II. La entrada mediática

1. Reflexiones acerca del dispositivo técnico

En las teorías acerca de la comunicación, el tema del dispositivo mediá­tico suele ocupar un lugar oscilante: o es la preocupación central o se lo consi­dera como “dado”, sin que pueda procesarse su situación con respecto a lo institu­cional o lo discursivo. Sin embargo, en múltiples aproxima­ciones pueden encontrarse sugerencias interesantes y formula­ciones reveladoras.

Tal vez el primero que formuló una diferenciación ri­gurosa entre dispo­sitivos técnicos y los lenguajes que pue­den soportar, referida a los medios elec­trónicos, haya sido Um­berto Eco. Procurando dife­renciar el “lenguaje televi­sivo” del “cinematográfico”, propone distinguir ciertas ca­racterísticas técnicas de la te­levisión (la toma directa) con su tratamiento en el pro­pio medio. A partir de ello puede evaluar el pasaje al lenguaje cinematográfico de cierto “efecto” de toma directa, a pesar de que este medio excluye técnicamente esa posibili­dad[1]. Se produce de esta manera una necesaria discriminación entre las restric­ciones o posi­bilidades que otorga la utili­zación de un dispo­sitivo técnico y su reconoci­miento y des­pliegue desde una perspec­tiva estilística.

Cuando Benjamin describía sin escándalo las conse­cuencias que las posi­bilidades de repetición del disposi­tivo técnico fotográfico (y su derivación cine­matográfica) apor­tan a la percepción de las imágenes en la sociedad, o las in­fluencias que habría ejercido la existencia de la im­prenta en el pasaje del relato popu­lar a la novela, comen­zaba el camino para esta­blecer interre­laciones entre el campo discursivo y el técnico[2].

También McLuhan se inscribe en esa línea cuando pos­tula la existencia de vinculaciones entre el desarro­llo de la imprenta y el modo de construc­ción de imágenes, con el im­pulso del pensamiento racionalista, en el post-Renaci­miento[3]. Es por esto que sus trabajos de­ben ser leídos con in­terés más allá  de su com­ponente de exage­ración y pro­vocación.

Eliseo Verón, por su parte, ha hecho distintas aproxi­maciones a este tema. En un momento de su trabajo en que trataba de definir el concepto de “materia significante”, sus descripciones de los modos de organiza­ción “presemiológica de lo perceptual” de las materias, no elu­dían el compo­nente de constitución de su­jetos en interac­ción a que cada una de ellas habilita y los mo­dos de cons­trucción del mundo social que posibilitan o inhiben[4]. De ese modo daba un paso impor­tante en el sentido de conse­guir una visión formalizada y abar­cadora del con­junto de la “materia de la expresión” dis­cursiva[5]. Pero, en esas defi­niciones, no tiene en cuenta la problemática de las conse­cuencias discur­sivas de los distin­tos dispositi­vos técnicos mediáticos. Dado los objetivos del ar­tículo, no tenía por qué hacerlo, pero sirve el caso para ver que la considera­ción del componente técnico en los discursos no se intro­duce “naturalmente”. En cambio, su posterior concepto de “pulso de infor­mación” está li­gado al aprovecha­miento que hace un me­dio de sus po­sibilidades técnicas[6].

En un momento más reciente, Ve­rón bosquejó una clasi­ficación de lo que denomina los “principales medios” (prensa, cine y televisión), adecuándo­los a la tipología sígnica de Peirce (índice, ícono, símbolo) que -más allá  de lo proble­mático que re­sulta de­terminar la “principalidad” de un medio por sobre otro– re­sultan fecun­dos en términos del análisis de lo que el con­junto de la pro­ducción de tex­tos sociales vehiculi­zada a través de un medio, aporta a la configuración dis­cursiva de la sociedad[7].

Es en la obra de Metz donde, tal vez, se encuentre la vía de síntesis más aproximada a la consideración de este conjunto de problemas. Apoyándose en la relativamente larga tradición de estudios sobre el cine, su definición del “gran régimen del significante cinemato­gráfico” aparece como la re­sultante de la arti­culación de un dispositivo técnico (el ci­nematógrafo), una práctica social (conjunción, a su vez, de una disposición arquitectónica de la sala como lugar de es­pectación y una manera de organizar la socialidad para “ir al cine”) y un tipo de textos (los films de ficción, que apare­cen yuxtapuestos con cortos pu­blicitarios y noticieros)[8].

