III. La entrada enunciativa

1. La “especificidad discursiva” de la radio

Es difícil pensar que ese fenómeno denominado “la ra­dio”, al que hemos definido como complejo, se constituya alrededor de un solo tipo de discurso. A pe­sar de que se utilice un con­junto restringido de dispositi­vos técnicos, ¿qué autoriza a con­siderar como equi­valentes textos tan di­símiles como un in­formativo radiofónico y un concierto de Mozart?

Evitaremos el fetichizar una supuesta esencialidad pro­pia de los textos radiofónicos. Se han descripto algunas de sus diver­sas re­laciones con otros tex­tos socia­les, mediáticos o no mediáti­cos. Esa relación ha sido enfo­cada con res­pecto a la “cultura en general” por Mo­les[1] y, más precisamente, a algún frag­mento discur­sivo circunscripto, como la informa­ción, por Ve­rón[2]. El interés de estos traba­jos es obvio dado que es impo­sible aislar algún frag­mento textual en la radio en el que no haya marcas de los dis­cursos ajenos a ella. Inversamente, pueden en­contrarse en tex­tos ajenos al medio huellas que provienen origi­nalmente de él. En defi­nitiva, el discurso radiofónico es tan intertex­tual como cualquier otro. Pero, si no se profundiza este momento de reflexión, es posible que el problema de la especificidad reapa­rezca, desplazado, en otro mo­mento del análisis.

Dijimos que cuando Christian Metz circunscribía lo que se iba de­lineando como una “semiología del cine”, aclaraba que sus análisis se centraban en un “gran régimen del significante cine” entre los muchos posibles: el que está  constituido por un tipo de lugar de es­pectación y en el que las exhibiciones pri­vilegian el film de ficción, que va acompañado de otros tipos de textos que apa­recen como “laterales”. Ese régimen del cine, si bien es sin du­das el más im­portante en nuestra so­ciedad, no es ni el único exis­tente, ni el único posible, así como el film de ficción no es el único existente o po­sible tipo de texto cinematográfico.

En ese momento, Metz contaba a su favor con una ven­taja relativa. Al­rededor del cine, y desde sus inicios, se de­sarrolló un impresio­nante campo de re­flexión, en el que se constituyó una compleja fenomenología del medio y sus len­guajes.

Con la radio no ocurrió nada parecido. Como vimos, to­davía hoy si­guen destacándose las búsquedas de rigor de Arnheim en la descripción de la especifi­cidad discursiva del medio, en un intento de consti­tuirlo en “medio de arte” como había ocurrido con el cine[3].

En su “Estética radiofónica”, apuesta al halláazgo de rasgos gene­rales que vinculen, en toda serie de textos, percepción y comprensión. Ante la posibili­dad de construcción de una “teoría gene­ral de lo radiofó­nico”, Arnheimáse ma­nifiesta ex­presamente en forma positiva, en la misma medida en que puede ha­berla de la pin­tura o el cine. Esa teo­ría se constitui­ría en el cruce de una re­flexión sobre las caracte­rísticas tecnológi­cas del medio con consideraciones deriva­das de una est‚tica ge­neral, aplicadas a las posibili­dades de los dispositivos técnicos.

Arnheim escribe en momentos en que la radio co­mienza a vivir su época de esplendor, tomando partido por la clá­sica ecuación entre entretenimiento y educación, que si­gue siendo la línea de muchos intelectuales que reflexionan so­bre la llamada “comunicación ma­siva”. Pero su aporte funda­mental es que, en ese camino, se dedica a desarrollar una profunda fenomenolo­gía de las posibili­dades discursivas de la radio. En ella ocupan un lugar destacado, como se vió, los problemas del espacio ra­diofónico que serán de utilidad aquí para seguir avanzando.

Si se pretende, por ejemplo, circunscribir “qué es lo que escucha la gente” en la radio, el modo en que se des­criban sus textos no es inocente. Suele soste­nerse que los textos radiofónicos están compuestos por “música, publi­cidad e información”[4]. Esa descripción, ligada a géneros y lenguajes transitados por el medio, se apoya en clasificaciones de conjun­tos de textos hechas por la socie­dad. En una primera mirada, parecen ser representativas de gran parte del dis­curso radiofónico.

Sin embargo, si se quisiera, a partir de esa clasifi­cación es­tudiar “posiciones sociales de escucha” (como in­troducción al tema de los efectos), aparecería la imposibilidad de diferenciar esa práctica de recepción de la de escu­char música mientras se lee una revista de infor­mación ge­neral. Los “contenidos” con los que se toma con­tacto en uno y en otro caso son los mis­mos, si se los cla­sifica desde el punto de vista del sentido común.

Una primera diferencia entre las dos situaciones de recepción se encuen­tra en los distintos regímenes de per­cepción, dispositivos técnicos y materias de la expresión que par­ticipan en cada caso (lo auditivo y lo visual, el sonido elec­trónico y las técnicas de impre­sión, el lenguaje verbal, el escritural y el fotográfico, etc.)[5]. En ese punto, estamos otra vez en la proposición que más ha fasci­nado de McLuhan: “el medio es el mensaje”.

Pero el reduccionismo tecnologista también deja inevitable­mente de lado componen­tes de los textos radiofó­nicos que nada autoriza a subvalorar. El he­cho, tan habitual, de que un programa vaya en vivo, por ejemplo; o las distintas ma­neras, que pueden describirse, en que distintos textos com­binan los frag­mentos musicales, publicitarios e informati­vos; o, sin pretender agotar la lista, los distin­tos “climas” que distinguen a cada serie de textos.

