentemente con las construcciones teóricas que vamos realizando y, ade­más, ese movimiento mantiene paralelismos con el que hace el observador común que, frente a la recepción de estímulos sensoriales (un film, por ejemplo) abs­trae sentidos generales (la violencia, el amor, etc.). Este último proceso es el que, en definitiva, se intenta captar en el estudio de los “efectos”.

Si se afirma, en una pri­mera aproxima­ción, que los textos radiofó­nicos están compues­tos por “palabras, música y rui­dos”, los textos emi­tidos por la ra­dio aparecen indi­ferenciados con respecto a muchos otros que se encuen­tran en otros ámbitos de intercam­bio discursivo so­cial. Utili­zando ese camino de des­cripción, la radio pro­veería textos inevitable­mente “degradados”, ya sea por la “falta de ima­gen”, frente a la comunicación cara a cara, la cinematográfica o la televi­siva, ya sea por la falta de “interacción” que, en cambio, sí po­sibilita el teléfono. No im­porta que alguna de esas caren­cias sea positi­vada en térmi­nos, por ejemplo, de una posible “expansión de la imagina­ción”; el componente de desvaloriza­ción queda insta­lado.

El primer desafío es el de proponer un procedimiento de abordaje de los textos radio­fónicos –que permita dar cuenta de su especificidad, en caso de que la haya– ale­jado de las fascinaciones o rechazos que generan los medios masi­vos. El segundo desafío es el de lograr que ese proce­dimiento posi­bilite una ar­ticulación de la dimensión semió­tica con las otras  reas de problemas que hemos descripto (la “externa” y la de “los efectos del fenómeno radiofó­nico”), sea en términos de sintonía o de desfasaje.

Con respecto al momento en que Metz co­menzaba a re­flexionar sobre el cine (momento sobre el que volveremos recurrentemente), tenemos una doble ventaja. Una lista relativamente larga de trabajos sobre lenguajes de otros me­dios, aparecidos en estas décadas, nos permite acercarnos al fenómeno de lo dis­cursivo radiofónico sin poner­nos en exclusiva dependencia de los avances de la lingüística (lo que no significa ignorarla). Por otra parte, las discipli­nas que abordan lo social, en la medida en que han ido problematizando sus objetos, han comenzado a preocu­parse por los fenómenos discursivos facilitando una pro­gresiva arti­culación.

El recorrido que se propone aquí consiste, en primer lugar, en la des­cripción de las posibilida­des y restriccio­nes discursivas que aportan los dispositi­vos técnicos ra­diofónicos al conjunto de la trama discursiva social. En segundo lugar, se inten­tar  enfocar las modalida­des me­diante las cuales esos dis­positivos técnicos se encarnan en los textos radiofónicos ins­cribiendo –como siempre ocu­rre, aunque no sea en la su­perficie– lugares de la institu­ción emisora y de sus oyen­tes virtuales. Posteriormente, se tra­tar  de vincular esos resultados con conjuntos de textos “efectivamente existen­tes”. Por último, se relacionar n esos análisis con proble­mas de investigación de efectos en el público.

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[1] Verón, E. 1987(a), Parte II, p.89 y sgts.
[2]
Lazarsfeld and Kendal p. 18 y sgtes. En nuestro país, puede consultarse el interesante trabajo pre­parado por Mer­cados & Tenden­cias, que comentaremos más adelante.
[3]
Metz, Ch. 1974. p.44 y sgtes.
[4]
Steimberg, O. 1993 ps. 41 y 47.
[5]
  Steimberg, O. 1993 p. 67.
[6]
Verón, E. 1987(a) p.129. No hace falta aclarar que “producción” no equivale término a término a “fabricación” y “reconocimiento” no equivale a “escucha”.
[7]
Mier, R. p.128 y sgtes.
[8]
Fanon, F. “Aquí la voz de Argelia”. En: Bassets, Ll. (ed). p.86 y sgtes.
[9]
Ver M. Simpson Grinberg, p.9 y sgtes. Allí otorga, entre otros aspectos, un lugar importante a todo lo que tiene que ver con el len­guaje del medio. En este sentido, las consecuencias son equi­valentes cuando se habla de “radio comunitaria”, “popular”, etc. Siempre habría que conocer el mo­delo al que se oponen.
[10]
Ver: Schmucler, H. y Encinas, O. p. 76 y 77.
[11]
Ver, como ejemplo, el libro de Gutiérrez, G. El problema parece estar allí en una cita de Mario Kaplún donde se sos­tiene que “Para enseñarle latín a Pedro, primero debes conocer a Pedro y luego saber la­tín”. En ese sentido, la mayor parte de nuestro trabajo versa sobre latín. Algo sobre Pedro, lo desarrollamos aquí en V.
[12]
Verón, E. 1986. p.28.

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