Pero esta formulación parece difícilmente generali­zable para otros me­dios y, como muestra Metz, aún dentro mismo del dispositivo cinema­tográfico. Un “film cientí­fico”, por ejemplo, puede ser visto tanto en la oscuridad absoluta de una sala cinematográfica como en la semipenum­bra de un salón de confe­rencias, donde resulte posible to­mar apuntes. También el “mismo texto ra­diofónico” puede ser recibido a través de la fidelidad de un gran equipo de au­dio, en la tranquilidad del living o en el bullicio de una oficina por un sistema equivalente al de la música funcio­nal, o dentro del aisla­miento relativo, pero con fuerte componente de interacción social, que permite la radio insta­lada en el auto.

Del conjunto de estas aproximaciones puede extraerse una reafirmación acerca de la necesidad de articulación en­tre las perspectivas discursiva y técnica. Pero también aparece como evidente la dificultad para ejercer esa acti­tud.  Re­sulta muy difícil establecer, desde este conjunto de observaciones, un estatuto común que permita fundar una re­flexión sobre el discurso mediá­tico en general. Sin em­bargo, y como vi­mos, de­jar de lado esa posibilidad no es un gesto gra­tuito. Habrá  que inten­tar, por lo tanto, un nuevo es­fuerzo.

2. El dispositivo radiofónico

Si se trata de evaluar los aportes de los distin­tos dispositi­vos técnicos a la construc­ción discur­siva, se debe proceder cuidadosamente. En el caso especí­fico de la ra­dio, la ma­yor parte de los estu­dios glo­bales otorga una particu­lar im­portancia a la tec­nología de domi­nio de las on­das hertzia­nas[9].  Ese so­porte está  ligado sin duda al desa­rrollo histó­rico, tanto de la radiofonía como al de la tele­fonía inalám­brica. Pero lo que es impor­tante en el plano histórico, no lo es necesaria­mente en el plano discur­sivo: desde hace algunos años se han desarro­llado las ra­dios por cable, que no utili­zan las ondas hert­zianas, y de ello no puede de­ducirse que “algo” haya cambiado en los textos ra­diofónicos que se emiten con esa tecnología.

Para llevar a cabo nuestras primeras aproximaciones, habría que definir a la “materia de la expresión”, que circuns­cribe la facultad discursiva de un me­dio, como el conjunto de las res­tricciones y posibilida­des discursivas que esta­blecen los dispositivos técnicos uti­lizados para la comu­nicación (entre ellas, la ca­pacidad de albergar ciertas mate­rias significan­tes, en sen­tido vero­niano, y no otras).

Desde allí, puede proponerse una definición de medio que -sin pretensio­nes de nove­dad- sea útil para el desa­rrollo de esta etapa del trabajo. Denomina­remos medio, en­tonces, a todo dispositivo técnico o conjunto de ellos que  -con sus prácticas sociales vinculadas- permiten la rela­ción discursiva entre in­dividuos y/o sectores sociales, más allá  del con­tacto “cara a cara” (entendiendo a este último como coincidencia espacio-temporal y posi­bilidad de con­tacto per­ceptivo pleno entre los individuos y/o sectores vin­culados).

A su vez, el lugar de todo dispo­sitivo técnico mediá­tico en el universo de lo dis­cursivo, puede definirse como el campo de va­riaciones que posibilita en todas las dimen­siones de la inte­racción comunicacional (variaciones de tiempo, de espacio, de presencias del cuerpo, de prácticas sociales co­nexas de emisión y recepción, etc.), que “modalizan” el inter­cambio discursivo cuando este no se re­aliza “cara a cara”[10].

De estas definiciones deben rescatarse especialmente dos aspectos: el re­lacional, desde el que se per­mite vin­cular de diferentes modos a emisores y re­ceptores, y el que tiene que ver con la construcción de dimensio­nes de tiempo y espacio sociales, diferentes según el medio utilizado.

Conviene observar, también, que lo que interesa desde una perspec­tiva de análisis de la semiosis radiofónica no son las característi­cas específicamente técnicas de los dispositivos utilizados (tarea que es, desde ya, importante pero propia de ingenieros o tecnólogos) sino la descripción de las conse­cuencias que la utilización de esos dispositi­vos apor­ta al campo específi­camente discursivo.

Puede afirmarse que el texto más interesante para anali­zar el medio radio­fónico sigue siendo la Estética radiofó­nica de Rudolf Arnheim. Alláí, desde el intertexto teórico y estético de los años ’30, se encuentra una precisa fenomeno­logía de la radio. Con su guía, y utilizando también los aportes de otros autores y otros puntos de vista, en los siguien­tes párrafos se describen las caracterís­ticas de cier­tas dimensio­nes que pueden definir las restric­ciones y po­sibilidades que aporta al campo discur­sivo el medio radiofó­nico. Tal vez desde ese punto poda­mos enrique­cer las pers­pectivas mcluhianas, acerca del “espacio acústico de la ra­dio”.