Otro camino utilizado es el de definir los textos ra­diofónicos como com­puestos de “palabras, música y ruidos”[6]. En esa vía, que podría denominarse de las “materias significantes” se ha pretendido frecuente­mente extrapolar concep­tos extraídos de la lingüística. Esto, hasta cierto punto, es inevitable por el fuerte com­ponente verbal que se de­tecta en cualquier texto radiofó­nico. Pero el problema si­gue siendo equivalente al anterior: ¿cómo distinguir un enunciado verbal “no radiofónico” de uno “radiofónico”? ¿Es esto po­sible?, ¿o habrá  que re­signarse a describir, por un lado, las formas lingüísticas que se utilicen y, por el otro, evaluar la presencia, “externa” al propio enunciado, del soporte mediático?

El privilegio otorgado a la lingüística lleva, por otra parte, a acen­tuar el componente de continuidad tempo­ral de los textos del medio. Este rasgo es evidente­mente importante. Aparece ligado concep­tualmente con la “cadena sintagmá­tica” que funda, en la re­flexión lingüística saussu­reana, la posibi­lidad de hacer complementario el con­cepto de sig­nificante (considerado abstracto), con las caracterís­ticas físicas del so­nido; éste, por ese rasgo de “conti­nuidad”, impide al receptor el “retorno sobre lo re­corrido”. Curiosa pero inexorablemente, el re­duccionismo lingüístico tiende a consti­tuirse en com­plementario del re­duccionismo tecnolo­gista[7].

Otro aspecto a tener en cuenta es que, por definición, los textos de los medios son polifónicos[8]. En radio, la pa­labra solitaria del locutor más indivi­dualizado, nunca ser  ajena a la presencia del dispositivo técnico que per­mite el contacto con ella, implicando la presencia permanente de la institución emisora (más allá de que, como veremos, pueda quedar oculta como efecto de sen­tido en los pliegues del discurso).

El componente de polifonía tiene como resultado que, por ejemplo, la enunciación de un “nosotros” por parte de un lo­cutor radiofónico puede remitir a distintas relaciones de inclusión o exclusión –inscriptas en el texto– entre el propio locutor, la emisora (institución) que lo alberga, sus compañeros en el estudio y hasta sus sectores de pertenencia social extra­rradiofónicos[9]. La des­cripción de las re­laciones entre enunciador y enunciatario debería ser el re­sultado de la descripción, a su vez, de cómo se combinan esos planos en la emi­sión, circunscribiendo lugares virtua­les de recepción. Es con respecto a todos estos proble­mas, donde ad­quiere importancia especial el trabajo de Arn­heimáso­bre la espacialidad radiofónica.

2. La entrada enunciativa: entre lo macro y lo micro

Una definición reciente de Steimberg determina que lo enunciativo es “el efecto de sentido de los procesos de se­miotización por los que en un texto se construye una situa­ción comunicacional, a través de dispositivos que podrán ser o no de carácter lingüístico”[10]. Es decir que lo enun­ciativo se constituye, de en­trada, como el campo desde el cual se van a postular, a partir del análisis de un texto (o una serie de ellos) las posibles vinculaciones en­tre el lugar de la emi­sión y el lugar de la recepción. Rápidamente se entiende, entonces, el lugar es­tratégico que tiende a ocupar en toda teoría de lo discursivo.

Ya en esa definición aparece el esfuerzo de acotar el campo a través de una serie de aclaraciones. En primer lu­gar, se subraya el concepto de lo enun­ciativo en tanto que diseño de una situación comunicacional, como efecto de construcción a través de dispositivos.  Con ese juego de metáforas se procura escapar de un doble peligro que acecha a la perspec­tiva enunciativa: el psicolo­gismo (por la vía de las “intenciones” de los intervinientes en la “situación”) y el sociologismo (que procura restituir el campo discursivo al lugar elemental de “comunicación” entre segmentos sociales). Lo enunciativo ser  considerado, por lo tanto y en primer término, como un fenómeno propio de lo discursivo.

Un segundo aspecto que aparece en la definición de Steimberg es la acla­ración de que esos dispositivos “podrán ser o no de carácter lingüístico”.  Ha­biendo surgido el estudio de la enunciación en la lingüística, corresponde re­flexionar sobre las transformaciones que resulta necesario establecer cuando se pasa a lenguajes que carecen de lo verbal o lo cuentan entre otros componentes.

Esos cuidados puestos en la circunscripción de estos problemas se justifi­can porque el campo de lo enunciativo en el análisis de discursos se presenta constituido sobre una serie de juegos de tensio­nes. El pri­mer juego tiene que ver, como lo formula Maingueneau, con el que se presenta entre la nece­sidad de una teoría de la enunciación y la im­posibilidad exis­tente, al mismo tiempo, de constituir a sus problemas como parte de “un dominio bien defi­nido”[11].

Derivado del anterior, se aprecia en muchos trabajos sobre lo enunciativo otro juego de tensiones entre el es­fuerzo por focalizar el análisis en ciertas mar­cas ins­criptas en los textos y la necesi­dad de vin­cular esos efec­tos de sentido con los “emplazamientos institucio­nales” y las “situaciones del su­jeto” en los que esos textos se constitu­yen en “prácticas dis­cursivas”[12]. En términos gene­rales, esas dimensiones extra­textuales se subsumen en los términos –muy confusos, uti­lizados así– de “situación” o de “contexto”.

A esas dos miradas las podemos denominar por su exten­sión diferen­ciada, respectivamente, como “micro” y “macroscópica”[13]. La primera, ligada a la observación detallada de los textos, puede resultar el soporte para la entrada de lo individual (como “acontecimiento” o como “subjetividad”). La segunda, pretendiendo apoyarse en “lo social”, puede caer en el sociologismo (cuando no problema­tiza el concepto de lo “institucional” o el de “segmentación”).