2.1. El retorno del cuerpo

Una de las claves tecnológicas que definen a los lla­mados “medios elec­trónicos” con­siste en su posibilidad de convertir sonidos en seña­les eléctricas transportables y/o conserva­bles. Esa ca­racterís­tica, que comparten el teléfono, el fonógrafo, la ra­dio y las distintas combinaciones que entre ellos pueden darse, abrió la posibi­lidad de in­troducir, en el uni­verso de los vínculos comunica­cionales mediatizados, la presencia de la voz. Sus consecuen­cias son amplias y se dan en dis­tintos pla­nos.

Hasta ese momento toda mediatización excluía la pre­sencia del cuerpo del emisor[11]. En forma absoluta, como en los mensajes construidos por la imprenta, o en forma rela­tiva como en la escritura manual, el grabado o las ar­tes plás­ticas en general, en las que esa presencia se daba en forma indicial, a través de la “personalización” producida a través del trazo del lápiz, el pin­cel o el bu­ril.

Como señala Zumthor con respecto a la poesía oral, aparece en el campo de la mediatización la posibili­dad de una “erotización” más directa del campo discursivo mediati­zado[12]. En efecto, la voz es cuerpo del emisor. Fragmen­tado, pero plenamente corporal como componente de invidua­lización abso­luta.

Esa corporización de los textos es complementaria del es­tatuto perceptivo de la audi­ción que resulta claramente dife­renciado del resto de los sentidos. El oído es el único ór­gano perceptivo plenamente desarrollado, y con expe­riencia de percepción, con que cuenta el ser humano al na­cer. Esto hace presuponer que el recién nacido tiene incor­porada, en el momento del parto, al menos una tó­pica de las relacio­nes fami­liares, en la medida en que puede diferen­ciar la voz de la madre de las del resto de los que compar­ten espacios cotidianos y, entre estas, voces diferentes entre sí y que man­tienen distintas distancias con respecto al conjunto madre-niño[13].

Esas observaciones han llevado a comprender los distin­tos lugares que ocupan, en la constitución del su­jeto y su estructura perceptiva, las denominadas pulsión escó­pica y pulsión invocante. La primera, propia de la bús­queda de recep­ción de imágenes, construye la vinculación con la per­cepción en el afuera del cuerpo del sujeto (toda imagen es, por defini­ción, “externa” para el perci­biente, salvo en los sueños y las fan­tasías, o sea en situaciones “no comunicacio­nales”)[14].

La pul­sión invocante, en cambio, pone en cuestión perma­nentemente la diferencia­ción entre el propio cuerpo y su ex­terior[15]. En la base de la situación originaria de percepción auditiva en la etapa de vida intrauterina, se encuentra la posibilidad del sonido de atravesar líquidos y sólidos y su penetración en el oído, con la única condición de que éste fun­cione.

El “ambiente de percepción” entre ambos regímenes es, también, cuali­tativamente distinto. Si bien el “exceso” de datos percep­tivos contri­buye a la confusión, tanto de la percepción visual como de la auditiva, en este último caso sólo el va­cío absoluto impide el contacto.

Es decir que, en caso de mantenerse el tér­mino “pulsión” para ambos fe­nómenos, ello no debe ocul­tar que su funcionamiento tiene un estatuto clara­mente di­ferenciado en ciertos aspec­tos: mientras para bloquear la pulsión escó­pica basta “cerrar los ojos”, en el caso de la invocación ese escape sólo puede hacerse por un procedi­miento pura­mente “mental” (es el caso del que lee, concen­tradamente, entre los sonidos de un lugar público).

Por otra parte, el “efecto auditivo de percepción” es interno al propio cuerpo, al alojarse en el propio oído. No existe ese efecto de extrañamiento y represen­tación propio de la imagen –que ha sido conside­rado clave en el pro­ceso de constitución del sujeto frente al espejo– que actúa como apertura a las identificaciones, pero a partir de una diferenciación fundante[16]. La voz del  otro en el interior del oído del que percibe, no parece ser una representación de su cuerpo: es su cuerpo.

2.2. El tiempo en lo radiofónico

Desde tiempos inmemoriales, todas las sociedades han puesto en práctica múltiples procedimientos para intercam­biar textos que les posibilitaron una tras­cendencia tempo­ral dis­cursiva: pinturas o esculturas, específicamente ri­tuales o incorpora­das a viviendas, vestimentas o utensilios de la vida coti­diana.

Algunas de esas socieda­des, además, construyeron, por muy disímiles procedimientos, el más formidable y económico arte­facto de construcción de textos: la escritura. Entre esas sociedades, la nuestra le incorporó a los textos es­critos posibilidades incalculables de almacenamiento y dis­tribución a través de las múlti­ples técnicas de impresión mecánica.

En términos generales, puede decirse que todos esos ar­tificios para la producción y circulación de textos instaura­ban, de hecho y de derecho, una serie de separacio­nes imposibles de evitar entre los momentos de producción, de emi­sión y de recepción de un texto.

Como todas, esas características de mediatización pue­den verse, al mismo tiempo, como posibilidades y como restric­ciones. Si bien para leer una carta, o para apreciar una pin­tura, hay que esperar a su finalización, la poste­rior perma­nencia del texto sobre el mate­rial que lo so­porta permite que sea per­cibido por alguien una vez trans­currido el tiempo  ne­cesario para su traslado hasta el des­tinatario o, muchos siglos des­pués, hasta destinatarios ni siquiera soñados en el momento de su producción y de su emisión pri­mera.

Junto con estos grandes tipos de dispositivos mediáti­cos, se conocen otros –como el “tam-tam”, las “señales de humo” o el telégrafo– que permiten una simultaneidad relativa entre los momentos de producción, emisión y recep­ción. En estos medios encontramos, más alláá  de su relativa marginali­dad en el con­junto de las formas de comunicación, una diferenciación temporal entre re­cepción y lectura.

Esas mediatizaciones comparten con la escritura la obligatoriedad, tanto para el pro­ductor como para el recep­tor, del conocimiento de las convenciones específicas de construc­ción de esos textos. De ese modo, instituyen una fron­tera in­terna dentro de las sociedades entre quie­nes tienen y no tienen ac­ceso a su conoci­miento.

Se trata, en todos estos casos, de me­dios que presupo­nen “lenguajes” es­pecíficos. Cualquier individuo medio de cualquier sociedad conoce, sin un aprendizaje diferen­ciado, el idioma que se ha­bla en ella. Si así no ocu­rre, se cues­tiona la propia per­tenencia a la sociedad (es un loco, un discapacitado grave, etc.). Para co­nocer, en cambio, las convenciones escritura­les, las socieda­des cons­truyen institu­ciones específicas, diferenciadas del elemen­tal “seno fami­liar”. A partir de ello, cualquiera puede perci­bir las marcas inscritas en un cartel de la calle, pero sólo podrá  leerlas el que maneje las convenciones que las con­vierte en palabras.

Las técnicas que permiten la mediatización del sonido vocal abolieron ese doble juego de distancias temporales: el que separa la producción de un texto, de su emisión y de su recepción, y el que separa su recepción de su lectura. La toma directa es el efecto tecnológico que posibilita un salto cuali-cuantitativo de igualación en esas temporalida­des, sin el cual no podría haber tenido efecto, tal vez, lo que se co­noce ac­tualmente como “comunicación de masas”.

2.3. La espacialidad radiofónica

El despliegue de las tecnologías radiotelefónicas afecta la espacialidad discursiva so­cial en tres dimensio­nes no ne­cesariamente relacionadas: con res­pecto a la dis­tancia terri­torial entre emisor y recep­tor, a las posibili­dades de dis­tribución de textos y a ciertas restricciones en la pro­ducción misma de esos textos.

Es en lo atinente al primer aspecto que resulta impor­tante el dominio de la tecnología de las ondas hertzianas. En efecto, la transmisión por ondas resulta irreemplazable, por ahora, cuando se trata de salvar largas distancias en­tre emi­sores y receptores. Esto se ve potenciado actual­mente, ade­más, por la utilización de los satélites de comu­nicaciones. No debe olvidarse que estos desarrollos tecno­lógicos estuvie­ron muy relacionados con la expan­sión del comercio interna­cional y de la navegación (con la progre­siva autonomía de las na­ves) en el siglo pasado[17].

Íntimamente ligada al punto anterior, en cuanto a la configuración del espacio discur­sivo radiofónico en la socie­dad, se encuentra la posibilidad que otorgan las transmisio­nes a través de ondas hertzianas, de ser captadas por cual­quiera que posea un receptor conveniente. Esto, que en prin­cipio fue conside­rado como una limitación (obligando a la expan­sión de los textos cifrados para la transmisión de men­sajes reservados), dio lugar posterior­mente a la configura­ción ac­tual de la distribución denominada “multipolar”, con un emi­sor transmi­tiendo simultáneamente para múltiples recepto­res[18].

Conviene re­cordar nuevamente que esta configuración se pone en prác­tica también en las emisoras por cable. Lo que varía es la posibili­dad de acceso a la emisión –controlada individual­mente, en este caso– pero manteniéndose el tipo de distribu­ción de textos que motivaba las re­flexiones fascina­das y preocu­padas de McLuhan, acerca de la “aldea global”.