Estas tensiones se manifestaban ya en los textos fun­dantes de Benveniste, reconocido unánimemente como el pri­mer ex­plorador explícito de estos fenóme­nos. Benve­niste po­nía en cuestión la diferenciación clara entre len­gua y ha­bla, comenzando a describir el funciona­miento de esas par­tículas denominadas genéricamente deícticos que, si bien se encuentran dentro del sistema de la lengua, única­mente efectivizan su significación en cada manifesta­ción hablada.

Pero, si bien Benveniste ejemplifica con problemas lingüísticos cuando procura, por ejemplo, diferenciar la estructura dialógica –explícita o implícita– que parece constituir toda enunciación de ciertas formas “desviantes” como el monólogo, anota precisamente que esas situaciones “pedirían una descripción doble, de forma lingüística y condición figurativa[14]. Inmediatamente, pro­clama la necesi­dad de problematizar la situación de diálogo sin “prescindir de analizar sus múltiples variedades”. En tra­bajos anteriores, había de­finido los pronombres como fe­nómenos más de “lenguaje” que de “lengua” y cuya existen­cia, univer­sal, no necesariamente se manifestaba en partí­culas lingüísticas.

Esas carencias de la perspectiva lingüística para dar cuenta de lo enun­ciativo han sido advertidas posteriormente por diver­sos autores, hasta el punto de poner en duda la propia posibili­dad del estudio de estos fenómenos desde la lingüística[15]. Sin em­bargo, el estudio de lo enunciativo como clasifica­ción de ciertas marcas lingüísticas ha tenido un gran despliegue. Contribuyeron a ello, seguramente, tanto la expan­sión de la lingüística como la relativa “comodidad” de trabajar con fragmentos textuales fácilmente aislables y, por lo tanto, en apa­riencia también fácilmente clasifica­bles.

Un escollo que suele observarse en estos casos es el de la imposibilidad de detener el procedi­miento clasificato­rio. En efecto, dado que cada acto de enuncia­ción (planteado así) es por definición único, re­sulta difí­cil no caer en la tentación de denominar cada ocurrencia de un pronombre de una manera dis­tinta, corres­pondiente, a su vez, a una “situación” diferen­ciada. En este sen­tido ocurre algo similar a la voluntad clasi­ficatoria que, se­gún Barthes, ha re­caído so­bre las figuras retóri­cas[16]. A pesar de la volun­tad taxonómica, también con las marcas enuncia­tivas es fá­cil pasar de la clasificación al ejemplo, pero difi­cultoso recorrer el camino inverso: de la marca encon­trada en el texto que se analiza a la catego­ría clasificato­ria[17].

El camino más transitado para hacer frente a esa limi­tación es la recu­rrencia a la pragmática que se refiere, desde Morris, a “la relación de los signos con los intérpre­tes”. En realidad, de las múltiples perspectivas de rela­ción que abre la proposición de Morris, se han privilegiado las derivaciones de la deno­minada teoría de los “actos de lenguaje”[18].

El concepto de acto de lenguaje resultaría útil al permi­tir articular la idea de “situación” con la necesaria “mani­festación textual”. Verón plantea clara­mente que, como en el caso de los “verdaderos performativos” (que se dis­tinguen, entre otras cosas, por su ra­reza[19]), la tipolo­gía de los “actos de len­guaje” debería ir acompañada por una tipología del conjunto de los comporta­mientos socia­les[20]. Este sería, en efecto, el único camino para vincular la ma­nifestación textual con la mani­festación social y es el que toma Du­crot, por ejemplo, cuando propone considerar a la lengua como código “en la medida en que este último sea visto como un repertorio de comportamientos socia­les”[21].

Además de la dificultad de listar y diferenciar todo comportamiento so­cial posible, esa búsqueda se asienta, si­guiendo a Verón, en dos continuidades insostenibles; la primera, entre lo discursivo y el resto de lo social; la se­gunda, entre la producción y el reconocimiento de un texto. La búsqueda de esas continuidades es la que acentúa, en cierta vul­gata foucaltiana, los aspectos de integración sociolo­gista por sobre los conceptos de disper­sión y discontinui­dad[22].

Pero una cuestión es acordar con la existencia de fracturas entre práctica social y práctica discursiva y en­tre producción y reconocimiento de textos, y otra muy dis­tinta es re­nunciar a reflexionar e investigar acerca de las relaciones entre ambas series de instancias: la propia pos­tulación de las fracturas está  construida desde el punto de vista integrador del analista de discursos.

En ese sentido, el problema que hemos venido desarro­llando parece de­positarse en la falta de categorías inter­mediarias entre lo micro y lo macro. No es que sea innece­sario prestar atención a los detalles de los textos, o con­traproducente vincular éstos con componentes extratextua­les. El problema es que se trata, antes de cualquier otra postulación posi­ble, de fenómenos de dis­tinta escala.

Tampoco es verdad que estudiar las condiciones de pro­ducción de un texto resulte inútil para, luego, estudiar sus con­diciones de reconocimiento. Todo lo contrario, el pretender estu­diar la instancia de reconocimiento (por ejemplo, “recorridos de lec­tura”) sin una teoría sobre los textos leídos, lleva a la imposibilidad de romper, precisamente, los criterios de sentido común de lectura (prejuicios, valoracio­nes, hábi­tos, etc.) existentes tanto en el investigador como en los investigados.