El tercer aspecto, por último, tiene que ver con cier­tas restricciones  en la espacialidad radio­fónica que pesan sobre la construcción de textos dentro de la ra­diofonía, según lo muestra Arnheim en el siguiente grá­fico en el que señala ciertas formas de conformación del espacio en los textos radiofónicos, en el “interior” mismo de su dispositivo técnico-discursivo[19]:

Como se ve claramente en el gráfico –e indica específi­camente Arnheim– los sonidos frente al micrófono (como frente a un oído) no generan efecto de dirección, sino de distancia[20]. Este efecto de linealidad trae dos con­secuencias: en primer lugar, la facilidad de “saturación” del espacio so­noro, que hace con­fusa la recep­ción ante la multiplicación de señales; en segundo lugar, cuando se quiere construir un es­pacio cualquiera –el nece­sario, por ejemplo, para que tenga lugar un diálogo– se debe explici­tar en el propio texto la situación de los in­terlocutores porque si así no se lo hace, el efecto ser  de aparición sucesiva de los hablan­tes en el mismo lu­gar, o a distintas distancias pero alinea­das “frente al par­lante”, sin que se construya el efecto de “enfrentamiento” entre ambas posi­ciones.

Por lo tanto, cuando se quiere garantizar recepción “limpia” y compren­sión “escenográfica”, el texto radiofó­nico deber  ser relativamente pobre en utili­zación de sonidos y fuertemente redundante en la construc­ción de situa­ciones. Por ejemplo, ciertas caracte­rísticas que tuvo el ra­dioteatro –el género ficcional por excelencia de la ra­dio– segu­ramente provinieron del melo­drama y el folletín (esquematismo de per­sonajes y situacio­nes, fuerte conven­cionalización escenográ­fica, mostración de los límites y las posibilidades de los artefactos de cons­trucción tex­tual, etc.). Pero esos rasgos en­contraron en la ra­dio un soporte técnico que complementaba y potenciaba esos rasgos discursivos, abriendo nue­vas posibi­lidades de transpo­sición.

3. Las escuchas radiofónicas

Es lógico pensar, como lo hace McLuhan, que la apa­rición de la radio cambia la sociedad y que esos cambios se manifiestan en múltiples niveles de la vida social. Lo que es difícil es adjudicar esas transformaciones al puro efecto au­ditivo de la radio[21]. La dimensión auditiva pro­duce efectos diferenciados de los de la visual. Pero, en tanto tal, ese efecto es adjudicable tanto a la radio, como al teléfono y al fonógrafo.

La reducción mcluhaniana es equivalente, en este sen­tido, a la de En­zensberger, que define la gran elección ideoló­gica social por la inexistencia de aparatos al mismo tiempo receptores y emisores, fácilmente realizable en térmi­nos tecnoló­gicos como lo demuestra el teléfono. Se trata sin duda de una de­cisión ideológica pero que, entre sus ejes de opción, contiene precisamente el de “discurso global/discurso interindividual”, por denomi­narlos de una ma­nera aproximada. Ambos representan, en de­finitiva, dis­cursos sociales pero institu­yen vin­culaciones diferentes entre sujetos emiso­res y re­ceptores. Si se trata, en cambio, como luego plantea Enszens­berger[22], de que otros secto­res sociales hegemonicen el lugar de la emisión la dis­cusión ya no es sobre el disposi­tivo técnico en sí, sino so­bre las con­diciones de su propie­dad[23].

Por otra parte, la idea de McLuhan acerca de la tribali­zación de la vida contemporánea anclaba con fuerza en una escena de recepción de los textos ra­diofónicos: la del grupo reunido alrededor del gran aparato receptor que, por analo­gía, reemplazaba al fuego de la tribu.

El proceso de miniaturización y disminución de costos de los dispositivos técnicos de producción y recepción[24] abrieron posibilidades de acceso de nuevos grupos a la emi­sión, con­tribuyendo a construir nuevas posiciones de escu­cha: desde la casi “comunitaria”, en trans­portes y lugares públicos, hasta la “individual” que permite el walk-man.

Esto no disolvió las es­cuchas gru­pales, pero ya no es obligatorio reali­zarlas den­tro del hogar: el aparato receptor que nuclee o acompañe al grupo restringido puede estar en el campo o en el automóvil. Esas posibilidades de “deriva”[25] son acompañadas por efec­tos de fragmentación in­terna en los tex­tos[26], y también externa, en el espacio acústico, que se manifiesta en la posibili­dad de atra­vesar desde el au­tomóvil el área de di­versas emisoras, sin gi­rar la po­sición del dial de la ra­dio[27]. La atmósfera acústica de la “aldea global” alberga di­ferentes “climas” discursi­vos: los frag­mentos se inter­sectan con el todo.

4. Radio, fonógrafo, teléfono: la radio en sus sistemas

El caso ya citado del radioteatro sirve para evaluar la necesidad, y los límites, de la consideración de los disposi­tivos técnicos en los fenómenos discur­sivos. La construcción de uno de los géneros a través de los cuales se funda­mentó la resonan­cia social del discurso radiofó­nico debe describirse, al me­nos, por medio de una doble vía vin­culable: por un lado, la que da cuenta del desa­rrollo de la tecnología que posibi­lita su pro­ducción y circu­lación so­cial, y por el otro, la que lo sitúa en la historia y en la coyuntura transpositiva de los textos so­ciales.

En contra de lo que creía Arnheim, y otros antes y des­pués que él, el dominio de un conjunto de dispositivos técnicos no bastan para fundar una estética o una teoría discur­siva. Sus opiniones sobre las posibilidades y los efectos sociales de la radiofonía, por ejemplo, estaban in­fluidas por un estilo de época (ligado a la abstrac­ción), por una sicología conductista (basada en la  ligazón li­neal, aunque no fa­tal en su caso, entre estímulo y respuesta) y a una cierta con­cepción sobre el conjunto de la so­ciedad y el lugar a ocupar por los medios (vigente to­davía y preocupada por la “elevación” y “educación” de las masas).

En un mundo en progresiva interdependencia, la radio aporta nuevas po­sibilidades de vínculos entre puntos geográ­ficamente alejados, pero que ya se venían aproximando social, económica y culturalmente. Expande también las re­laciones a través de textos producidos por unos pocos, a los que tienen acceso sectores cada vez más amplios de población. En este sentido, se inscribe en un camino previa­mente recorrido por las imágenes grabadas, la lite­ratura y la prensa.

La posibilidad de la abolición del desplazamiento tempo­ral entre produc­ción, emisión y recepción contribuye a la construcción del concepto unificado de “actualidad”, que ve­nía siendo transformado en todo el universo del pe­riodismo a partir de la estandarización del género de la “noticia” y la consolidación de los grandes diarios.

También el vínculo radiofónico instaura la apari­ción de nuevos lugares de sujeto, tanto en la emisión como en la re­cepción. En la primera, porque a las necesarias condiciones “intelectuales” y “técnicas” se les incorpora el esta­tuto de lo cor­poral, con su consecuente riesgo de expo­sición pero con sus nuevas posi­bilidades de seducción. En recepción, se posibi­lita el acceso masivo a sus textos sin que medie la ne­cesidad de ningún entrenamiento específico, mientras se abre la instan­cia de un cierto goce del cuerpo del otro.

Ese esquema de vinculaciones con componentes de indivi­dualización permite un posicionamiento particular de la ins­titución social emisora dentro de los textos. Al abrirse nue­vas posibilidades de exposición u ocultamiento, cons­truye un lugar equidistante entre el acentuado borra­miento de las edi­toras de li­bros o las productoras de films, y la presencia ab­sorbente de las editoras de dia­rios.

La radio, las técnicas fonográficas y el teléfono pue­den ser vistos enton­ces en sistema, como un conjunto de jue­gos de vinculaciones espacio/temporales entre sujetos individuales/sociales, que se encuadran en la construcción del mundo tal como lo vivimos actual­mente. Pero los efectos de cada una de las po­sibles relaciones entre medios no deben ser evalua­das lineal­mente, ni atribuidas exclusivamente a la interacción de dispositivos técnicos.

Las distintas téc­nicas de graba­ción del sonido que, desde el fonógrafo, han sido ampliamente utilizadas en radio, posibilitan tanto “reconstruir la histo­ria” (trayendo a la emisión en vivo música y voces alejadas en el tiempo), como “demo­rar la historia” (mediante la repetición de un texto verbal o musical de relativa actualidad). La decisión, que aparece manifestada en el texto, se en­cuentra en el plano discursivo y no en el técnico.

La utilización del teléfono, por su parte, incluye entre el par emisor-re­ceptor a un ter­cero, el interlocutor quien -teniendo algunas caracterís­ticas del receptor- aparece situado fugazmente del lado del emisor.

Esto plantea problemas dado que desde una perspectiva no conciencia­lista como la que venimos desarrollando, tanto emisor como receptor son considera­dos, en primera instancia, como lugares sociales y no como la manifestación de una singularidad personal o institucional de vida externa al texto. Al tener en cuenta una conversación telefó­nica emitida por radio, ese componente de abs­tracción tiende a disolverse. Como veremos, esta dificultad puede comenzar a superarse desde un punto de vista estructural.