Hay una serie de trabajos en los que, sin embargo, pa­rece alcanzarse una posición de intermediación desde la que, sin excluir la observación del detalle, se pueden establecer hipótesis sobre vinculaciones inter y extratextua­les y en la que, sin salir del análisis de las condiciones de producción, pueden establecerse hipótesis sobre condi­ciones de reconocimiento.

Como ejemplos de esa posibilidad, vamos a citar dos trabajos, uno fir­mado por Eliseo Verón; el otro, por Oscar Steimberg y Oscar Traversa[23]. En ambos se analizan aspectos de géneros periodísticos: noticieros televisivos y dia­rios, respectivamente[24].

Verón describe tres momentos sucesivos del noticiero televisivo, ejempli­ficando con lo ocurrido en nuestro país. El primero construido con la fórmula de los noticieros cinematográficos. En los dos si­guientes, en cambio, aparece la fi­gura del locutor que, frente a las cámaras, lee las noticias. Estos dos momen­tos aparecen diferenciados, en su análisis, por el tipo de espa­cio que se muestra, la distan­cia de la c mara con respecto al rostro del locu­tor, el he­cho de que éste aparezca solo o acompañado y la correspon­diente distribución de miradas en­tre la cámara y sus acom­pañantes. De la articulación de esas diferencias, se pos­tulan dos tipos de relaciones dife­rentes entre locutor y re­ceptor construido (el primero de complementariedad, el lo­cutor “sabe”, el receptor “no”; el segundo de simetría, am­bos pue­den ignorar el contenido de­finitivo del noticiero) que representarían a cada uno de los mo­mentos del noticiero descriptos[25].

En el trabajo de Steimberg y Traversa, por su parte, se diferencian esti­los de primera página de los diarios Clarín y La Razón[26]. Los “materiales” que se utilizan centralmente en el análisis son el ordenamiento gráfico y el estilo verbal. En ambos periódicos se destacaba el acen­tuado racionalismo del di­seño pero que en La Razón iba acompañado por juegos verba­les ligados a la interjec­ción (­Oh!, ¿…?, etc.). En Cla­rín, en cambio, el componente geométrico del conjunto de la tapa se potenciaba por la utilización de un lenguaje “neutro” de aparente pura refe­rencialidad. Teniendo en cuenta esos rasgos se postulaba en las conclu­siones la con­vocatoria a dos “sujetos de lectura” distintos. El de Cla­rín, sujeto racionalista “integrado“, poco proclive a los “juegos de lectura”; el de La Razón, “escindido” entre la racionalidad del estilo gráfico y las posibili­dades de juego que otorgaba lo verbal.

A pesar de la síntesis excesivamente apretada que se hace aquí de los dos trabajos, puede observarse que los une una serie de características:

* el reconocimiento de los textos de los medios como “polifónicos” dado que se puede ver el lugar enuncia­tivo de, por ejemplo, la institu­ción emisora permi­tiendo pasajes entre lo “interno” y lo “externo” o, en otros términos, entre “texto” y “contexto”;

* la atención a detalles espaciales de los textos, que no implica la nega­tiva a incluir detalles “verbales”, pero que se introducen en el análisis otorgando im­portancia a la materialidad –tele­visiva o gráfica, respecti­vamente– del medio;

* la posibilidad de vincular estos análisis con otros problemas en el estudio de los discursos me­diáticos (la historia de un género televisivo en el caso Ve­rón, una posible segmentación de públicos en Steim­berg y Tra­versa, etc.);

* la generación de hipótesis útiles para el estudio de procedimientos de reconocimiento (lecturas) de esos textos;

* la utilización de procedimientos de análisis que pa­recen surgir del orde­namiento del propio material que se analiza, disolviendo la necesidad de utilizar no­ciones de sistema/manifestación equivalentes a la oposi­ción lengua/habla.

3. Modos generales de la enunciación radiofónica

Las sugerencias de Arnheim sobre los posibles espacios a ser construidos por los textos radiofónicos estuvieron en el origen de un trabajo anterior, en el que se intentaba introdu­cir principios de ordenamiento analítico de la pro­gramación ra­diofónica[27]. En ese lugar describíamos la exis­tencia de tres mo­delos de programación (denominados radio-transmisión, radio-soporte y ra­dio-emisión, respectiva­mente) defi­nidos básicamente por el tipo de espacio cons­truido por los textos. A través de esos modelos se conside­raba posible en­globar al conjunto de los textos ra­diofónicos con sus res­pectivas di­ferencias.

Las discusiones acerca de ese primer esquema llevaron a postular lo que ahora puede denominarse como el esquema de los modos generales de enun­ciación radiofónica, a partir del cual podrían construirse tipos de vinculaciones entre enun­ciador y enunciatario[28].

En primer lugar se va a presentar una descripción de estos tres modos, para luego tratar de desarrollar las conse­cuencias de ese planteo, tanto para el campo especí­fico del dis­curso radiofónico como para la consideración de la pro­blemática enunciativa en textos “no exclusivamente verba­les”.

La escucha aplicada sobre múltiples textos radiofóni­cos permite postular la existencia de tres tipos posibles de espacios diferenciados en el conjunto de cualquier programación radiofónica:

  • un espacio social de existencia previa y externa a la ra­dio (un concierto en una sala, un acto político, etc.),
  • un espacio cero construido como no espacio por el silen­cio absoluto (Hugo Guerrero Marthineiz, cierta programa­ción de FM, etc.) y
  • un espacio mediático cuya existencia sólo se justifica por la existencia del medio (el estudio de la radio, los cruces entre distintos estadios, los vestua­rios y la ca­bina de emisión, en las emisiones de sobre eventos depor­tivos, etc.).