Antes de avanzar, conviene destacar dos cosas. Por un lado, la radio ofrece múltiples escenas de interlocución que no pue­den reducirse a la telefó­nica. Por el otro, la interlocución telefónica es un caso más de la permanente articula­ción del medio entre un “afuera” (no importa aquí qué status se le brinda) y los receptores[28].

Las diferentes utilizaciones del teléfono en la radio pueden describirse en términos de al menos cuatro tipos distintos de relaciones que implican, en cada caso, diferen­tes posicionamientos entre emisor, interlocutor y re­ceptor.

Un caso es cuando emisor e interlocutor forman parte de la misma radio o el interlo­cutor es un personaje de genérico re­conocimiento social. Al receptor se le ofrece el mismo espa­cio que el que denominaremos después como radio-emisión.

Otra posi­bilidad es aquella –todavía vigente en radios del inte­rior y que ha reaparecido en ciertos programas juve­niles– en los que, vía teléfono, un in­terlocutor envía un men­saje (felicitación, cita, etc.) a un receptor.

Existieron también en la radio (y perviven en la televi­sión) programas de entretenimientos en que un interlocutor debía dar res­puesta al llamado telefónico con una clave que el emisor y el receptor conocían (Ej.: OLAVINA en lugar de HOLA, invocando la marca de aceites que auspiciaba el pro­grama).

Una última posibilidad reconocida es cuando el emisor posibi­lita a un interlocutor su salida al aire sin que haya (aunque sea apa­rentemente) la posibi­lidad de controlar el tema que elegirá ni su tratamiento, desconocidos por su­puesto también para el receptor  (como ej. no exclusivo pode­mos citar los pro­gramas nocturnos de Carlos Rodari).

Vemos delinearse así, estos cuatro tipos distintos de arti­culación entre estos actantes:

a. Nivelación emisor-interlocutor. El teléfono es una prolon­gación del disposi­tivo técnico de la emisora, cum­pliendo funciones asimilables a las que de los móviles. El receptor queda excluido de ese interjuego que se le da como es­pectáculo.

b. Nivelación interlocutor-receptor. Abre la posibili­dad de que un mensaje sea incomprensible para el emisor y para el receptor general, Se toca aquí un borde de la comuni­cación masiva: la singularidad del texto lo inhibe de socia­lidad[29].

c. Nivelación, por arriba, emisor-receptor. El emisor y el receptor, poseedo­res de la clave, pueden sorprender al in­terlocutor que podrá o no, consti­tuirse en receptor.

d. Nivelación, por abajo, emisor-receptor. En el mo­mento de aparición del interlocutor, éste puede tener el po­der ab­soluto sobre el centramiento de la conversación. A par­tir de allí, el emisor podrá  negociar, o cortar, la interlo­cución. De este proceso queda ex­cluido definitivamente el re­ceptor al que se le abre una instancia interesante: ac­cede a un nivel comunicacional que, por su imprevisibili­dad, se aproxima a la conversación íntima.

Encontramos en estos entrecruzamientos distintos pun­tos interesantes. En el caso b. el emisor aparece como “ciego”, sin capa­cidad para producir, o contro­lar, el texto. Los casos c. y d., en cambio, impregnan de dudas al lugar del re­ceptor.

En efecto, en el caso c. el receptor, conocedor de la clave y cercano por ello al emisor, está  en condiciones de reconocer en el interlocutor la condición de receptor. Al mismo tiempo, mientras posea teléfono, puede convertirse en cualquier mo­mento en interlocutor y, en el mismo momento, en receptor pleno. Su interlocución, asumirá  ese lugar cercano al emisor. Tan cercano que tenderán a confundirse: ambos com­parten la clave.

En el caso d., por último, el receptor, tanto como el emi­sor, estarán inermes frente a la invocación del interlocu­tor. El emisor tiene la posibilidad de negociar el poder so­bre la charla, el receptor no. Pero éste queda entramado en una triangulación que excede lo que puede considerarse programa­ción radiofó­nica como tal. Por otro lado, nada le im­pide proponerse –con su línea telefó­nica– como interlocutor respon­diendo a lo ya escuchado –con inevitable desplaza­miento tem­poral– o torciendo imperativamente el curso que parecía de­linear el programa.

Todas estas posibilidades son permitidas en gran medida por el so­lapamiento del dispositivo te­lefónico sobre el radiofónico, incentivando la fanta­sía de la presencia de individualidades en el aire, pero como muestra esta breve exposición son reducibles y estructurables por el análisis y necesitan, además, la puesta en juego de decisiones (conscientes o inconscientes) que exceden am­pliamente la simple decisión técnica.

La interacción dispositivos mediáticos/discursos mediáticos es indisoluble pero, más allá  de la complejidad técnica, es en el plano de la discursividad donde se establece la pertinencia y la fijación de las costumbres mediáticas so­ciales. Ello se ve muy claramente en el caso de la ra­diofonía, por una última ob­servación: las técnicas necesarias para su constitución como soporte de textos sociales estaban prácticamente listas a fines del siglo pasado, pero fue nece­sario que transcurrieran un par de décadas para ser metabolizadas en la dimen­sión significante de la socie­dad, encon­trando su lugar en la trama discur­siva[30].

Desde allí, y como muestra el caso del radiotea­tro, nada del discurso existente le ser  ajeno. Pero cada trans­posición que vaya constituyendo la inter­textualidad radio­fónica –por vías centrípetas o centrífugas– deber  justi­ficarse también en las posibilidades que brinda y las res­tricciones que se­ñala su materia de la expresión, junto con las prácticas dis­cursivas sociales que in­tersecta o funda.

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[1] Ver: Eco, U. “Apuntes sobre la televisión” En: 1985. p.335 y sgts.
[2]
  Benjamin, W. respectivamente en 1967 en su totalidad y en 1986, p.189 y sgts.
[3]
McLuhan, M. 1985(b).
[4]
Ver la noción de “reglas constitutivas de la materia signi­ficante”, en: Verón, E. 1974. p.13 y sgtes.
[5]
Se utiliza aquí el concepto hjemsleviano “materia de la ex­presión”, como lo hacía Ch. Metz, cuando ordenaba sus prime­ras in­dagaciones sobre el lenguaje cinematográfico. Ver: Len­guajes 2, p.38 y sgts. El concepto que anda rondando por aquí es el de se­mía, acuñado por E. Buyssens (ver III y IV de su libro).
[6]
Verón E. 1987 (b)
[7]
Verón, E. 1986. p.45.
[8]
Metz, Ch. 1979. p.40 y sgtes.
[9]
Ver, por ejemplo, Albert, P. y Tudesq, A. o Curiel, F.
[10]
Algunas precisiones sobre el concepto de “modalización”, más adelante.
[11]
El perfeccionamiento de la tecnología radiofónica va desde mediados del siglo XIX hasta las dos primeras décadas del XX.
[12]
Zumthor, P. p.193 y sgts.
[13]
Dolto, F. p.256
[14]
Acerca de las relaciones entre pulsión escópica e invo­cante, Metz, Ch. “El significante imaginario” En: 1979. p. 58 y sgte.
[15]
“Se establece una correspondencia entre el exterior, lo an­terior y la vista y, por otro lado, en­tre el interior, lo pos­terior y el oído…” Rosolato, G. “La voz: entre cuerpo y lenguaje” En: La relación de desconocido, p. 45.
[16]
Lacan, J. “El estadio del espejo como formador de la fun­ción del yo (je)…” En: Escritos 1, p.87 y sgts.
[17]
Pareja, R. op.cit. p.6.
[18]
Durand, J. p.43.
[19]
Arnheim, R. op.cit. p.45.
[20]
Percibimos “izquierda” y “derecha” porque tenemos un oído a cada lado de la cabeza. Si queremos distinguir “adelante” y “detrás”, debemos girar la cabeza para que coincidan con “izquierda” y “derecha”.
[21]
Para precisar un poco más, las opiniones de McLuhan osci­lan entre las descripciones sugerentes so­bre el “espacio acústico” en 1981. p.87 y sgtes. y las genera­lizaciones en las que incorpora, por ejemplo, lo “acústico” a lo “electrónico”, en 1985. p.14 y sgtes. Lo “electrónico” incluye en nuestra sociedad, a lo acústico y lo visual.
[22]
Enzensberger, H.M. op.cit. ps. 11 y 12.
[23]
Un comentario en esta dirección en Mier, R. op.cit. p.133 y sgtes.
[24]
Volveremos sobre esto al final, pero ya cruzado con lo discursivo.
[25]
Fernández, J.L. 1986
[26]
Guattari, F. “Las radios libres populares”. En: Bassets, Ll.(ed). p.233.
[27]
Eco, U. “Una nueva era en la libertad de expresión”. En: Bassets, Ll. (ed.). p.219
[28]
Estas descripciones que siguen aparecen formuladas en Fernández, J.L. 1988. Muchas de las observaciones se de­ben a Oscar Traversa.
[29]
Como en lo que denominaremos posteriormente como  radio-transmisión, la radio es puro “canal” pero, en este caso, arriesga su condición de masividad. Esto es interesante para confrontar con las opiniones de Enzensberger, previamente citadas (Ver Nota 35)
[30]
Lombardi, C. op.cit. p.141.

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