Para mostrar en acción a cada uno de los modos genera­les de enuncia­ción, postulado a partir de cada tipo de espa­cio, puede to­marse como ejemplo un fragmento habitual de programa­ción –la presentación de un texto musical y su puesta al aire– procesado a través de cada uno de ellos.

Si el presentador anuncia un concierto desde la misma sala en que se lleva a cabo, se encuentra inscripto en el modo transmisión. La radio recoge un hecho importante para la so­ciedad, que –en su conjunto o como fragmento, pero siempre “ajena” al medio– se hace cargo de la responsabi­lidad emisora. La ra­dio actúa, en este caso, como una sim­ple distribuidora.

Cuando la voz del locutor llega al receptor, en cam­bio, “desde el par­lante”, sin sonido de estudio que la si­túe y la contextualice, decimos que trabaja en el modo so­porte. La radio se borra como institución productora de sentido, poniendo en primer plano al locutor y musicaliza­dor (a veces confundidos en una misma persona), no impor­tando aquí que la mú­sica sea en vivo o grabada en estudio o en concierto.

Por último, ocurre frecuentemente que el presentador no está solo en el estudio. Lo acompañan otras voces (otros “personajes” y el ruido que producen sus movimientos), que pueden acordar o no con la elección del fragmento musi­cal. A este tipo de procedimiento puede denominárselo modo emi­sión. Aquí, el mecanismo productivo (el espacio otorgado por la institución) se pone en juego, se deja mirar.

En el cuadro siguiente se representan los distintos modos, con sus res­pectivos tipos de espacio que construyen y los diferentes tipos de ins­titución emisora, de lo­cutor y de receptor, que constiuyen:

En el cuadro, la línea que representa la superficie del parlante actúa como frontera entre lo construido discursi­vamente “del lado de la institución” y lo cons­truido, también discursivamente, “del lado de la recep­ción”. La acen­tuación del componente constructivo tiende a subrayar el carácter virtual del vínculo establecido. Es obvio que tanto quien escucha un concierto que tiene lu­gar en una sala o las alocuciones de un acto político (modo transmi­sión), como quien se fascina con la voz y los dichos de un locutor “estrella” (modo so­porte), es consciente de la pre­sencia del aparato receptor. Pero esos tipos de textos le brindan la posibilidad de sostener su posición de recepción desde un lugar “externo” a la desprestigiada comuni­cación ma­siva. Esa coartada es impo­sible en el modo emi­sión, dada la exposición que brinda, en primer plano, de la institución radiofónica.

Puede sostenerse la condición de generalidad de este esquema de modos enunciativos: parece imposible la existen­cia de un texto radiofónico que no atra­viese a alguno de es­tos modos (en cualquier régimen de propiedad, dimensión institucional o radio de alcance). Además, la adscripción (consciente o no cons­ciente, en el lugar de la emisión o en el de la re­cepción) a alguno de estos mo­dos, por sí misma crea sentido. La presencia de esas dos condiciones funda­menta su utilidad clasificatoria.

Estos modos generales de la enuncia­ción radiofónica que hemos for­mulado pare­cen adecuarse término a término a las ca­racterísticas que hemos atribuido a los trabajos de Verón y de Steimberg y Traversa. Permiten describir la poli­fonía de los textos radiofónicos proponiendo marcas dife­renciadas para lo­cutor e institución emisora. La pers­pectiva espacial, además, no excluye sino que encuadra el análisis de las marcas lingüísticas.

Como veremos con más precisión en los próximos capítu­los, desde la perspectiva de los modos pueden formularse apor­tes a estudios históricos y so­ciológicos sobre el fenómeno radio­fónico y es innegable que, en sí mismos, se constitu­yen en hipótesis válidas para realizar estudios de pro­cesos en re­conocimiento a pesar de (o por) su aleja­miento de las cla­sificaciones habituales de textos.

Con respecto a la posibilidad de que este camino pro­vea un “sistema” aplicable a otros ámbitos discursivos, no deja de ser tentador el generalizar una instancia “modalizadora”. Pero, como advierte Maingueneau en el artí­culo que hemos citado, tanto el término “modalidad” como sus deriva­dos, aún en el plano restringido de la lingüística, “…están cargados de interpretaciones, son reclama­dos por distintas disciplinas y remiten a realidades… varia­das”[29].

El problema de la confusión terminológica sería secun­dario, si nuestra formulación fuera sólida y remitiera a fenómenos homogéneos. En los casos de­sarrollados por Verón y por Steimberg y Tra­versa y que hemos tomado aquí, no se atribuyen condi­ciones de generalidad a sus conclusiones dado que remiten a “estilos” dentro de “géneros”. Los modos de enunciación radiofónica se en­cuentran, en cambio, en un nivel más cercano al “medio” (aunque ya dentro de “lo dis­cursivo”).

Ese nivel de generalidad existe, en cambio, en los mo­dos de enunciación propuestos por Genette[30]. El pro­blema, en este caso, es otro. Cuando Genette plantea los modos de enunciación pre­sentes en los géneros literarios, lo hace a costa de una fuerte reducción que es válida, por su­puesto, desde el punto de vista analítico: de los múltiples niveles que pueden aislarse en un texto literario, elige las posi­ciones posibles que puede ocupar el enunciador frente al conjunto del material del texto (“externo” en los géneros narrati­vos, “perteneciente a otros” en los dramáti­cos y “propio” en los líricos).

La reducción que es necesario practicar sobre los tex­tos ra­diofónicos para alcanzar la concepción modal parece ade­cuarse, en cambio, a ciertas facilidades que brinda el dispositivo técnico en el que se sustenta la radio. Se pre­senta una especie de “reduccionismo” pro­pio de la tecnolo­gía utilizada, que per­mite sepa­rar en el texto la voz del locutor de su cuerpo (o la manifestación musical de su espa­cio de produc­ción). Los modos de Genette, válidos tanto para la oralidad como para la es­critura, se sustentan en un es­fuerzo especí­ficamente analítico que deja de lado la ma­terialidad. Los modos generales de la enunciación radiofó­nica son posi­bles, en parte, por un de­terminismo tecnoló­gico. En el primer caso, para for­mularlos es necesa­rio abs­traer la materia de la expresión; en el segundo, la materia de la ex­presión queda incorporada.

Esto último resulta imposible en, por ejemplo, la televi­sión. Las condi­ciones de percepción del espacio vi­sual in­hiben la construcción de un espacio absoluta­mente “cero”, nece­sario para la aparición de lo que denominábamos modo soporte. El escenario más chato y de fondo neutro, siem­pre aparecer  enmarcando la voz y el cuerpo del locutor como espacio brindado por la institu­ción televisiva (“el set”) para que el texto se haga efectivo. Pueden pensarse distin­tos proce­dimientos de borramiento o de acentuación de la exposición institu­cional, pero ninguno puede pasar por este nivel de la ma­teria de la expresión, que impide, en este caso, una desagregación del cuerpo en el contexto.

Es decir que resulta posible, e interesante, mantener el nivel de análisis “modal” como campo de vinculación en­tre distintos planos textuales. Pero, en cada caso, deberíamos aclarar qué se moda­liza, en qué nivel y por medio de qué procedimientos. En los cuatro casos que hemos reunido aquí (el de Verón, el de Steimberg y Tra­versa, el de Ge­nette y el de los modos generales de enun­ciación ra­diofónica) se trata a primera vista de “modalizaciones de espa­cio”, pero varían el espacio que se observa, los ele­mentos que se vinculan en ese es­pacio, sus procedimientos de cons­trucción y las vinculaciones dentro de él. Se trata, en defi­nitiva y en muchos aspectos, de distintos ni­veles de análisis, todos válidos, aunque se trate del campo común de lo enunciativo y lo espacial figure en todos ellos.

Una característica de este esquema de modos que hasta aquí nos ha re­sultado útil es su condición “introductoria”, dado que sirve como primera aproximación al estudio de cualquier conjunto de textos radiofónicos. Además, en el marco de la reflexión sobre lo enun­ciativo le hemos atri­buido la capacidad de incorporación de análisis acerca de mayores detalles textuales (verbales o no). Dado que es una aspiración legítima de los estudios discur­sivos dar cuenta de fenóme­nos más foca­lizados, como un texto o un conjunto claramente restrin­gido de ellos, es vá­lido que aparezca en nuestro trabajo la inquietud acerca de cómo conti­nuar.

Si quisiéramos ahora retomar el ejemplo cómodo de los pronombres para mantenernos en el campo de lo enunciativo, la cuestión a resolver se­ría: ¿se vin­cula con los modos? Y, si la res­puesta es afirmativa, ¿cómo lo hace?.

Por definición, un nosotros inclusivo circunscribe un yo más un tú/ustedes y un nosotros exclusivo circunscribe un yo más otro/s como yo. Sa­bemos también que un texto me­diático es siempre polifónico. Es decir que siempre un texto radiofónico (que, como vimos, excede lo verbal) se establece a partir de un noso­tros (al menos locutor + emi­sora).

Teniendo en cuenta lo anterior, supongamos que el lo­cutor quiera produ­cir el efecto de sentido nosotros ex­clusivo (nosotros los que conformamos la emisión, frente a ustedes los oyentes). En ese caso, la situación será en princi­pio, distinta para cada uno de los modos: en el modo emisión, tal vez ni siquiera haga falta una aclaración es­pecial (el nosotros se constituir  en gran parte con la constante presencia grupal), en el modo soporte hará  falta una explicitación es­pecífica (nosotros los que hacemos este programa) y en el modo transmisión ser  necesario recurrir a poco menos que una explicación sociológica (todo el equipo gracias a cuyo trabajo es posible esta emisión).

Pero, si bien es innegable que el esquema de los modos generales de enunciación radiofónica resulta útil en ese nivel de análisis, rápidamente la cuestión comenza­ría a compli­carse si introdujéramos cierto matiz del tipo noso­tros los que habitualmente tomamos la pa­labra, entre quie­nes hacemos este pro­grama (nosotros, por ejemplo, los periodistas o los lo­cutores). Ciñén­donos so­lamente al modo emisión, para no abundar con la ejemplifi­cación, puede verse que existen múltiples procedi­mientos para producir ese efecto de sentido dife­renciador de quie­nes hablan, del resto del “personal de la emisora”. Lo que sí puede afir­marse es que ningún nosotros exclusivo basta­ría para produ­cir ese efecto preciso. En el caso de que se mani­festara en parte a través de un noso­tros, el efecto preciso de esa ex­clusividad sería el resultado de, al me­nos, una cierta “costumbre discursiva” encontrable en la serie pre­via de programas que atribuyera a ese nosotros ese compo­nente de exclusividad y no otro.

Parece encontrar aquí su lugar aquella afirmación de Maingueneau acerca de lo enunciativo como “un dominio no bien definido”. Pero puede dudarse de si el problema es propiamente de circunscripción del dominio, dado que el agre­garle “algo” a la definición de Steimberg con la que comen­zamos nuestra re­flexión no parece despejar el pro­blema (todos los aspectos que se van agregando están in­cluidos perfecta­mente en ella). La cuestión no aparenta es­tar, por lo tanto, centrada en la frontera sino en el in­terior del campo.

Recurramos una vez más a Benveniste. Cuando desarro­llaba la diferencia entre el no­sotros inclusivo y el exclu­sivo combinaba, como hemos dicho antes, la pers­pectiva “discursiva” con la ejemplificación “lingüística”. Así, a pesar de que en su reflexión se sigue ocupando cen­tralmente de los pronombres, aclara constantemente que el “efecto pronombre” se puede producir mediante otros proce­dimientos lingüísticos (y, como vimos, “figurativos”)[31].

Disuelta la necesidad de “manifestación lingüística específica”, siguen que­dando en pie los principios de in­clusión y exclusión. En el marco de esta re­flexión, podría sostenerse que todo texto (parafraseando a Steimberg, pero sin oponernos a Benveniste) construye una situa­ción comuni­cacional de inclusión o ex­clusión, a través de dispositivos que podrán ser o no de carácter lingüístico. El eje de opo­sición inclusión/exclu­sión no tiene por qué ser conside­rado ni único ni preponde­rante, pero es importante y plena­mente enunciativo (es de­cir, aquí no se pone en crisis la defini­ción del campo como tal) [32].

Una pista para despejar ese efecto de confusión y duda que dificulta el avance puede encontrarse en un comentario lateral de Benveniste que, sin em­bargo, resulta sintomático. A pesar de su esfuerzo por despegar el “efecto prono­minal” de la “manifestación pronominal”, en cierto momento afirma que, en algunos textos, ese efecto no existe y da como ejemplo el discurso cientí­fico[33].

Es verdad que en los tex­tos científicos es común que se excluya el en­trejuego entre yo y tú, por la utilización constante de la tercera per­sona. Pero esto no quiere decir que se elimine un fenómeno como el de la inclu­sión/exclusión. Ciertos rasgos temáticos, y sólo como ejem­plo, establecen efec­tos de sentido de “frontera” diseñando un enunciatario entre otros posibles (un trabajo sobre fí­sica cuántica suele intere­sar a los científicos y no a los legos, y no necesariamente a cual­quier científico). Este debería ser el camino a seguir teniendo en cuenta las reco­mendaciones de Benveniste con respecto al monólogo.

En definitiva, en el estudio específico de lenguajes, registros discursivos, géneros y estilos, deben encon­trarse, a partir de marcas registrables en los tex­tos, ca­tegorías mediado­ras entre lo “micro” (enunciadores y enun­ciatarios de un texto) y lo “macro” (posiciones sociales de enunciador y enunciatario).

En los textos radiofónicos, ciertas circunscripciones enunciativas, equi­valentes a aquellas con las que hemos ve­nido ejemplificando, pueden describirse a partir de regularidades de género como, por ejemplo, cierta homogeneidad de jerarquía de quienes toman la palabra habitualmente en los programas pe­riodísticos frente a la heterogeneidad en ese mismo plano, que resulta previsi­ble en los “shows” radiofó­nicos. Otras diferenciaciones, en cambio, tienen que ver con rasgos li­gados a estilos, como las marcas, que pueden estar ubicadas en distintos niveles, que diferencian a una emisora de otras, o a un periodista “estrella” de otro.

Esos ejemplos muestran la carencia de un análisis pro­fundo, pero indican un camino. Más allá  de la validez de haber “entrado” al análisis de los textos radiofónicos por la vía enunciativa, para seguir resulta ociosa la búsqueda de “marcas” que tendrían de por sí la condición enuncia­tiva. El avance, en cambio, deber  realizarse por procedi­mientos similares al bricolage, utilizando análisis reali­zados desde distintas perspectivas, a los cuales les extra­erá  el efecto de sentido enunciativo la aplicación de obje­tivos teóricos y no una su­puesta con­dición esencial de tal o cual fragmento del texto.

En este sentido, el estudio de categorías sociales de clasificación de tex­tos (como la de género o la de es­tilo), ser n útiles para ir cercando paso a paso el análisis de un texto, o un conjunto restrin­gido de ellos, sin atribuirles rasgos diferenciado­res que pertenezcan a un con­junto dis­cursivo más extendido. En nuestra reflexión debe­remos, an­tes, enfocar el problema de los lenguajes.

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[1] Moles, A. p. 5 y sgtes.
[2]
Verón, E. 1987(b).
[3]
Arnheim, R. op.cit. p.27 y sgtes.
[4]
Ver, por ejemplo, Uranga, W. y Pasquini Durán.
[5]
Ver supra, Parte II.
[6]
Curiel, F. “Por radiosema entendemos….la partícula radial mínima dotada de sentido…” y, a con­tinuación, da ejemplos: la voz hu­mana, el sonido animal, el silencio, el ruido, la música, los efectos especiales, etc. p.68.
[7]
Una excepción se encuentra en el trabajo de Sofía Fisher que aparece en la bibliografía, en el que se reflexiona so­bre la “escena radio­fónica”. Como sus interesantes descripciones se vinculan a lo informativo en la radio, es prefe­rible aprovecharlas cuando trabajemos sobre géneros y esti­los radiofónicos (trabajo en preparación).
[8]
El concepto de “polifonía” originado en Bajtín, es utilizado, explícita o implícitamente, en las teorías de la enuncia­ción de dos maneras distintas. Una, empírica, en Kierbrat-Orecchionni cuando plantea que un texto publicitario implica en el lugar del emisor el espacio del anun­ciante y el de la agencia (p.31 y sgtes.). La otra es desarrollada por Ducrot como específica­mente lingüística (p.251 y sg­tes.). Aquí lo utilizamos en un sentido cercano al primero, pero con esperanzas de avanzar en su formalización.
[9]
La diferenciación entre un “nosotros” inclusivo y otro exclusivo la plantea Benveniste, con desconfianza, en un artí­culo de 1946. Ben­veniste, E. “Estructura de las relaciones de per­sona en el verbo”.1985. (169 y sgtes.)
[10]
Steimberg, O. 1993, ps. 48 y 49.
[11]
Maingueneau, D. p.112
[12]
Foucault, M., luego de esas puntuaciones sociologistas (ps.82/87), acentúa que “en lugar de remi­tir a la síntesis o a la función unifi­cadora de un sujeto, manifiestan su dispersión…” y a “… la discontinuidad desde los planos desde los que habla” (p.89 y sgte.).
[13]
La diferenciación entre lo “micro” y lo “macro” en la enunciación es equivalente a la que hace Kierbrat-Orec­chioni entre enuncia­ción “restringida” y “ampliada” (p.41 y sgte), pero hay que te­ner en cuenta que el subtítulo de su libro es “De la subjetividad en el lenguaje”.
[14]
Benveniste, E. “El aparato formal de la enunciación”. En: 1985(b), p. 87 y sgtes.
[15]
Por ejemplo, Kerbrat-Orecchioni, precisa claramente que reduce su estudio al intercambio verbal dual, entendido como el “más sim­ple y, finalmente el más raro, de la comunicación” (op. cit., p.31).
[16]
“Es en la medida en que la Retórica prefiguró una lingüística del habla (distinta de la lingüística estadística), lo que es una contradic­ción en los términos, que se ha esforzado en tejer una red innecesariamente cada vez más fina que retuviera todas las ‘maneras de hablar’, lo que sig­nificaba controlar lo incontrolable: el espejismo mismo” Barthes, R. 1982, ps.72 y 73).
[17]
Barthes, R., Op.cit. p75.
[18]
Morris, Ch. En un trabajo tardío, de la década del ’60, definía “La pragmática es el aspecto de la Semió­tica que se interesa por el origen, usos y efectos de los signos” (p.76) y, poco des­pués, “…hay que distinguir entre una prag­mática “pura”…y una pragmática “descriptiva…”(p.77) (La bastardilla es nuestra).
[19]
Como ejemplos, un “verdadero performativo” es “condenar” por un juez, un “falso performativo” es “prometer”.
[20]
Verón, E. 1987, p.188. Hay una complementariedad entre las críticas de Verón y Morris a la filosofía del lenguaje ordinario. El primero critica la confusión constante ente producción y reconocimiento; el segundo ve la confusión entre lo “puro” (también denominado lógico) y lo “descriptivo” (también denominado empírico).
[21]
Ducrot, O. p.134. Por otra parte, vemos que en esta discusión reaparece, inevitablemente, la oposición entre lo “interno” y lo “externo” de la vida discursiva.
[22]
Corresponde hacer notar que Maingueneau (p.160) se preocupa por marcar la importancia de esos con­ceptos en Foucault.
[23]
La recurrencia en las citas a ciertos autores puede explicarse en parte por coincidencias espa­cio-temporales (se trata de investigadores argentinos, de esta época y con los que uno tiene con­tacto intenso), pero ello no debe impedir el señalar una constancia sostenida a través de los años, que permitiría hablar de una “corriente semiótica en la Ar­gentina” que merece ser estu­diada. Uno de los ejes a tener en cuenta, en ese caso, es la permanente indagación so­bre los pro­cedimientos inter y metadiscursivos en los medios, que actúan como procesos de construcción de “lo real social”.
[24]
Si bien el “diario” es denominado habitualmente como “medio”, debe ser considerado como un género tan com­plejo como el noti­ciero televisivo. Un medio gráfico, de aparición cotidiana cuyos temas tuvieran que ver exclusi­vamente con, por ejemplo, las artes, ocuparía un lugar discursivo total­mente distinto al “diario” tal como lo cono­cemos. La distinción, por lo tanto, no se encuentra en el nivel del dispositivo técnico, sino en el de los discursos.
[25]
Verón, E. 1986 (p.46 y sgtes.).
[26]
Dentro del trabajo, que figura en la bibliografía, nos referiremos aquí al capítulo denominado “De cómo el ojo llega al diario. El es­tilo de primera página”. El análisis remite, por supuesto, al estilo de los diarios en ese momento.
[27]
Fernández, J.L. 1986.
[28]
Oscar Steimberg comenzó a trabajar esa tríada (en sus teóricos de la Cátedra “Semiótica de los géneros comtempo­ráneos”, Ciencias de la comunicación, Fac. de Cs. Sociales, UBA) vinculándola con los modos generales postula­dos por Genette. Una primera refor­mulación a partir de esas sugeren­cias puede encontrarse en Fernández, J.L. 1987(b).
[29]
Maingueneau, D. op. cit. (p.125).
[30]
Genette, G.
[31]
La comodidad en la utilización de los pronombres deriva de su condición de “partícula” y del he­cho de haber sido muy estudiados. Para el nivel de análisis en que nos hallamos, sería lo mismo pensar en aspectos tan diferentes como los distintos tipos de “ruidos” o de canciones que pueden aparecer en un texto radio­fónico. Se dejan de lado, además, otras partículas que, como los reflexivos, se ubican en el universo pronominal.
[32]
En este sentido, otros ejes equivalentes son simetría/complementariedad, heterogeneidad/homogeneidad, jerar­quía/equilibrio, sabi­duría especí­fica/sabiduría gene­ral, transparen­cia/opacidad, etc.
[33]
Benveniste, E. “La naturaleza de los pronombres”. En: 1985(a). p.173.

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